La ley celestial de Beneficencia y su propósito

I. INTRODUCCIÓN:

Cierta vez, un adolescente salió muy temprano de casa para escuchar el mensaje de un predicador itinerante famoso que pasaba por la región. 
Como la reunión ocurriría fuera de la ciudad, y probablemente duraría todo el día, su cariñosa madre, muy precavida, le dio una cesta con comida, lo que, seguramente, le sería muy útil. 
Pero pensando en lo que tendría que cargar y en la distancia que tendría que recorrer, el muchacho debe haber dicho que no quería llevar la cesta, o por lo menos, parte del contenido, pero la madre insistió en que llevara todo. Después de una hora de caminata, comenzó a sentir hambre, y estuvo agradecido a su madre por su cuidado. Pero para no arruinar su apetito, decidió dejar el contenido de la cesta intacto, reservándolo para el momento en el que el hambre fuera más intenso. 
- “Quiero apartarme de la multitud, a un lugar aislado, y entonces disfrutar solo de la comida” - pensaba el muchacho. 
De vez en cuando, miraba dentro de la cesta, y cuanto más caminaba, más hambre tenía, y más le parecía que la comida sería poca. Lo que al salir de casa parecía más que suficiente, ahora parecía nada ante el hambre que aumentaba debido al desgaste físico.
Finalmente, junto a la multitud que fue encontrando por el camino, llegó hasta donde estaba el predicador. El lindo lugar quedaba en la ladera de una montaña con vista al mar. El predicador y sus ayudantes ya estaban sentados al frente, mientras que más y más gente iba llegando. Esta historia completa está relatada en Juan 6:1-15. 
Por favor, abra su Biblia y participe de este alimento espiritual, comenzando con los versículos 5-7.

II. PEDIDO DE DIOS: PREOCUPACIÓN POR LOS Necesitados v. 5 y 7

“Enseguida Jesús vio que una gran multitud venía a su encuentro. Dirigiéndose a Felipe, le preguntó: 
—¿Dónde podemos comprar pan para alimentar a toda esta gente? [ …] Felipe contestó: 
—¡Aunque trabajáramos meses enteros, no tendríamos el dinero suficiente para alimentar a toda esta gente!” (NTV).

1. Los pedidos de Dios nos conducen a dos verdades importantes:
“¿Dónde [B] podemos comprar pan [A] para alimentar a toda esta gente?”. 
Este texto nos revela 2 verdades muy importantes.
A. Vivimos para servir las necesidades del mundo (“para alimentar”) 

En primer lugar, el Señor quiso enseñar a sus siervos a pensar, a preocuparse por las necesidades de los demás. 
En Mateo 14:16, donde se registra la misma historia, Jesús les dice a los discípulos: “[…] denles ustedes de comer”. 
Jesús desea que nos apartemos de nuestras propias necesidades y que miremos hacia afuera de nosotros mismos, para cuidar de las otras ovejas del rebaño. Este debe ser el propósito de nuestra existencia y será la única manera de encontrar la felicidad.
“La búsqueda del bien de los demás es el camino por el que puede hallarse la verdadera felicidad […] Cuanto más desprendido sea su espíritu tanto más feliz será porque está cumpliendo el propósito de Dios para él. Así es como respira la atmósfera de Dios, la que lo llena de gozo” (CSMC, 28).

El Señor desea que nosotros, que lo conocemos, estemos comprometidos con su obra de alimentar a los hambrientos, tanto con alimento espiritual como material. Esta actitud es fundamental para desarrollar en nosotros la semejanza con su carácter.

B. Es el propio Señor quien coopera con nuestro trabajo en pro de los necesitados (“dónde podemos comprar…”) 
Siempre que somos llamados, invitados por Dios a ejercer abnegación, sacrificio o esfuerzo cuando hacemos su obra, podemos tener la certeza de que él está con nosotros. No solo mandó que los discípulos se preocuparan solos por del pan, sino que él estaba involucrado: El “podemos” utilizado en el texto es muy revelador.

2. Resultados de responder a sus pedidos:
a) Nosotros mismos somos beneficiados
“El Señor permite que hombres y mujeres experimenten sufrimientos y calamidades a fin de arrancarlos de su egoísmo y para despertar en ellos los atributos de su carácter: compasión, ternura y amor” (CSMC, 25).

b) Nos hacemos más semejantes a Cristo
"Cada acto de abnegación realizado en bien de otros fortalecerá el espíritu de generosidad en el donante, y lo vinculará más estrechamente con el Redentor del mundo, quien ‘por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos’” (CSMC, 22).

“Dios nos da para que seamos como él generosos, nobles y benevolentes al compartir lo que tenemos con otros” (CSMC, 25).

3. La respuesta de Felipe: Para Felipe como para nosotros, una gran necesidad casi siempre representa una imposibilidad. Pensando que Jesús no era consciente de la magnitud del problema, trató de informarle que “200 denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco” (Juan 6:7). 
Un denario era el salario de un día y, por lo tanto, doscientos denarios sumaban cerca de ocho meses de trabajo, lo que estaría cerca de los tres mil quinientos dólares en nuestro dinero. Felipe conocía muy bien la vida financiera del grupo, y por eso le parecía una situación sin salida. 
Aún hoy experimentamos esa lucha entre la visión de la realidad vs. la visión por fe.

III. OBJETIVOS DE LOS PEDIDOS DE DIOS v. 9

“Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?”.
v. 6 – “Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer”.

De esta historia podemos entender el hecho de que los pedidos de Dios generalmente tienen tres objetivos principales:
1. Revelar nuestra impotencia ante los desafíos (“pero ¿qué es esto para tantos?”) 

En muchos casos, los siervos de Dios pueden desanimarse cuando miran sus propias condiciones de responder a los llamados de Dios. Y esto está de acuerdo con los planes de Satanás. Pero el Señor desea que nuestra impotencia y necesidad nos lleven a buscarlo de forma más intensa. Y, si a pesar de nuestras limitaciones, colocamos con sacrificio delante de Dios aquello que tenemos a disposición, el Señor obrará en nosotros y a través de nosotros.
“Las sumas más pequeñas dadas con gozo por los que tienen recursos limitados, resultan plenamente aceptables para Dios, y aun de mayor valor que las ofrendas de los ricos quienes pueden dar miles de pesos sin ejercer abnegación y sin sentir necesidad” (CSMC, 34).

2. Revelar y perfeccionar el carácter: (“Pero esto decía para probarle” v. 6). Las invitaciones de Dios para participar de su obra de ayudar a otros, pueden estar siendo una prueba para el desarrollo de nuestro carácter. Rechazar un llamado de Dios siempre pone en riesgo la salvación.

¿Cuál es la forma de que el hombre sea semejante en carácter a Dios? “Dios ha establecido el sistema de la beneficencia para que el hombre pueda llegar a ser semejante a su Creador, de carácter generoso y desinteresado y para que al fin pueda participar con Cristo de una eterna y gloriosa recompensa” (CSMC, 17).

Por su inmensa misericordia es que nuestro bondadoso Dios permite eventualmente que los pedidos de recursos nos lleguen a los oídos, solo para que disfrutemos del privilegio de volvernos participantes de su obra y carácter.

3. Revelar su omnipotencia (“porque él sabía lo que había de hacer” v. 6). Nuestro Dios, es omnisapiente y omnipotente. En su grandeza, nunca es tomado por sorpresa por las aparentes imposibilidades de la obra que nos llama a realizar. En lugar de eso, se sirve de los desafíos y aparentes imposibilidades inherentes a los llamados e invitaciones que nos hace, para llevarnos a percibir su infinito poder y, en consecuencia, a tener una experiencia de mayor intimidad y confianza para con él.

“El oro y la plata pertenecen al Señor; él podría, si quisiera, hacerlos llover del cielo. Pero ha preferido hacer del hombre su mayordomo, confiándole bienes, no para que los vaya acumulando, sino para que los emplee haciendo bien a otros” (CSMC, 17).

Él, que es el fin desde el principio, conoce todo el camino, y siempre sabe qué va a hacer. Cuando solo vemos pruebas y puertas cerradas, el Señor ve mil posibilidades, y es nuestro privilegio seguir sus indicaciones y descansar en su sabiduría. 
Si las invitaciones o pedidos de Dios nos pueden llevar más cerca de él, y a perfeccionar nuestro carácter, entonces, ¿cuál debe ser nuestra respuesta?

IV. ENTREGA HUMANA: ¿MOTIVADA POR IMPULSOS O Principios? v. 8, 9

“Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos…”.

Trate de ponerse en el lugar del muchacho. El hambre que sentía, en ese momento, probablemente estaba en su momento de mayor necesidad. Había hecho una larga caminata, y pasado mucho tiempo escuchando el discurso de Jesús. De vez en cuando, el hambre hacía que sus pensamientos se volvieran a la pequeña cesta con cinco panes y dos peces, y él los apartaba, pensando en retirarse después a un lugar solitario, y comer SOLO todo lo que la madre le había preparado. Tal vez pensaba que TODO, EL 100% de la cesta, no sería suficiente. 
¿No tendría hambre en el camino de regreso? 
Ciertamente, por lo menos en algunos momentos, el muchacho debe haber pensado en sus propias necesidades, en contraste con las necesidades de la obra de Dios, o sea, del pueblo. 

Una lucha se estaba librando en su mente, entre la seguridad material y la seguridad espiritual

Veamos lo que Dios tiene para decir sobre esta lucha:

Lucha desigual: 
“El egoísmo es el impulso humano más poderoso y más generalizado, y debido a esto la lucha del alma entre la simpatía y la codicia constituye una prueba desigual; porque mientras el egoísmo es la pasión más fuerte, el amor y la benevolencia son con mucha frecuencia los sentimientos más débiles, y por regla general el maligno gana la victoria” (CSMC, 28).

Seguir impulsos es peligroso: 
“Por lo tanto, al dar nuestro trabajo y nuestros dones a la causa de Dios, es peligroso dejarse controlar por los sentimientos o el impulso […] Si estamos dominados por el impulso o por la mera simpatía humana, en ese caso bastarán unas pocas ocasiones cuando nuestra preocupación por el prójimo sea pagada con ingratitud, o cuando nuestros donativos sean mal empleados o malgastados, para que se hielen las fuentes de nuestra benevolencia” (CSMC, 28).

1. Impedimentos para la entrega:
Tenemos miedo de entregar porque toda entrega conlleva SACRIFICIOS y RIESGOS. Pero cuando decidimos no correr riesgos, o no hacer sacrificios, elegimos no conocer el poder de Dios; elegimos no ayudar a otros; elegimos no crecer en la fe ni en la gracia. 
2. ¿Cuál debe ser la prioridad de la entrega? “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). 
3. Nuestra motivación para la entrega: 
Seguridad que el Señor cuida de nuestras necesidades: “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará” (Salmos 37:5). 

Correr riesgos con Dios es vivir en la única seguridad que existe. Por otro lado, vivir seguro con el mundo es riesgo de pérdida eterna. 
“Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:17). 


Siempre que el Señor nos invita a una entrega, lo hace para bendecirnos. Es por eso que la entrega es el camino para la bendición

“Entonces Jesús dijo: ‘Haced recostar la gente’. Y había mucha hierba en aquel lugar; y se recostaron como en número de cinco mil varones. Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces, cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado, […] llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido” (Juan 6:10-13). 

Quien no está dispuesto a correr riesgos al lado del Señor, no tendrá el privilegio de presenciar los milagros en su vida.

V. CONCLUSIÓN 

¿Qué cosa Dios lo está invitando a entregar hoy? 
Un noviazgo mundano, una amistad inapropiada, una comida o bebida inapropiada, trabajo en sábado, una fuente de angustia, una rebelión, falta de perdón (u otro pecado). 
Ofrezca su casa para realizar un grupo pequeño, done su tiempo para dar estudios bíblicos, entregue su vida al servicio a los demás, sus diezmos, una ofrenda porcentual (pacto), o varias de estas entregas juntas. 
Si el Espíritu de Dios lo está llamando hoy a hacer alguna o varias de estas entregas, venga hacia el frente mientras cantamos el himno n° 274 “¿Qué te daré, Maestro?”. 
¡Me gustaría orar con usted! 
(Oración de dedicación por las donaciones realizadas).

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