El Espíritu de Dios nos trae vida

OBJETIVO DEL SERMÓN

A través de la visión del valle de los huesos secos de Ezequiel 37, presentar el poder de Dios y de su Pa- labra como capaz de trans- formar vidas y restaurar lo que está aparentemente muerto en nuestra vida. Presentar al Espíritu Santo como el agente divino de esa transformación.

¡El escenario de la visión es desolador! Es de muerte y desorden, un verda- dero caos. Aquí encontramos la des- cripción de un gran ejército que fue vencido o abatido en una guerra que, con el tiempo, debido a los agentes de la naturaleza (el sol, la lluvia y el viento), fue reducido a la condición de solo huesos secos.

Deseamos sacar de esa visión principios para nuestra vida.


1° principio – En la presencia de Dios, el caos, el desorden y la muerte no subsisten.
Este principio nos trae gran esperanza. Por medio de él, llegamos a la con- clusión de que Dios es un Dios de bendiciones. Cuando él llega a nuestra vida, llega para bendecirnos, pues, en su presencia, el caos, el desorden y la muerte no subsisten. Eso quiere decir que, si hay algo desordenado en nues- tra vida, debemos ir a la presencia de Dios y mantenernos siempre delante de él, porque, a su debido tiempo, en el tiempo determinado por él, colocará las cosas en orden.

Esta conclusión se vuelve bastante obvia al estudiar el texto. La forma como inicia el relato es muy, muy diferente de la forma como termina, y no necesi- tamos ir muy lejos en nuestros pensamientos para concluir que la presencia de Dios es el gran detalle que hace toda la diferencia aquí.

En este mundo, podemos observar escenas de mucha desolación y caos. Y así se encuentra la vida de muchas personas: una vida desordenada, sin pro- pósito, vacía y sin sentido. Sin embargo, Dios envió su Espíritu Santo para poner orden en nuestra vida, si así lo permitimos.

2° principio – La iniciativa de la obra de restauración y salvación pertenece a Dios.
En este relato, Dios toma al profeta, lo lleva hasta el valle y le pide que profetice sobre el “valle de los huesos secos”. Por lo tanto, es Dios quien toma la iniciativa. La orden fue: “Predica mi Palabra. Predica a los huesos secos mi Palabra”. No fueron los huesos secos los que buscaron a Dios. Fue Dios quien tomó la iniciativa al ordenarle al profeta que les predicara a los huesos.

El pecado degeneró la imagen de Dios en el hombre. Fuimos creados por un Dios espiritual, a su imagen; fuimos creados como seres espirituales, sin embargo, el pecado degeneró esa imagen en nosotros y ya no somos seres espirituales, sino seres carnales. Ya no nos gustan las cosas de Dios; las cosas espirituales no tienen atractivo. Buscar a Dios no es un proceso natural en el hombre. Nos parecemos más a los huesos secos, sin vida.

Buscar a Dios no es un proceso natural del hombre, y Dios lo sabe muy bien. Él sabe que nuestro corazón es como un valle de huesos secos. Por esa razón, él toma la iniciativa. Hay un Dios trabajando todos los días, utilizan- do personas, circunstancias, utilizando diversas formas para llegar a nuestro corazón, para convencernos de que, lejos de él, no hay felicidad; de que, lejos de él, no podemos disfrutar de sus bendiciones.

3° principio – La manifestación del poder de Dios en la vida humana está relacionada a la participación del hombre.
En el escenario de la visión, hay un Dios incómodo con ese escenario, pues él es un Dios de vida, un Dios de orden y un Dios de bendiciones. A pesar de poseer todo el poder para cambiar radicalmente cualquier situación, él espera la actuación del agente humano, el profeta, para poder manifestar su gloria. Solo después de que el profeta hizo la parte que le correspondía, que era predicarles a los huesos secos, es cuando Dios puede hacer el gran milagro de dar vida a esos huesos.

En la resurrección de Lázaro también encontramos este principio, así como en el milagro de las bodas de Caná. En esas dos ocasiones, Jesús hizo el milagro recién después de que los hombres hicieron la parte que les correspondía.

¿Usted quiere ver la operación de la gloria de Dios en su vida? ¿Necesita un milagro en su vida?

Recuerde que la gloria de Dios, o sea, la manifestación del poder de Dios en la vida humana está relacionada a la participación del hombre.

Sin embargo, usted puede preguntar: “Pero ¿cuál es la parte que me corresponde en el proceso de la bendición?”.

No sé cuál es su problema. Sin embargo, me gustaría presentar un principio general: no importa en qué área de su vida usted necesita ver la gloria de Dios o necesita un milagro. Si quiere seguir el principio bíblico que vamos a presentar ahora, ciertamente verá, a su debido tiempo, la manifestación de la gloria de Dios.

El principio está en Zacarías 1:3, “Diles, pues: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos a mí, dice Jehová de los ejércitos, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos”.

Volverse a Dios significa, nada más y nada menos, que darle a él la prioridad en nuestra vida. Es amarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todo nuestro entendimiento. Es hacer de él lo más importante, lo principal, el centro y la razón de nuestra vida. Solo así, él tomará el control y podrá hacer que los sueños que él tiene para nosotros se hagan realidad en nuestra vida. Por lo tanto, pregunto: ¿Quiere ver la gloria de Dios en su vida? ¡Entonces, vuélvase a Dios!

4° principio – Obedecer a Dios no es una cuestión de lógica, sino de fe.
En esa visión, Dios llama al profeta y le ordena que predique a los huesos secos: “Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová” (v. 4).

La palabra profetizar, en un sentido primario, significa anunciar, predicar, de- clarar algo relacionado a la Palabra de Dios, sin embargo, la pregunta más difí- cil es: “¿Cómo voy a predicarles a los huesos secos? Esos huesos no tienen vida, ¡son personas muertas!”. Pero obedecer a Dios no es una cuestión de lógica; es una cuestión de fe. Sin duda, el profeta predicó, aunque eso le pareciera absurdo. Por eso, repito: obedecer a Dios no es lógica. Obedecer a Dios es fe.

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón”. La expresión “tu corazón” siempre es usada simbólicamente en las Escrituras. Significa que nuestras decisiones proceden de un “yo” moral interior que forma quien somos (Mat. 22:37). Eso incluye nuestro carácter, motivaciones e intenciones: la esencia de nuestro ser. Es más fácil confiar en Dios en las cuestiones que no pode- mos controlar. En ese sentido, no tenemos otra opción que no sea confiar en él. En lugar de eso, la verdadera confianza “del corazón” surge cuando tenemos que hacer una elección sobre algo que podemos controlar; cuando nuestra confianza en Dios nos hace elegir de una u otra manera.

Los apóstoles ejemplificaron lo que significaba para ellos confiar en Dios de todo corazón: ellos “Eran por naturaleza tan débiles e impotentes como cualquiera de los que están ahora en la obra, pero ponían toda su confianza en el Señor. Tenían riquezas, pero consistían ellas en la cultura de la mente y del alma; y ésta puede tenerla todo aquel que dé a Dios el primero, último y mejor lugar en todo” (Obreros evangélicos, p. 25).

6° principio – El Espíritu Santo da vida y poder a la Palabra.

¿Dónde está el poder de la Palabra? Ese poder no está en la tinta, no está en las hojas o en el papel de las páginas de la Biblia. Es el Espíritu Santo quien le de poder y vida a la Palabra. Es él quien le coloca vida a la Palabra, de la misma manera que concede vida a los huesos secos.

En Ezequiel, el milagro de la vida en los huesos ocurre en dos partes:

Los huesos, los tendones, los músculos y los órganos se juntan, pero no hay vida en ellos todavía. Son como un muñeco, no tienen vida.

Finalmente, el Espíritu Santo les concede vida.

No importa la cantidad de Biblias que tenga en casa o cuan nuevas o bonitas sean. Si el Espíritu de Dios no es el invitado especial cuando usted abre sus páginas, si en su corazón no hay verdadera disposición para escuchar y prac- ticar las orientaciones del gran Maestro, no podrá disfrutar del poder que tiene. Recuerde que, en los días de Jesús, los fariseos leían y conocían muy bien la Palabra, pero Jesús los consideraba como sepulcros blanqueados. El Espíritu Santo da poder a la Palabra. Por eso, nunca deberíamos abrir la Biblia sin antes hacer una oración. Así, al estar ante la Biblia, quebrante su corazón, con humildad y entréguese a la operación del Espíritu Santo de Dios. Diga como Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo oye” (1 Sam. 3:9).

LLAMADO

Hoy los invito a tomar la más sabia de las decisiones. ¿Cuál es esa decisión? Es la decisión de hacer ahora una entrega total y completa de su vida al poderoso Espíritu Santo de Dios. Entréguele hoy el control y la administración de todo su tiempo, bienes y familia para disfrutar de su poder. Si esa es su decisión, póngase en pie ahora y voy a orar por usted.

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