El símbolo de honor

Texto bíblico: Santiago 1:12. 

INTRODUCCIÓN

En la actualidad, veo a muchos cristianos que huyen de la cuestión del mérito y los premios como si fueran algo antibíblico. La polémica deriva de ser salvo por la “gracia”, en la que el mérito no es nuestro, sino solo del sacrificio redentor de Cristo en la cruz. En ese aspecto verdaderamente no hay más grandes ni más pequeños, porque todos alcanzamos la salvación por la misericordia divina de la misma forma. Pero, el propio Jesús declaró que en el reino habrá premios grandes y pequeños.

Existe una palabra bíblica que nos ayuda a entender esta recompensa, sin deshacer la creencia en los méritos de Cristo y en la salvación solo por la fe. Estoy hablando de la palabra “corona” y sus significados bíblicos.

DESARROLLO

Hay dos palabras griegas comunes para “corona” en La Biblia. Una de ellas, usada en el Nuevo Testamento, es la palabra “diadema” (ornamen- to real para la cabeza, corona), encontrada en el Apocalipsis (Apoc. 12:3; 13:1; 19:12). Esta palabra es utilizada para designar las coronas en las cabezas del dragón, las coronas de la bestia que emerge del mar y las “muchas coronas” en la cabeza de Cristo cuando regresa a la Tierra para establecer su reino. La palabra “diadema” siempre se refiere a la corona de un rey o dignatario imperial.

EL SÍMBOLO DE HONOR

La segunda palabra para “corona” en la Biblia es la palabra griega “stephanos” (guirnalda o corona concedida con significado de honor), que es la principal palabra griega usada para describir las coronas que los cristianos recibirán, si son hallados fieles (1 Tesalonicenses 2:19; 2 Timoteo 4:8; Santiago 1:12; Apocalipsis 2:10). La palabra “stepho”, que significa “cercar, enrollar, torcer” hace alusión a una corona de vencedor. En las costumbres greco-romanas, esta corona era entregada al vencedor de los juegos olímpicos. Estaba tejida como una guirnalda de roble, mirto, o con hojas de olivo, o, en algunos casos, una imitación de esos componentes en oro.

En ningún pasaje de la Biblia existen promesas de una diadema para el cristiano, ya que solo hay un Rey de reyes merecedor de usar esta corona de realeza, que es Cristo. Sin embargo, los cristianos recibirán la “stephanos”, que es una recompensa y un símbolo de honor, de tratamiento especial.

LAS CINCO CORONAS

Hay cinco aspectos diferentes de la corona “stephanos” prometida a los creyentes, como parte de su paquete de “jubilación celestial”:

1. Una corona incorruptible

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible” (1 Corintios 9:24, 25).

La idea de una corona incorruptible indica que nos durará a lo largo de la eternidad. Esta corona sugiere una recompensa que el cristiano recibirá como señal y recordatorio, por los siglos de los siglos, de que ha sido fiel en su vida terrenal en el propósito de seguir al Señor y ser obediente a él.

2. La corona de júbilo

“Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo” (1 Tesalonicenses 2:19, 20).

Esta corona suele ser llamada “corona del vencedor”, ya que habrá un galardón especial para cada uno de ellos. Pablo estaba hablándole a la iglesia en Tesalónica, en Grecia, a través de la primera de las trece car- tas compiladas en el Nuevo Testamento. La carta está dividida en cinco capítulos, y en cada uno, el apóstol hace alusión al regreso de Cristo. Él le dijo a esta iglesia que, en la venida de Jesús, ellos recibirían una “corona de júbilo”. Seremos recompensados por las almas que hayamos ganado para Cristo, y se le dará una corona especial de vencedor a cada creyente que haya ganado almas.

3. La corona de la vida

“Bienaventurado el hombre que soporta la tentación, porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida que Dios ha prometi- do a los que lo aman” (Santiago 1:12).

Esta promesa es semejante a la promesa realizada en Apocalipsis 2:10, que es la recompensa de los creyentes que perseveraron y vencieron las tentaciones y las pruebas. Cuando Cristo advirtió: “Vengo pronto. retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona [“stephanos”]” (Apocalipsis 3:11), estaba advirtiéndole a la iglesia de Filadelfia a ser fiel para soportar los ataques del enemigo. Hay una corona especial para los que discipli- naron sus cuerpos, mentes y espíritus siguiendo al Señor hasta el fin. Y esta es la corona de la vida eterna.

4. La corona de gloria

“Cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 Pedro 5:4).

En este pasaje, el apóstol Pedro les hablaba a los ancianos, instruyéndolos a permanecer fieles para apacentar el rebaño de cristianos, para no ser llevados por el deseo de dinero y para servir de ejemplo a los demás. Si eran encontrados fieles en la venida de Cristo, recibirían una “corona de gloria”. Esta corona en particular es para los que han servido como ancianos, pastores y obispos, líderes espirituales en la vida de los cristianos, como un pastor cuidaría de sus ovejas.

5. La corona de justicia

“Me está guardada la corona [“stephanos”] de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:8).

Es interesante observar que Pablo menciona que la corona es concedida a aquellos que “aman su venida”. Algunos podrían pensar que todos los cristianos aman la venida del Señor. Sin embargo, hay algunos que alegan ser cristianos y que, en verdad, se burlan y escarnecen la idea de que Cristo están regresando (2 Pedro 3:3, 4). Otros estarán “avergonzados en su venida” (1 Juan 2:28). Para los que anhelan este regreso hay una corona de justicia. Solo quienes tenga una alianza activa con la justicia de Dios por medio de Cristo, recibirán esta corona especial.

En otras palabras, la corona es la misma, pero con aspectos de bendi- ción y recompensa diferentes para los que sean fieles hasta el fin.

Hay siete bendiciones mencionadas por Juan en Apocalipsis (caps. 2 y 3), prometidos para los que triunfen. Estas bendiciones son:

El vencedor comerá del árbol de la vida en el paraíso celestial de Dios (Apocalipsis 2:7).

El vencedor no sufrirá la segunda muerte (Apocalipsis 2:11).

El vencedor comerá el maná escondido y recibirá un nuevo nombre, escrito en una piedra blanca (Apocalipsis 2:17).

El vencedor recibirá autoridad sobre las naciones (Apocalipsis 2:26).

El nombre del vencedor no será borrado del libro de la vida (Apocalipsis 3:5).

El vencedor será un pilar en el templo y recibirá un nuevo nombre (Apocalipsis 3:12).

El vencedor se sentará en el trono de Cristo (Apocalipsis 3:21).

Todas las bendiciones mencionadas arriba son una parte de las recom- pensas que los cristianos recibirán por haber servido a Dios fielmente. Otras recompensas incluyen gobernar con Cristo sobre la Tierra, duran- te los mil años.

EL PELIGRO DE PERDER LA CORONA DE LA SALVACIÓN

Hay algunas cosas muy conmovedoras que están relacionadas al juicio en el tribunal de Cristo. Aunque una persona pueda tener una alianza redentora para estar en ese juicio, habrá personas que perderán su ga- lardón eterno. Esta advertencia es encontrada a lo largo de toda la Escritura, aquí vemos un ejemplo:

“Vengo pronto. Conserva lo que tienes, para que nadie tome tu corona [“stephanos”]” (Apocalipsis 3:11).

A la luz de las amonestaciones para no perder su galardón y no permitir que otro tome su corona, las advertencias fueron atribuidas a cinco de las siete iglesias en el Apocalipsis, instruyéndolas a arrepentirse de sus fallas espirituales y morales, o hacer frente a consecuencias severas:

“Recuerda, por tanto, de dónde has caído, arrepiéntete y haz las primeras obras, pues si no te arrepientes, pronto vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar” (Apocalipsis 2:5).

“Por tanto, arrepiéntete, pues si no, vendré pronto hasta ti y pelearé contra ellos con la espada de mi boca” (Apocalipsis 2:16).

“Por tanto, yo la arrojo en cama; y en gran tribulación a los que adulteran con ella, si no se arrepienten de las obras de ella” (Apocalipsis 2:22).

“Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; guárdalo y arrepiéntete, pues si no velas vendré sobre ti como ladrón y no sabrás a qué hora vendré sobre ti” (Apocalipsis 3:3).

“Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16).

NUESTRA ÚNICA SEGURIDAD

En el “Tribunal de Cristo” (2 Corintios 5:10; Romanos 14:10-12), todas las obras de todos los cristianos serán probadas por el fuego, y estos serán recompensados por lo que no se queme. Las Escrituras son claras al decir que para algunos puede que nada les reste además de la salvación:

“...Si alguien construye sobre este fundamento ya sea con oro, plata y piedras preciosas, o con madera, heno y paja, su obra se mostrará tal cual es, pues el día del juicio la dejará al descubierto. El fuego la dará a conocer y pondrá a prueba la calidad del trabajo de cada uno. Si lo que alguien ha construido permanece, recibirá su recompensa, pero si su obra es consumida por las llamas, él sufrirá pérdida. Será salvo, pero como quien pasa por el fuego” (1 Corintios 3:12-15).

En este pasaje, Pablo está hablando de su experiencia personal. Por necesidad, él ponía los cimientos. Estaba siempre viajando. En verdad, permaneció dieciocho meses en Corinto (Hechos 18:11) y durante tres años en Éfeso (Hechos 20:31), pero en Tesalónica no estuvo más de un mes, y eso era mucho más común. Había mucho terreno esperando ser cubierto, había muchos hombres que no habían oído el nombre de Jesucristo, y, si quería comenzar bien con la evangelización del mundo, Pablo debía poner los cimientos e ir a otro lugar. Solo cuando estaba encarcelado, su espíritu inquieto podía estar en un solo lugar.

A cualquier lugar al que iba establecía los mismos cimientos. Estos con- sistían en la proclamación de los hechos sobre el sacrificio de Cristo. Su gran misión era la de presentar a Cristo, el fundamento de la iglesia, a los hombres debido a que solo en él el cristiano puede encontrar tres cosas:

a. Perdón por sus pecados pasados. Se encuentra a él mismo en una nueva relación con Dios. Descubre de repente que Dios es su amigo y no su enemigo. Descubre lo que significa sentirse cómodo con él.

Descubre que Dios es como Jesús. Donde una vez vio odio, ahora ve amor y una tierna intimidad.

Encuentra fuerza para el presente. A través de la presencia y la ayuda de Jesús, encuentra la fuerza y la valentía para hacer frente a su vida, debido al hecho de que ahora ya no es una unidad solitaria, envuelto en una batalla solo contra un universo adverso. Vive una vida en la que nada puede separarlo del amor de Dios en Cristo Je- sús su Señor. Camina por el camino de la vida y pelea las batallas de la vida con Cristo.

Encuentra esperanza para el futuro. Ya no vive en un mundo en el cual tiene miedo de mirar hacia adelante. Vive en un mundo gober- nado por Dios, donde él hace que todas las cosas obren para el bien y donde el tiempo está en sus poderosas manos. Vive en un mundo en el cual la muerte ya no es el final. Sin el fundamento de Cristo, el hombre no puede obtener ninguna de estas cosas.

CONCLUSIÓN

Vi gran número de ángeles que de la ciudad traían brillantes coronas, una para cada santo, y cuyo nombre estaba inscrito en ella. Cuando Jesús preguntó por las coronas, los ángeles se las presentaron, y con su propia mano derecha las ciñó en la cabeza de los santos. Y de la misma manera trajeron los ángeles arpas, y Jesús se las presentó a los santos. Los ángeles caudillos preludiaban la nota del cántico entonado por todas las voces en agradecida y dichosa alabanza. Todas las manos pulsaron hábilmente las cuerdas del arpa, dejando oír melodiosa música en fuertes y perfectos acordes. Después vi que Jesús conducía a los redimidos a la puerta de la ciudad; y al llegar a ella, la hizo girar sobre sus goznes y mandó que entraran cuantas gentes hubiesen guardado la verdad. Dentro de la ciudad había todo lo que puede agradar a la vista. Los redimidos contemplaban abundante gloria por doquiera. Entonces miró Jesús a sus redimidos santos, cuyo aspecto irradiaba esplendor, y fijando en ellos sus cariñosos ojos dijo con su armoniosa y celeste voz: ‘Contemplo el trabajo de mi alma, y estoy satisfecho. Vuestra es esta excelsa gloria para disfrutarla eternamente. Terminaron vuestras tristezas. No habrá más muerte ni llanto ni clamor ni dolor’. Vi que la hueste de los redimidos se postraba y arrojaba sus brillantes coronas a los pies de Jesús; y cuando su bondadosa mano los alzó del suelo, pulsaron sus áureas arpas y llenaron el Cielo con su deleitosa música y cánticos al Cordero” (HC, 466, 467).

Hoy es el día de decidir entregarle su vida entera al Señor y, en dependencia completa de él, aceptar su señorío sobre su vida y esperar con paciencia y fidelidad el día en que él nos dará la corona de la vida. ¿Cuántos quieren pedirle hoy al Señor esta seguridad de salvación y vida eterna?

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