Propósitos de la unidad en la causa de Dios

OBJETIVO DEL SERMÓN

Presentar los principios divinos de la unidad de la iglesia y cómo cada miem- bro debe involucrarse con esos principios para mantener la unidad entre el pueblo de Dios.

Sus temores fueron disipados. La noche oscura de tristeza había pasado. Rayó la mañana. Ellos ya no se escon- dían temblando de miedo en el apo- sento alto. Estaban repletos de fe. La esperanza desbordaba en cada corazón. Una vislumbre del Señor resucitado los transformó. Jesús les dio una razón nueva para vivir. Les dio lo que cono- cemos como ‘la gran comisión’: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15).

Los discípulos se afirmaron en las palabras de Jesús. Ellos confiaron en la promesa del Salvador. Estaban confiados en que, si cumplían las condicio- nes, él cumpliría su palabra. Y esperaron, confesaron sus pecados, oraron, creyeron. Y el Cielo respondió. El Espíritu Santo fue derramado en abun- dancia en el Pentecostés (Hech. 2:1-4).

El poderoso derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés fue el don ce- lestial, confirmando la aceptación, por parte del Padre, del sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario (Hech. 2:32, 33). Los tres mil bautismos de aquel día fueron el testimonio elocuente del poder de Cristo resucitado para transfor- mar vidas. La plenitud del Espíritu testifica de la plenitud del poder de Jesús.

Eran 120 discípulos reunidos en el aposento alto aquel día. El desafío de alcan- zar al mundo con el evangelio parecía imposible. Las mejores estimaciones para la población mundial en el primer siglo son de aproximadamente 280 millones de personas. Aunque seguramente hubo algunos cristianos más que los reunidos en el aposento alto, el porcentaje de cristianos con relación a la población del mundo era infinitesimal. Por ejemplo, si usamos el número 120, habría enton- ces un cristiano por cada 1,4 millones de personas en el mundo.

Si comparamos eso con el número actual de adventistas del mundo, hay apro- ximadamente un adventista por cada 422 personas. En una era de poder mi- litar y materialismo romano, con filosofía griega y paganismo, la tarea de ellos parece más desafiante que la nuestra. Además, aquellos primeros cristianos no tenían los recursos de los medios de comunicación, radio, televisión, Internet y redes sociales. No tenían sistema de transmisión vía satélite. No tenían co- legios, universidades, editoras ni hospitales. No había una iglesia organizada. Tenían solo la promesa de Jesús de que, con el derramamiento del Espíritu Santo, ellos impactarían a todo el mundo con su mensaje de amor y verdad.

Crecimiento explosivo

¡Los resultados fueron extraordinarios! Viaje conmigo a través del libro de Hechos y contenga la respiración mientras nos admiramos ante las acciones del Espíritu Santo. El libro de Hechos revela lo que Dios puede hacer en poco tiempo por medio de hombres y mujeres consagrados, que creen en su promesa y actúan según su palabra.

Cuando los discípulos se despertaron el día de Pentecostés, no tenían idea de que tres mil nuevos miembros se unirían a la iglesia solo en ese día (Hech. 2:41). Y ese fue solo el comienzo. Posteriormente, “muchos de los que ha- bían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil” (Hech. 4:4).

Note que, de acuerdo con el texto, el número de hombres era aproximada- mente de cinco mil. Si agregamos las mujeres y niños, el total aumentará significativamente. Algunos estudiosos evalúan que, en esa época (Hech. 4), la iglesia cristiana contaba con 15 a 20 mil miembros. En pocas semanas, la iglesia tuvo un crecimiento explosivo. Refiriéndose al alcance de la amplia diseminación del cristianismo, un escritor romano dijo: “Ustedes están en todo lugar. Están en nuestro ejército, la marina, el senado y el comercio”.

Estrategia demoníaca

Frente a ese crecimiento explosivo y el apasionado compromiso misionero de los cristianos, el demonio intentó romper la unidad de la iglesia y frustrar su expansión. Veamos dos ejemplos específicos según los cuales esa unidad podría haber sido fácilmente fracturada. Analicemos cuidadosamente cada uno de los escenarios, observando no solo las consecuencias, sino también el proceso a través del cual los discípulos resolvieron las diferencias.

Conflicto en la distribución de alimentos. Hechos 6:1 relata un serio con- flicto entre judíos cristianos de ascendencia griega y judíos cristianos de Palestina. Las viudas griegas se sintieron discriminadas en la distribución de alimentos. Cuando el Espíritu Santo obra poderosamente, el enemigo suscita disensión, lo que estrangula la misión, reprime el crecimiento y li- mita la efectividad evangelizadora. El conflicto es el anestésico de la pasión por el testimonio. La unidad es la cultura donde florece el testimonio. Co- mentando sobre el conflicto de Hechos 6, Elena de White escribió: “Sabía Satanás que mientras durase aquella unión no podría impedir el progreso de la verdad evangélica, y procuró prevalerse de los antiguos modos de pensar, con la esperanza de introducir así en la iglesia elementos de discordia” (Los hechos de los apóstoles, p. 73).

El conflicto consume nuestra energía y absorbe nuestra atención. La disen- sión nos distrae de la misión. El demonio está bien despierto para lograrlo, intentando introducir elementos de desconfianza y conflicto. Felizmente, el Espíritu Santo llevó a los discípulos a encontrar un camino a través de las dificultades. Los desafíos que la iglesia enfrenta hoy no son una novedad, y estoy confiado que el mismo Espíritu nos ayudará a encontrar la manera de superarlos, así como llevó a la iglesia primitiva a resolver problemas que tenían el poder para dividirla y debilitar su efectividad misionera.

Para resolver el conflicto, los discípulos actuaron pronto. La disensión no se resuelve por sí misma. Normalmente, el conflicto no desaparece por sí mismo. Los líderes deben ser suficientemente valerosos como para encontrar soluciones.

Conflicto en el testimonio de Pedro y Cornelio. El segundo gran conflicto relatado en el libro de Hechos está en los capítulos 10 y 11. La historia es bien conocida. Durante sus oraciones, un centurión romano llamado Cornelio re- cibió la visita de un ángel, el cual lo instruyó a enviar a sus siervos a Jope para buscar a Pedro. Al mismo tiempo, Pedro estaba orando y recibió una visión en la que Dios le ordenó comer animales inmundos que vio en un lienzo que bajaba del cielo (v. 13). Pedro estaba confundido. Mientras intentaba descu- brir el significado de la visión, los hombres de Cornelio golpearon la puerta. Hasta entonces, Pedro consideraba inmundos a los gentiles. Pero Dios usó una visión para impresionarlo sobre la necesidad de predicar el evangelio a los gentiles, así como a los judíos. Pedro respondió positivamente a la invi- tación de los siervos de Cornelio y los acompañó a la casa del centurión. En Cornelio, Pedro encontró a alguien con mente abierta y corazón receptivo. El centurión y su familia aceptaron a Jesús y fueron bautizados.

Pedro estaba entusiasmado, pero los judíos cristianos se quedaron profun- damente ofendidos. Hechos 11 revela el curso de acción de Pedro. Él fue a Jerusalén para encontrarse con sus hermanos y explicarles sus actitudes. El encuentro no comenzó bien, pues “cuando Pedro subió a Jerusalén, dispu- taban con él los que eran de la circuncisión” (v. 2). ¿Cuál fue la defensa de Pedro? La revelación divina. Con calma, el apóstol explicó que sus actitudes tuvieron como base las instrucciones directas de Dios. El Señor le había con- cedido una visión, y él no podía rechazarla. Mientras Pedro hablaba, el Espí- ritu Santo cambió la mente de los opositores. Notemos el evidente contraste entre estos dos versículos: “disputaban con él los que eran de la circuncisión” (v. 2). “Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios” (v. 18).

Ese fue un conflicto que fácilmente podría haber dividido a la iglesia, si Pedro hubiera tomado una actitud diferente o si hubiese rechazado dedicar tiempo a dialogar con los hermanos.

Este es otro principio vital para la solución de conflictos en la Iglesia. Cuando un problema amenaza su unidad, no la juzguemos rápidamente ni de manera ruda. Descubramos los hechos. Escuchemos el punto de vista contrario. El Espíritu Santo puede estar hablándonos a través de nuestro hermano. Las perso- nas honestas pueden tener diferencias de opinión, y el consenso viene a través del diálogo, pero eso requiere buena voluntad para escuchase el uno al otro.

CONCLUSIÓN

Dios estableció la estructura de la iglesia a fin de conservar su unidad y protegerla contra el fraccionamiento. Cuando la iglesia toma decisiones, no a todos les agrada, pero los cristianos maduros aceptan el consenso de la ma- yoría. La unidad por la cual Cristo oró es más importante que las opiniones individuales o las agendas personales.

“El Señor ha investido a su iglesia con especial autoridad y poder que nadie tiene derecho de desatender y despreciar, porque el que lo hace desprecia la voz de Dios” (Los hechos de los apóstoles, p. 135).

La unidad de la Iglesia se fortalece por medio de algunos aspectos importan- tes, como una base única de doctrinas bíblicas, la misión mundial y un sis- tema de distribución de los diezmos y ofrendas para todas partes del planeta. A través de esos tres puntos, confirmamos y reforzamos nuestro compromi- so con la unidad. Por ese motivo, es muy peligroso cuando alguien intenta establecer sus propias creencias en oposición a los principios bíblicos, cuan- do no se involucra personalmente con la misión o no vive los principios de fidelidad a través de los diezmos y ofrendas.

Cuando la Iglesia enfrenta desafíos, cuando surgen dificultades en el horizonte, cuando se forman opiniones fuertes y posiciones radicales, nuestro amoroso Señor nos invita a la unidad, para expresar bondadosamente nuestros puntos de vista, oírse el uno al otro, dialogar, proponer soluciones, y decidir juntos sobre la guía del Espíritu Santo. Si estamos comprometidos con un espíritu cooperativo en el proceso de tomar decisiones y de respe- tarlas, Jesús será honrado, el demonio será derrotado, y la iglesia triunfará.

LLAMADO

Hoy quiero invitarlo a renovar su compromiso personal de mantener la unidad de la iglesia e involucrarse de manera personal con el estudio de la doctrina bíblica, el cumplimiento de la misión y la fidelidad en los diezmos y ofrendas. Así viviremos la unidad de la iglesia de Dios.

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