Venciendo un poderoso enemigo

MATEO 19:16-22

OBJETIVO DEL SERMÓN

Presentar la verdad bíblica sobre el peligro de la codicia y cómo vencer ese poderoso enemigo por medio de la actuación del Espíritu Santo en nuestra vida.

La codicia es uno de los enemigos más terribles del hombre. La maldición de las riquezas trajo más sufrimiento a la raza humana que tal vez cualquier otra cosa. Inspiró los actos más bajos de la historia. Imperios fueron destruidos, naciones arruinadas, continentes se sumergieron en las guerras más devastadoras y las personas se envolvieron en disputas amargas, no por la pobreza extrema, sino por el abuso injusto y perverso del dinero.

En la Biblia, la codicia está tratada como uno de los pecados más condenables. El décimo mandamiento trata exclusivamente de ella, señalándola como uno de los adversarios más difíciles de la vida. Acán (Jos. 7), Giezi (2Rey. 5:20-27) y Ananías y Safira (Hech. 5:1-11) son ejemplos de que Dios no dejará impunes a los que codician y se apropian de lo que le pertenece a él. Sin embargo, miles de personas están reteniendo y usando habitualmente el dinero del Señor.

Para algunos, en el contexto cristiano, el tema del dinero es algo delicado. Cuando un predicador habla sobre eso, está sujeto a ser criticado por los que claman por “evangelio”. Sin embargo, si ese asunto no hubiera sido incluido en el evangelio, entonces significaría que Jesús pasó una gran parte de su tiem- po predicando y enseñando algo equivocado. Además, una porción grande del Nuevo Testamento estaría presentando un tema extraño a la esencia de su mensaje. El cristianismo práctico requiere una discusión sobre el dinero. Con frecuencia, esa es la prueba de fuego de toda nuestra vocación.

Podemos suponer que Cristo se limitaba a discursos sobre fe, esperanza y amor. Sin embargo, muchos se sorprenden al saber cuánto tenía que decir él sobre el uso correcto o incorrecto de los bienes o del dinero. Ese fue el tema de la mayoría de sus parábolas y sermones.

Jesús y el dinero

Al comienzo de su ministerio, en el Sermón del Monte (Mat. 6), Jesús hizo algunas afirmaciones importantes relacionadas a las riquezas. Por ejemplo: “No os hagáis tesoros en la tierra” (v. 19); “Ninguno puede servir a dos se- ñores” (v. 24). “No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber” (v. 25); “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (v. 33).

En Mateo 19:16-22, el evangelista narra el encuentro de Jesús con el joven rico. Note las palabras: “Vende lo que tienes, y dalo a los pobres, [...] y ven y sígueme” (v. 21). El problema es que el joven rico no se consideraba un mayordomo, sino el dueño. Si él hubiera tenido la visión correcta, no habría sido difícil separarse del dinero del Señor. Es evidente que Jesús no quería sus bienes, sino su salvación. “¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!” (Mar. 10:23).

Correctamente entendido y practicado, diezmar es un acto de adoración esencial. Adoración es el acto de donarse a Dios. El dinero también es, en cierto sentido, una parte de nosotros. El salmista preguntó: “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?” (Sal. 166:12). La respuesta es: alabanza, adoración, culto, corazón, vida y dinero. Un reconocimiento tal es nada menos que un acto de adoración.

El punto esencial no es el diezmo, sino el diezmador; no es la dádiva, sino el dador; no es el dinero, sino el ser humano; no son las posesiones, sino el propietario. Declarar no es suficiente. La práctica tiene que andar con el testimonio. La consagración tiene que ser cuidadosamente observada para averiguar si es legítima o no. Y el diezmo es la forma más concreta, personal, práctica, proporcional y poderosa de reconocer el patrimonio de Dios y la administración humana ideada desde la creación del mundo.

El verdadero Propietario

Dejemos la discusión financiera para rever los principios que son el funda- mento de la mayordomía. Piense una vez más en la propiedad de Dios. El mundo es del Señor, porque él lo creó. De modo que él tiene dominio sobre todas las cosas. A su vez, le corresponde al ser humano velar por sus posesiones, sabiendo que no tiene dominio absoluto sobre ellas. De esa manera, el hecho de diezmar indica si reconocemos que somos solo mayordomos o actuamos como propietarios.

La vida es un don de Dios. Sin él nada podemos hacer. No podemos produ- cir ni ganar algo sin la cooperación continua del Creador. Cada ser humano que viene al mundo está en deuda con el Señor y depende de su genero- sidad. Vivimos en el tiempo de él y negociamos con su capital, provisto bajo la condición de que él reciba la décima parte, en primer lugar, y sea el acreedor principal. Entonces, diezmar es un reconocimiento del dominio de Dios en sus propios términos. Esa es la verdadera filosofía cristiana sobre el dinero y la propiedad. Si yo soy infiel, violaré la confianza que poseo, seré un deudor moroso y perderé mi derecho a la sociedad con Dios.

Mayordomos de Dios

La propiedad de Dios, que implica la mayordomía humana, acarrea res- ponsabilidades solemnes y rendición de cuentas. Al devolver el diezmo, en primer lugar reconocemos nuestro deber benéfico, personal, periódico y primario en relación con él. Dios no necesita de nuestro diezmo. En realidad, las diez partes él las puede requerir como quiere. Pero la práctica del princi- pio es necesaria para el ser humano. El Señor no quiere nuestro dinero, sino nuestros afectos, nuestra convicción y nuestra confianza en él.

El beneficio del diezmo

El Señor nunca establece una ley que no sea para beneficio humano. El diez- mo no es una excepción. No es para beneficio de Dios, sino para el nuestro. Si no fuera para el desarrollo de nuestro carácter, él no lo hubiera ordenado. Como sabemos, “el sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hom- bre por causa del sábado” (Mar. 2:27). De la misma manera, el diezmo fue hecho por causa del ser humano, y no el ser humano por causa del diezmo.

Un detalle importante con relación a la mayordomía es que la devolución del diezmo no nos da el derecho de usar el resto como lo consideramos me- jor. Al proveer los motivos que gobiernan tanto el adquirir como el donar, la mayordomía afecta todo el uso del dinero. Por eso, es mucho más profunda que el diezmo, porque abarca toda la vida. Requiere la plena consagración a Dios, haciendo en todas las áreas de la vida lo que Cristo requiere, recono- ciendo su propiedad y dominio en todos los momentos. Eso es justificación aplicada a una demostración de fe.

Más que dinero

El principio de que la consagración personal viene antes de la consagración de la riqueza está expresado de esta manera en las Escrituras: “A sí mismos se dieron primeramente al Señor” (2 Cor. 8:5). La donación de dinero no sus- tituye la donación de nosotros mismos. Una ofrenda liberal de servicio o di- nero no es suficiente para cubrir una consagración deficiente o inadecuada.

CONCLUSIÓN

Antes del cambio de siglo, un hombre llamado John Davis comenzó a traba- jar como labrador contratado en Kansas. Comenzando de la nada, terminó acumulando una fortuna por medio de varios emprendimientos. A medida que su riqueza aumentaba, se casó. Los padres de su esposa se opusieron porque sintieron que se estaba casando por debajo de su dignidad. Por eso, él se apartó permanentemente de sus suegros. Además, él no cultivó amigos. Los Davis tampoco tenían hijos. Cuando él llegó a ser un hombre muy rico, su esposa murió. Entonces, John Davis quedó solo con su dinero y comenzó a gastar mucho.

Contrató un artista para proyectar una estatua de mármol para la tumba de ella, que los retrataba a él y su esposa sentados en lados opuestos de un sofá. Davis quedó tan satisfecho que encomendó una segunda estatua de sí mismo arrodillado en su tumba. También quedó tan satisfecho que encargó una tercera estatua de su esposa arrodillada en su futura tumba. Finalmente, todo su dinero se fue. John Davis gastó 250.000 dólares en lápidas. Cuando murió, a los 93 años, residía en un asilo para pobres, y los monumentos desaparecieron lentamente en el pasto del cementerio. Los observadores cuentan que cuando fue enterrado, había pocas personas presentes y solo un enlutado, un hombre llamado Horace England, el vendedor de lápidas.

LLAMADO

Ser mayordomo es algo solemne. Los mayordomos deben rendir cuentas. Todo contador enfrenta la venida de un auditor. Es un asunto serio poseer y administrar la plata y el oro del Creador de todas las cosas, del Juez de toda la Tierra. Si un empleador retiene el sueldo de un funcionario, es injusto; ¿y qué decir de ser intencionalmente culpable por fraude como mayordomo de Dios? Sin embargo, son felices los que oyen las palabras “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mat. 25:21). Esos son algunos de los prin- cipios de la mayordomía humana y de la propiedad de Dios. Una sociedad y una relación increíbles y una escuela de capacitación para el carácter. ¿Cuántos quieren decir hoy al Señor: “Ayúdame a mantenerme fiel en cada aspecto de la vida hasta que el Señor regrese y yo pueda rendir cuentas de lo que tuve oportunidad de cuidar”?

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