El paralítico de Capernaum

"Vinieron a él unos hombres, trayendo a un paralítico, llevado entre cuatro” (Marcos 2:3).

INTRODUCCIÓN

El Dios que nos creó y a quien servimos es quien más desea que tengamos salud. Él mismo dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

Fue él quien creó nuestro cuerpo – Génesis 2:7.

Un cuerpo diseñado con la maravillosa capacidad de disfrutar una vida saludable – Salmo 139:14.

Nos dio mecanismos para mantenerlo en orden – Salmo 103:3-5.

Y aun en medio del pecado, nos sana de nuestras enfermedades – Éxodo 23:25.

Por esta razón, él espera que, como sus mayordomos, administremos bien todos los aspectos de nuestra vida, ya sean físicos, intelectuales, sociales o morales.

DESARROLLO

Aprendemos una importante lección del milagro del paralítico de Capernaúm. En este milagro, Jesús nos enseña que su cura es siempre holística, es decir, que abarca todos los aspectos de la existencia humana, para que la humanidad sea restaurada a la imagen y semejanza de su Creador.

LA ENFERMEDAD

Existen enfermedades genéticas, transmitidas de generación en generación. Pueden ser físicas (como la lepra o el flujo en la familia de Joab), mentales o emocionales (como la depresión o la angustia), o incluso espirituales (pecados arraigados en el carácter que se perpetúan por generaciones).

Existen enfermedades derivadas de accidentes o de malos tratos o cuidados no ofrecidos durante la infancia.

Existen enfermedades que resultan de la desnutrición o de la falta de acceso a cuidados médicos.

Existen enfermedades que son el resultado de un estilo de vida depravado.

EL PARALÍTICO DE CAPERNAÚM

“Muchos de los que acudían a Cristo en busca de ayuda habían atraído la enfermedad sobre sí, y sin embargo él no rehusaba sanarlos. Y cuando estas almas recibían la virtud de Cristo, reconocían su pecado, y muchos se curaban de su enfermedad espiritual a la par que de sus males físicos. Entre tales personas se hallaba el paralítico de Capernaúm. Como el leproso, este paralítico había perdido toda esperanza de restablecimiento. Su dolencia era resultado de una vida pecaminosa, y el remordimiento amargaba su padecer. En vano había acudido a los fariseos y a los médicos en busca de alivio; le habían declarado incurable, y condenándole por pecador, habían afirmado que moriría bajo la ira de Dios.

El paralítico había caído en la desesperación. Pero después oyó hablar de las obras de Jesús. Otros, tan pecadores y desamparados como él, habían sido curados, y él se sintió alentado a creer que también podría ser curado si conseguía que le llevaran al Salvador. Decayó su esperanza al recordar la causa de su enfermedad, y sin embargo no podía renunciar a la posibilidad de sanar” (MC, 49).

“Cuando se arrepintió de sus pecados y creyó en el poder de Jesús para sanarle, la misericordia del Salvador bendijo su corazón. Jesús había visto el primer rayo de fe convertirse en la convicción de que él era el único auxiliador del pecador, y había visto crecer esa convicción con cada esfuerzo del paralítico por llegar a su presencia. Cristo era quien había atraído a sí mismo al que sufría. Y ahora, con palabras que eran como música para los oídos a los cuales eran destinadas, el Salvador dijo: ‘Confía, hijo; tus pecados te son perdonados’ (Mateo 9:2). La carga de culpa se desprende del alma del enfermo. Ya no puede dudar. Las palabras del Cristo manifiestan su poder para leer en el corazón. ¿Quién puede negar su poder de perdonar los pecados? La esperanza sucede a la desesperación, y el gozo a la tristeza deprimente. Ya desapareció el dolor físico, y todo el ser del enfermo está transformado. Sin pedir más, reposa silencioso y tranquilo, demasiado feliz para hablar” (El ministerio de curación, pp. 50-51).

¿CÓMO LO SANÓ JESÚS?

La Palabra lo alcanzó: el valor de la predicación de la Palabra.

Sus amigos lo apoyaron: el valor de la familia, los amigos y la Iglesia.

Jesús lo perdonó: el valor de la comunión directa con Dios.

Él creyó y, por eso, obedeció: el valor de la fe y la toma de decisiones personales.

Jesús sanó al paralítico de su enfermedad espiritual, el pecado, y de su enfermedad física, la parálisis de sus miembros.

CONCLUSIÓN

Perciba que los aspectos espirituales sanan los demás aspectos de la vida humana.

LA LECTURA DE LA BIBLIA TRAE ALEGRÍA – “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón, porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Señor Dios de los ejércitos” (Jeremías 15:16).

PEDIR EL PERDÓN A DIOS TRAE PAZ – “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: ‘Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado’” (Salmos 32:3-5).

LA ORACIÓN CURA – “Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados” (Santiago 5:15).

LA ORACIÓN INTERCESORA DE LA IGLESIA TAMBIÉN CURA – “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho” (Sant. 5:16).

SEGUIR LA PROFECÍA BÍBLICA HACE QUE LA VIDA PROSPERE – “Creed en el Señor vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados” (2 Crónicas 20:20).

EJERCER LA FE trae fuerza incluso al cuerpo débil – (Salmos 73:26). 

RECIBIR LA PAZ DE DIOS - controla la ansiedad, trayendo paz en las aflicciones – (Eclesiastés 11:10).

VIVIR LA MAYORDOMÍA CRISTIANA - administrar bien los recursos que dios nos da trae alegría, satisfacción con lo que tenemos – (1 Timoteo 6:5-10).

¡Viva la plenitud de la vida cristiana y su salud será plena!

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