El gran descubrimiento

OBJETIVO DEL SERMÓN

A través de la historia de la primera visita de Jesús al templo, presentar los principios para vivir una vida cristiana con sentido y no solo de apariencia o mecánica.

INTRODUCCIÓN

Recuerda el dicho: existen dos días importantes en la vida de un hombre: el día de su nacimiento y el día en que descubre por qué nació. No sabemos exactamente en qué momento Jesús niño tuvo la clara comprensión de que su nacimiento tenía el propósito de salvar a la humanidad, pero sin duda, su viaje a Jerusalén para celebrar la Pascua fue parte del momento en que el niño Jesús descubrió el propósito y el significado de su vida.

La Pascua era una de las siete fiestas anuales en el calendario judío y uno de los momentos más especiales en el año de un judío. Era el momento de recordar cómo la mano de Dios había librado a su pueblo de Egipto.


De las siete fiestas a lo largo del año, solo tres eran fechas obligatorias de cele- bración: la Pascua, el Pentecostés y la fiesta de los Tabernáculos. Todo hombre adulto que viviera en un radio de 25 km de Jerusalén, por ley debería ir a Je- rusalén a celebrar esas tres fiestas. Sin embargo, los que vivían lejos solo nece- sitaban ir una vez al año, y generalmente, preferían la fiesta de la Pascua. Esas fechas eran tan sagradas que los judíos de todo el mundo lograban ahorrar durante toda la vida para ir a la ciudad santa a celebrar una Pascua.

Había una cuidadosa preparación para la Pascua: los caminos eran arregla- dos, los puentes reparados, los sepulcros pintados con cal para que ningún viajero accidentalmente tocara una tumba y se volviera impuro para partici- par de la fiesta (Núm. 19:11). Seis semanas antes de la fecha, la Pascua era el principal tema de estudio en todas las escuelas y el tema de todos los ser- mones en las sinagogas. Nadie podía desconocer que la Pascua estaba cerca.

La primera Pascua en Jerusalén

Para cualquier jovencito en Israel, ir a la ciudad santa para participar de su primera Pascua era uno de los momentos más esperados e importantes de su vida. Para los judíos, los doce años eran la línea divisoria entre la infancia y la juventud. A los doce años, Jesús hizo ese viaje de 50 km desde su cuidad a Jerusalén. El viaje duraba cerca de cinco días. Imagine a Jesús caminando y pensando en todo lo que había oído sobre el significado de la Pascua. En algún momento del viaje, todos podían ver la gloriosa ciudad encima de un monte.

Los peregrinos iban cantando los salmos de peregrinaje por el camino. Ima- gine a Jesús cantando “Yo me alegré con los que decían: a la casa de Jehová iremos” (Sal. 122:1).

La fiesta duraba siete días, pero en la tarde del día cuando se celebraba la Pas- cua, los corderos pascuales eran muertos en el patio del templo. No era una comida, sino un sacrificio. Dios había enseñado que la sangre de una criatura representaba la vida, pues, cuando la sangre era derramada, la vida terminaba.

Para tener una idea de cuántos corderos morían en la Pascua, en cierta oca- sión, para dar la idea de cuántos judíos habían ido a la fiesta de la Pascua, el gobernador romano Cayo Cestio informó al emperador Nerón que 265.500 corderos fueron muertos ese año. Muchos historiadores consideraban ese número una exageración, pero sin duda, el número de corderos muertos durante una Pascua era gigantesco.

Nada de salvación, solo formalismo

Cientos de sacerdotes hacían fila para recibir a los adoradores, cortar el cue- llo del cordero, poner una parte de la sangre en una fuente de oro y de plata e ir a derramar una parte de esa sangre en la base del altar. Mucha de la sangre corría por el piso de mármol del templo que, por el olor, se parecía más a un inmenso matadero a cielo abierto. Esa fue la visión que tuvo Jesús en su primera visita al templo a los doce años.

Elena de White afirma que “para la mayoría del pueblo que vivía en los días de Cristo, esta fiesta había pasado a ser mero formalismo” (El Libertador, p. 38). Casi todo el significado de sustitución y contrición de la Pascua original se había perdido.

Sin embargo, Jesús “cada día que pasaba veía más claramente su significado. Todo acto parecía estar conectado con su propia vida. Se despertaron nuevos impulsos en él. Silencioso y absorto en sus pensamientos, parecía estar ana- lizando un complejo problema. El misterio de su misión se estaba revelando al Salvador” (El Libertador, p. 38).

El sanedrín estaba formado por 70 maestros de la ley y presidido por el sumo sacerdote. Jesús, que ya conocía los escritos sagrados y las profecías sobre sí mismo en los libros de Isaías, Oseas, Deuteronomio y tantos otros, por prime- ra vez estaba en contacto con la tradición de los maestros de la ley en Jerusalén. Y ellos ciertamente no hablaban sobre el significado de la Pascua, sino sobre sus cientos de reglas de purificación. Si un hombre podía usar en sábado una dentadura o un zapato o sandalia con un clavo, o si usaba una muleta en sá- bado no sería considerado llevar una carga, sí se prohibía arrojar una piedra el sábado, ¿pero eso se aplicaba a una piedra lo suficiente grande para arrojar a un pajarito o una piedra suficiente grande como para arrojar a un buey?

“Los maestros de la ley le dirigieron preguntas, y quedaron asombrados al oír sus respuestas. Con la humildad de un niño, les dio a las palabras de la Biblia una profundidad de significado que los sabios no habían imaginado. De haber seguido los trazos de la verdad que él les señalaba, habrían reali- zado una reforma en la religión de su tempo, y al iniciar Jesús su ministerio muchos habrían estado preparados para recibirlo” (El Libertador, p. p.39).

Todo eso le mostró al jovencito Jesús que allí no se enseñaba sobre cómo llegar a Dios por medio del sacrificio del cordero, ni como curar un corazón partido, ni cómo dar la seguridad del perdón divino o dar la seguridad de que el Dios del cielo era un Padre amable y compasivo. Notó que todos los que venían a la Pascua con la esperanza de recibir el perdón y la paz de Dios volvían a su casa sin nada y que los líderes judíos habían transformado a la ley en una barrera para llegar a Dios.

Podemos incurrir en el mismo error

En algún lugar, la religión judía había perdido el camino. El sacrificio sig- nificaba dar lo mejor de sí a Dios, ¿y qué es lo mejor de alguien sino darse a sí mismo? Pero el sacrificio se había transformado en una matanza ritual de animales en vez de una auto dedicación a Dios. La ley fue concebida para ser algo en que el hombre pudiera encontrar su deleite, la base de una vida vivida en reverencia a Dios y en respeto a los hombres, pero, en vez de eso, se había convertido en una colección interminable de mezquindades, reglas y reglamentos. Jesús no deseaba destruir la religión judía; deseaba rescatarlos de los peligros y de los atajos en los que se habían perdido.

Podemos incurrir en el mismo error y hacer de nuestra adoración solo algo ordinario y formal. Podemos perder de vista el verdadero sentido de la ob- servancia del sábado como un día de comunión con Dios y con las personas y hacerlo un día sin vida o felicidad. Podemos transformar la devolución de los diezmos y ofrendas en una regla o en un intento de intercambiarlo por una bendición, y no un momento de gratitud y reconocimiento por todo lo que ya recibimos de Dios.

CONCLUSIÓN

La primera visita del niño Jesús al templo muestra que nuestro Dios es da- dor. Esa maravillosa verdad se ve más poderosamente en el sacrificio de Jesús. “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Luc. 11:13).

Dios da continuamente; ese es su carácter. Por lo tanto, los que buscan refle- jar ese carácter necesitan dar también. Es difícil imaginar una contradicción mayor que la de “un cristiano egoísta”. Una forma de devolver lo que recibimos es presentar las ofrendas al Señor. Nuestras ofrendas nos dan la oportu- nidad de expresar gratitud y amor. El día cuando Jesús reciba a los redimidos en el cielo, veremos a los que aceptaron su gracia y comprenderemos que eso fue posible gracias a nuestras ofrendas de sacrificio. Dar generosamente, ya sean nuestros recursos, tiempo o talentos, es una manera poderosa de vivir nuestra fe y revelar el carácter de Dios, a quien servimos.

Nuestras mejores ofrendas pueden parecer insuficientes a nuestros ojos, pero son significativas para Dios. Dar lo mejor de nosotros al Señor muestra que lo ponemos en primer lugar. No damos ofrendas para recibir favores; sino que damos con gratitud por lo que recibimos en Cristo Jesús.

“Pero después de haber entregado voluntariamente a nuestro Redentor todo lo que podemos darle, por valioso que sea para nosotros, si consideramos nuestra deuda de gratitud a Dios tal cual es en realidad, todo lo que podamos haber ofreci- do nos parecerá muy insignificante y pobre. Pero los ángeles toman estas ofrendas que a nosotros nos parecen deficientes, y las presentan como una fragante oblación delante del trono, y son aceptadas” (Testimonios para la Iglesia, t. 3, p. 436).

LLAMADO

Cierta vez, la hija del dueño de la imprenta donde se imprimieron las pri- meras Biblias estaba limpiando el piso de la imprenta y vio una página que había sido descartada, porque estaba casi toda borrosa. Ella tomó la página, y las únicas palabras que pudo leer eran: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio” Después de leerlo, ella comenzó a llorar. Su padre le preguntó por qué estaba llorando. Ella le respondió que era porque no sabía lo que Dios había dado. La página estaba borrosa; por eso, la hoja había sido descartada, y el versículo no tenía final. Entonces ella dijo: “Hasta hoy yo tenía miedo de Dios, porque creía que era cruel. Pero la Biblia dice que él me ama al punto de dar algo. Yo no sé lo que él dio, pero el hecho de haber dado algo por amor ya me emociona”. Lo que la niña no sabía hasta ese momento es lo que usted y yo sabemos. Dios dio a su único Hijo por amor a usted y a mí. Él es el cordero pascual que quita el pecado del mundo y nos sustituye en la condenación. Él vino a salvarnos, y Jesús lo comprendió cuando todavía era niño, en su pri- mera visita a Jerusalén. ¿Cuándo va a comprenderlo y entregarse a ese amor?

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