El regreso de Jesús y el juicio final

OBJETIVO DEL SERMÓN

Presentar los detalles del regreso de Jesús y llamar a la iglesia para una renovación y consagración.

La mayor esperanza que tenemos es ver a Jesús regresar. Tanto en la Biblia como en los escritos de Elena de White tenemos muchas citas con res- pecto a ese glorioso acontecimiento. Para que tengamos una pequeña vis- lumbre de ese día glorioso, vayamos a una secuencia básica de acuerdo cómo está en los libros El gran conflicto, páginas 619-657, y Primeros escritos, páginas 285-295.

Los ímpios intentarán ejecutar el decreto de muerte contra el pueblo de Dios

a. Se decide exterminar al remanente en una noche. Los impíos se reú- nen para destruirlos. La sexta y séptima plagas son derramadas.

Aparecen tinieblas absolutas. En medio de ellas hay un arco iris, que es un fenómeno de luz y no de tinieblas. Este refleja la gloria de Dios como una demostración de la intervención divina.

Se manifiesta la voz de Dios junto con una enorme claridad, diciendo: “Mirad hacia arriba” y “Está consumado”. Los cielos y la tierra se sacuden con ella.

Comienzan a ocurrir eventos sobrenaturales: Se produce el mayor de los terremotos. Las montañas salen de sus lugares, y las rocas se rompen. Los edificios y las construcciones quedan destruidos. El mar sale de su lugar y enormes tsunamis barren las islas, puertos y ciudades litoraleñas. Las prisiones se rompen, y los fieles que estaban presos son liberados.

Aparece una estrella en medio de los cielos ennegrecidos, y los fieles comienzan a cantar el Salmo 46:1-7: “Dios es nuestro amparo y fortaleza [...]”.

La mano de Dios aparece en medio del cielo con las tablas de la santa Ley de Dios. El cuarto mandamiento posee un brillo especial. Los impíos reconocen la santidad del sábado, pero con horror y desespe- ración, porque es demasiado tarde.

Los impíos y apóstatas se destruyen unos a otros. Se vuelven especialmente contra los líderes religiosos que los engañaron con sus falsas teorías y enseñanzas.

El regreso de Jesús

Aparece una pequeña nube negra: es la señal del regreso de Jesús. Se va iluminando más y más al acercarse a la Tierra. La gloria de Jesús es más brillante que el sol del mediodía. Viene en llamas de fuego. To- dos los que están vivos lo ven. Viene con un manto teñido de sangre, y en su muslo está escrito “Rey de reyes y Señor de señores”.

Los impíos hacen la oración de la muerte. Piden a las rocas que caigan sobre ellos.

La trompeta de Dios resuena y se oye la voz de Cristo. Los justos muertos resucitan con un cuerpo glorificado. Los justos vivos son transfor- mados y glorificados. Los salvos son arrebatados y encuentran al Señor Jesucristo en el aire. Los impíos que todavía están vivos son destruidos por su gloria, que es un fuego devorador. Los salvos ascienden al cielo.

Cristo los recibe personalmente y pone sobre sus cabezas la corona de gloria. Nuestro Señor abre las puertas de perla de la ciudad santa y los salvos entran.

El milenio

Satanás queda prisionero en la Tierra desolada y en tinieblas absolutas durante mil años.

En ese tiempo, los justos observan los libros abiertos para ver cada caso. Todo será debidamente aclarado.

¿Por qué fulano, que era tan bueno, no está aquí? ¿Por qué mengano, que era tan malo, está aquí?

La justicia y la misericordia de Dios se manifiestan claramente en cada relato y sentencia.

El juicio final
Al final del milenio, la ciudad santa desciende del cielo.
Los impíos resucitan. Es la segunda resurrección.
Satanás convoca a los impíos para tomar la ciudad santa.
La ciudad santa es rodeada por los impíos.

Se ve el trono blanco y los libros se abren: comienza el juicio final. Cristo es coronado. Todos los impíos reciben su sentencia y reconocen la justicia de Dios. Todos ven panorámicamente las escenas del gran conflicto entre Cristo y Satanás. La justicia, el amor y la misericordia de Dios contrastan con el engaño, la mentira, el odio y las maldades efectuadas por Satanás. Dios es juzgado. Todos, dentro y fuera de la ciudad, se arrodillan delan- te del Señor Jesús y reconocen que Dios es justo y que Jesús es Señor. Desciende fuego del cielo por parte de Dios y los impíos son destruidos.

La tierra nueva

Surge una Tierra Nueva. Sin más dolor, ni tristeza, sin lágrimas, no hay más pecado ni separación.

Todo es lindo y maravilloso. No existen palabras para describirlo. La mente humana no logra imaginarlo.

Pero lo más maravilloso será encontrarnos con Jesús, cara a cara. Nunca vimos a Jesús personalmente, pero somos bienaventurados porque no vimos, pero creímos.

Podremos abrazarlo, besarlo, tocarlo, oírlo, adorarlo. Tendremos un momento exclusivo con él, solo nuestro.

Después, él nos dará una piedrita blanca (Apoc. 2:17), donde estará es- crito nuestro nombre nuevo. El nombre que tenemos nos lo dieron nuestros padres, porque es un atributo de los que nos generan. Como ahora seremos completamente hijos e hijas de Dios, tendremos un nombre nuevo que él eligió, porque ahora somos definitiva y totalmente suyos.

f. “El gran conflicto ha terminado. Ya no hay más pecado ni pecadores. Todo el universo está purificado. La misma pulsación de armonía y de gozo late en toda la creación. De aquel que todo lo creó manan vida, luz y contentamiento por toda la extensión del espacio infinito. Desde el átomo más imperceptible hasta el mundo más vasto, todas las cosas animadas e inanimadas, declaran en su belleza sin mácula y en júbilo perfecto, que Dios es amor” (El gran conflicto, p. 657).

LLAMADO

Por eso, hermanos, busquemos a Dios temprano, en la primera hora de cada día y permanezcamos con él todo el día. Obedezcamos a Dios y guardemos sus mandamientos.

Seamos fieles en los diezmos y en las ofrendas, recordando que el diezmo es diezmo y ofrenda es ofrenda. El diezmo no es ofrenda, y la ofrenda no es diezmo. Hagamos lo que él manda de la manera que él manda. Dejemos que Dios sea Dios en nuestra vida.

Santifiquemos el sábado. Estudiemos la Biblia con ahínco y dedica- ción. Prediquemos este mensaje a los que no lo conocen.

Abandonemos lo que nos ata a este mundo, pues eso pronto pasará. Porque pronto, como es la voluntad de Dios, estaremos junto con él en la vida eterna.

Muy pronto veremos a nuestros queridos, ya sean familiares, amigos o hermanos en Cristo que fueron salvos. ¿Se ha imaginado cuando los encontremos en aquel lugar donde nunca nos separaremos?

¿A quién le gustaría encontrar allá? ¿Esa persona está aquí en la iglesia hoy? Salga de donde está, vaya hasta ella y dígale: “Quiero encontrar- te en la Tierra Nueva”. Vaya, porque las personas necesitan saber que queremos que sean salvos.

[Después que las personas se abracen:] Para terminar este culto, cantemos juntos el himno final “Después del río”, Himnario Adventista del séptimo día, número 342.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El símbolo de honor

¿Melquisedec era Cristo?

El Plan de Dios para su salud