La religión de la Prosperidad

Introducción

Done y hágase rico. El éxito del cristiano. La prosperidad bíblica. Esa es la enseñanza de estos tiempos que se difunde como fuego en un matorral a través de los círculos religiosos.

La idea popular de hoy es: Dios quiere que su pueblo sea próspero. La pobreza simplemente demuestra falta de fe. Teniendo suficiente fe, usted puede pedir lo que quiera y lo obtendrá. Todo puede ser suyo. Y si realiza donaciones para causas apropiadas, le dicen que usted tendrá la garantía de que continuará recibiendo los recursos financieros.

Una religión nueva surgió en el horizonte: la religión de la prosperidad que se enfoca en dar para recibir más, y este mensaje nuevo atrae a muchos oyentes.

Nadie prestaría atención si fuera poco lo que promete esa maravillosa prosperidad cristiana. La religión de la prosperidad tiene sus testigos entusiastas. Las personas dicen que el desastre financiero se transformó en abundancia cuando aprendieron a reclamar ciertas promesas y comentan sus maravillosas bendiciones: autos de último modelo y casas nuevas de veraneo.

La prosperidad se volvió el nuevo éxito religioso. Parece ser la nueva medida de la espiritualidad también. Los libros cristianos más difundidos nos bombardean con fórmulas con garantía de éxito: crea y reciba; done y hágase rico; diga lo que quiere y exija; desarrolle su fe y aumente su cuenta bancaria.

Infelizmente, en las predicaciones por televisión algunos han estado entre los mayores abogados de la religión de la prosperidad. “Haga su donación, y Dios cuidará de todos sus problemas financieros”, dicen; “done y la prosperidad estará garantizada”.

¿Cuál es la verdad sobre la prosperidad?

Alguno puede estar pensando: “Jesús no dijo acaso ¿dad y recibiréis? ¿No es verdad que Dios quiere bendecir a sus hijos? ¿La idea de prosperidad no está basada en las promesas bíblicas?”.

Sí, Jesús hizo esa promesa sobre el dar y recibir; Dios nos quiere bendecir. Pero la cuestión es: ¿recibir qué? ¿Nos bendice con qué? Creo que cuando la prosperidad material se vuelve el punto básico de nuestra religión, entonces el evangelio está distorsionado. Examinemos una de las promesas de la Biblia que a veces se usa como garantía de la abundancia material. En el Sermón del Monte, Jesús dijo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).

¿Qué quiere decir “todas estas cosas”? En Mateo 6, Jesús insistió a sus oyentes que no se preocuparan con la comida y la ropa. Nuestro Padre celestial, destacó Jesús, puede suplir nuestras necesidades básicas, así como alimenta a los pajarillos que vuelan o los lirios del campo.

El término “todas estas cosas” se refiere a las necesidades diarias: alimento, casa y ropa. Pero yo dudo seriamente que eso incluía un nuevo yate o una televisión extra para los cuartos.

Es verdad que Dios nos bendice cuando buscamos primero su reino, pero la bendición prometida es esta: nuestras necesidades estarán suplidas. Es verdad que las Escrituras prometen abundancia a los que son generosos, pero abundancia, en la Biblia, tiene un sentido más amplio que simplemente mucho dinero. La vida genuinamente abundante se centra en las relaciones de amor, en el trabajo significativo y en un hogar feliz. A veces, también incluye sacrifico y puede incluir prosperidad material. Dios elige bendecir a algunas personas.

Existen personas que tienen el don de usar sabiamente las finanzas para ayudar a otros. Conozco a hombres y mujeres cristianos que Dios llamó a trabajar para él a través de su prosperidad.

Las riquezas pueden ser una bendición, pero la falta de riquezas también puede serlo. Existe el llamado a una vida sencilla, y también hay ganancia en eso. Jesús descubrió que aun la pobreza atendía muy bien a sus propósitos.

Sin duda, no todos somos llamados para ser ricos; no somos todos llamados para buscar la prosperidad a fin de que podamos donar más. Esté seguro: generalmente no funciona de esa manera. La gran verdad es que la riqueza en raras ocasiones inspira a la generosidad. Recientemente, dos iglesias decidieron amparar familias de refugiados. Una de ellas era próspera, pero sus miembros tuvieron mucha dificultad para juntar el dinero. Ellos tuvieron que recurrir a cenas y al lavado de autos para conseguir el dinero necesario.

La otra iglesia tenía muy poco de lo que llamamos “prosperidad”, pero no tuvo que promover ningún evento para juntar fondos. Los miembros simplemente recibieron la información de la necesidad, y todos contribuyeron. Pronto tuvieron la cantidad de dinero que se necesitaba.

Prosperidad no es sinónimo de espiritualidad

El apóstol Pablo tuvo una experiencia similar con ciertas iglesias de Macedonia. Solicitó que las iglesias hicieran una colecta para los cristianos de Judea. Y esto es lo que Pablo informó: “Asimismo, hermanos, os hacemos saber la gracia de Dios que se ha dado a las iglesias de Macedonia; que, en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad” (2 Cor. 8:2).

Aunque eran muy pobres, los macedonios fueron generosos, y esto los hizo parecer ricos. La prosperidad, por otro lado, con frecuencia adormece nuestros mejores impulsos. Como dijo un cristiano consultor de negocios, “las personas que tienen abundancia, con frecuencia, son las más difíciles de motivar”.

Infelizmente, la religión de la prosperidad no funciona muy bien, pues distorsiona el evangelio. Cuando nuestro objetivo está en la prosperidad y en generar más fondos, pensamos que Dios necesita desesperadamente mucho dinero. Comenzamos a pensar que el dinero es el ingrediente principal en el avance de la causa de Dios.

Pero el hecho es que los medios materiales no producen resultados espirituales por sí mismos. Solo el Espíritu de Dios genera frutos espirituales.

El profeta Zacarías se vio frente a una tarea formidable de ayudar a reconstruir el templo de Jerusalén. La ciudad estaba en ruinas. Como recién volvía del exilio en Babilonia, el pueblo he- breo tenía pocos recursos. Pero Dios alentó a Zacarías con estas palabras: “[...] No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6).

Por mi Espíritu. Cuán fácil es olvidar estas poderosas pala- bras. A veces, olvidamos que sin el Espíritu de Dios nada ocurre. Sin su actividad no hay resultados

Cientos de años después de que Zacarías ayudara a completar el templo, Jesús se sentó en ese mismo patio. Observó las donaciones de los ricos que vinieron a poner bolsas de oro y plata dentro del tesoro del templo. Hicieron una gran demostración de generosidad. Pero entonces, se acercó una viuda po- bre. Puso humildemente dos pequeñas monedas de cobre en el cofre. Y Jesús dejó atónitos a sus discípulos y a los demás al comentar [...] esta viuda pobre echó más que todos” (Lucas 21:3).

La ofrenda de la viuda fue un sacrificio que vino de un don dado por el Espíritu de Dios. Yo le digo, amigo: Dios necesita corazones generosos. Sus planes no dependen de que los cristianos se hagan ricos; ellos dependen de las riquezas de nuestro cristianismo.

Tal vez, el mayor peligro de la religión de la prosperidad sea lo que ella hace en nuestro corazón. Cuando el propósito de dar se cambia por recibir, estamos en apuros, caemos dentro de la trampa de la adquisición, nuestros valores se resumen en el de- seo de cosas materiales.

La verdadera motivación

Pablo destacó cuán importante es la motivación para dar. En su famoso capítulo del amor, dice: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, [...] y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Cor. 13:3).

Algunos versículos después, Pablo dice que el amor no bus- ca sus propios intereses. Entonces, si damos pensando en recibir, no estamos dando con amor y no ganaremos nada. El tipo de abundancia de Dios nos engañará. Pero dar con amor, sin egoísmo, puede ser un arma poderosa en nuestras manos; podemos usarla para romper el materialismo de nuestra vida. El donar auténtico enfría el viejo amor al dinero que es un peligro en nuestra alma. Cuán desesperadamente necesitamos hoy del arma poderosa que es la donación sin egoísmo.

Vivimos en un mundo de ganancias, ganancias y más ganancias. La palabra nueva para éxito hoy es “estilo de vida”. Debemos mantener un estilo de vida que refleje nuestros ingresos: comprar la casa apropiada, practicar los hobbies acertados, comprar en las tiendas renombradas. Y la propaganda ha transformado la prosperidad en una religión.

Las propagandas de la TV proclaman las virtudes de recompensarse a sí mismo. Nos dicen: “Adelante, usted merece ese sonido supermoderno, aquellos zapatos que cuestan una suma elevada... usted lo merece”. Las voces de ganancia están en to- das partes, su incentivo nunca termina. Siempre hay más para comprar, siempre la mejor marca, un modelo nuevo, un paso adelante en estilo.

Las loterías están siendo más divulgadas que nunca. Todos parecen querer la oportunidad de acertar en la vida, de realizar sus sueños. Cuando se acerca el momento de sacar el número de la suerte, suenan clarines que hacen a millones permanecer en reverente silencio. Todos se reúnen en torno de la ruidosa llamada del “gane”. El sonido de la prosperidad tiene el sonido de “gane mucho”. En otras palabras, el dinero habla. Sin embargo, no debemos permitir que las cosas materiales encubran las espirituales.

¿Cómo prosperar de acuerdo con el modelo divino?

Todos necesitamos desesperadamente del arma de Dios: donaciones sin egoísmo. Ese es nuestro único modo de luchar contra la tiranía del dinero.

Un misionero de la Sociedad Misionera Británica estaba visitando a un hombre de negocios que era donante generoso y regular. Después de conversar con el misionero durante algunos minutos, el donante llenó un cheque con una ofrenda generosa para las misiones. Al entregar el cheque, recibió una noticia muy mala. Uno de sus barcos que llevaba una carga valiosa, se perdió en el mar. El empresario miró al misionero por un instante, y en seguida le dijo: “Disculpe, pero tendré que rehacer el cheque”.

El misionero entendió y le devolvió el cheque. Su amigo entonces llenó otro cheque con un valor seis veces mayor que el anterior. El misionero le iba a agradecer y salir cuando miró el cheque y dijo: “Usted debe haberse equivocado aquí”.

“No, no me equivoqué, replicó el empresario, mi Padre celestial me acaba de recordar: “no os hagáis tesoros en la tierra, pues pueden irse al fondo del mar”.

Ese notable hombre de negocios solía donar para evitar que su corazón se apegara al dinero. Justamente cuando estaba sintiendo la pérdida de un gran capital, cuando estaba sintiendo más fuerte el impulso de ahorrar o lucrar, prefirió usar el arma de la contribución; prefirió asegurar sus tesoros en el Cielo. Dar es una bendición, es un fin en sí mismo, amplía los corazones y fortalece los valores. El acto de donar sin apego no espera una retribución divina. Se hace para atender la necesidad del prójimo. Pablo nos dice: “como en todo abundáis, en fe, en palabra, en ciencia, en toda solicitud, y en vuestro amor para con nosotros, abundad también en esta gracia” (2 Cor. 8:7).

Watchman Nee era un hombre bendecido que se excedió en la gracia de dar. Cuando trabajaba en la ciudad de Foochow, este joven pastor chino recibió una invitación para realizar una serie de reuniones en Chien-o. Esa ciudad quedaba a 200 kilómetros río arriba. El pasaje en barco costaba por lo menos ochenta dólares, y Nee tenía solo 30 en el bolsillo. Pero sintió que sus gastos serían pagados y así aceptó la invitación.

Esa semana Nee supo que un hermano cristiano necesitaba con urgencia dinero. Él quería ayudar, pero sabía que no tenía siquiera el dinero para el pasaje. Sin embargo, Nee no podía quitar de su mente la necesidad del hermano. Nee le dio 20 dólares al hombre.

El viernes, el joven pastor atravesó con balsa hasta los diques con solo 10 dólares en el bolsillo. Nadie le había enviado dinero para los gastos. Dentro de la balsa, Nee oró: “Señor, no te pido dinero, solo pido que me lleves hasta Chien-o”. Al llegar a los diques, Nee fue recibido por el dueño de un pequeño barco a vapor: “¿Usted está yendo a Yen-Ping o Chien-o?”, le preguntó el hombre. “A Chien-o”, respondió Nee. “¿Por cuánto?” “Siete dólares”.

Nee no podía creerlo. Mientras llevaba su valija a bordo, se enteró que el barco estaba al servicio del municipio, pero el dueño a veces tenía un lugar vacío que podía ceder a un pasajero y ganar un dinero extra. Nee tuvo un viaje tranquilo y agradable río arriba hasta Chien-o.

Durante dos semanas, predicó en la ciudad ejerciendo un impacto sobre muchas personas. Al final de las reuniones tendría que enfrentar el largo viaje de vuelta, ahora con solo un dólar y veinte centavos en el bolsillo. Los otros misioneros en Chien-o hubieran tenido un gran placer en ayudarlo, pero Nee no le comentó a nadie sobre su necesidad. Tenía plena convicción de que Dios resolvería esa situación a su manera.

Antes de llegar a los diques, el joven predicador fue alcanzado por un mensajero que traía una ofrenda de uno de sus amigos. Y era más que suficiente para pagar los gastos, especialmente porque el mismo barco de flete estaba allá en los diques, con la misma vacante disponible. Watchman Nee recordaría ese viaje a Chien-o por el resto de su vida. Él había dado mucho y había recibido mucho más. Pero no fueron las finanzas recibidas lo que Nee apreció más, fue la emoción de cooperar con Dios, de ver su mano actuando. Nee no dio ni adquirió riquezas. Dio y adquirió una fe más rica. Él tenía la maravillosa seguridad de que Dios atendería sus necesidades.

Filosofías antagónicas

Existen dos filosofías antagónicas que tenemos que enfrentar todos los días. Una dice: retenga todo lo que pueda. La otra dice: excédase en la gracia de dar. Una promete abundancia material y nos manda poseer más y más. La otra ofrece las riquezas de la generosidad de la gracia de Dios y nos manda probarlo más y más.

La “religión de la prosperidad” jamás obtendrá lo suficiente. Por lo tanto, ¿qué podemos hacer para no caer en la trampa de las ganancias? ¿Cómo podemos hacer del dar una prioridad genuina en nuestra vida? Los hebreos nos muestran un modo excelente de hacerlo. Ellos tenían la costumbre de dedicar lo primero de todo al Señor: el primer hijo, los primeros frutos de la cosecha, las primeras ovejas de sus rebaños. Esto se conoció como el diezmo y formaba parte de la ley mosaica: “el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es, es cosa dedicada a Jehová” (Levítico 27:30).

Diezmo significa la décima parte. El pueblo de Israel daba un décimo de sus ganancias materiales a Dios. El punto clave es que eso era lo primero que separaban en la época de la cose- cha. El diezmo que daban a Dios no era lo que sobraba, no era el resto. Eran las primicias. Dar el décimo de lo que ganamos para Dios pone nuestras posesiones en la perspectiva correcta. No son solo medios para un fin. El diezmo es una bandera que levantamos sobre todo lo que ganamos; nos hace recordar que todo pertenece a Dios, que todo es para ser usado para su gloria. El diezmo es el punto de partida de todo lo que damos, nos ayuda a dar conscientemente.

En sus cartas, el apóstol Pablo nos recuerda las bendiciones de la contribución sistemática. Él animó a los corintios a dar una contribución generosa para los creyentes necesitados de Macedonia: “Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Corintios 9:6).

Yo creo esto de verdad, ¿y usted? El diezmo es un medio para cosechar generosamente de manera regular. Puede parecer que involucra un riesgo, pero descubrí que donar sistemáticamente trae consigo algunas de las aventuras más satisfactorias de la vida.

Llamado

"En nuestros días hay muchos falsos profetas que no consideran que el pecado sea repulsivo. Se quejan de que las reprensiones y las advertencias de los mensajeros de Dios alteran innecesariamente la paz del pueblo. Arrullan las almas de los pecadores, y las suyas propias, llevándolas a una acomodación fatal con sus enseñanzas agradables y engañosas. El antiguo Israel cayó víctima de las adulaciones de los sacerdotes corruptos. Su predicción de prosperidad era más agradable que el mensaje del verdadero profeta, quien aconsejaba el arrepentimiento y la sumisión.
Los siervos de Dios deben manifestar un espíritu tierno y compasivo y mostrar a todos que en sus asuntos con el pueblo no les impulsa ningún motivo personal y no se complacen en dar mensajes de furia en nombre del Señor. Sin embargo, nunca deben titubear a la hora de señalar los pecados que corrompen a los que profesan ser el pueblo de Dios ni cesar en su empeño de influir en ellos para que se vuelvan de sus errores y obedezcan al Señor. 
Los que se esfuerzan por esconder el pecado y hacer que parezca menos serio a las mentes de los transgresores hacen la labor de los falsos profetas y la ira de Dios retribuirá su conducta. El Señor nunca entrará en componendas con los deseos de los hombres corruptos. El falso profeta condenó a Jeremías por haber afligido al pueblo con sus graves acusaciones; quiso tranquilizarlo prometiéndole seguridad y prosperidad, pensando que no debía recordar continuamente los pecados de las pobres gentes ni amenazarlas con el castigo. Esta conducta aumentó aún más, si cabe, la resistencia de los judíos al consejo del verdadero profeta e intensificó su enemistad hacia él. 
Dios no se complace con el que obra el mal. No permite que ninguna libertad brille por encima de los pecados de su pueblo ni que se proclame “paz, paz” cuando ha declarado que los condenados no tendrán paz. Los que alientan a rebelión contra los siervos que Dios envía para dar su mensaje se rebelan contra la palabra del Señor". 4TI, 183.

A través de los años, la fidelidad nos hará ver muchas mane- ras como Dios nos ha ayudado de manera generosa. Devolver el diezmo será una experiencia maravillosa y edificadora de fe en su vida. Yo no quiero que alguien pierda esa experiencia. Por lo tanto, lo invito a entrar en sociedad con Dios. Comience su aventura de fe y devuelva el diezmo. Abandone a religión del lucro y experimente las bendiciones de la donación sistemática.

Creo que usted adquirirá una fe rica, experimentará la abundancia espiritual y Dios suplirá todas sus necesidades.

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