Bendiciones y peligros de la Prosperidad

INTRODUCCIÓN 

Proverbios 30:8, 9 
El peligro de la prosperidad consiste en su inherente tendencia a disminuir o eliminar la confianza del hombre en Dios. 
“Oh, si tan sólo tuviere medios, no los despilfarraría! Daría un ejemplo a los avaros y mezquinos. Les mostraría la gran bendición que se recibe al hacer el bien” (1JT, 244). 
Esta declaración fue hecha por una mujer que amaba al Señor, pero que por su condición de pobreza, sólo podía dar pequeñas ofrendas. Ella contemplaba a otros que habían prosperado a su alrededor, pero que ayudaban muy poco para la causa de Dios. Envidiaba sus riquezas. 
“Dios dijo el ángel que la había atendido hasta entonces: La he probado en la pobreza y la aflicción, y ella no se ha separado de mí ni se ha rebelado contra mí. Ahora la probaré con la prosperidad. Le revelaré un aspecto del corazón humano con el cual ella no está familiarizada. Le mostraré que el dinero es el enemigo más peligroso que haya encontrado. Le revelaré el engaño de las riquezas; le demostraré que son una trampa, aun para aquellos que se sienten seguros contra el egoísmo” (1JT, 245). 
Sigue el informe diciendo: 
“Cuando tuvo la casa, usted vio que había que hacer tantos arreglos para que todo fuese conveniente y agradable en derredor, que se olvidó del Señor y de sus derechos sobre usted, y se sintió menos inclinada a ayudar a la causa de Dios que en los días de su pobreza y aflicción” (1JT, 248). 

I. La prosperidad es de origen divino

El deseo de conservarse sano y en prosperidad es de origen divino. La intención de Dios para su pueblo, en todas las edades, ha sido dar una lección objetiva a todo el mundo, basada en estas características. Aquellos con quienes entrarán en contacto habrían de preguntar cuál es el origen de estas bendiciones. Entonces, se acercarían a Dios, el proveedor de todo don bueno y perfecto. 

Pensemos en la posición estratégica en la cual Dios colocó a los israelitas. Una tierra que “fluía leche y miel”, encrucijada geográfica del mundo comercial y político. Debían ser el testimonio viviente del poder y la gracia maravillosa de Dios para todo el mundo. 
Imaginemos la conversación de un viajero oriental con un mesonero israelita: (Ocurre en uno de los lugares de hospedaje local): - Hay algo que me llama mucho la atención, (diría el viajero). - ¿Qué es? (Pregunta el mesonero israelita). Dice el viajero: 
- Bueno, en primer lugar, la gente de esta tierra. En todos mis viajes nunca había visto personas tan felices y saludables como aquí; y tampoco había conocido frutos tan hermosos y apetitosos como los de Israel. Jamás había visto algo como ésto, ni aún en la tierra de Gossén, en Egipto. ¿Cómo se lo explica usted? 
- Bueno, ya usted ve, señor, es por causa de nuestro Dios quien nos bendice diariamente. (Dice el mesonero israelita) 
- Dioses ... ! (sonreiría el hombre alzando sus manos). Tenemos docenas de ellos, pero ellos nada hacen por nosotros ... ¡Nada como esto! 
- Ese es precisamente el punto, (explicaría el mesonero seriamente). Nuestro Dios es el verdadero Dios. El es Jehová. El no es como sus dioses. Es un Dios vivo. El nos trajo a esta tierra y nos prometió que si obedecíamos sus enseñanzas, siempre nos conservaríamos saludables y nuestra tierra sería fértil, y nunca nos faltaría nada. [Sabe usted, hasta nos da la cantidad exacta de lluvia y en el tiempo preciso! ¡Exactamente en el tiempo en que la necesitamos! 
- Por favor, háblame más de Dios. Creo que necesitamos tener un Dios así en nuestro país. De esta manera se les dio a los israelitas la oportunidad de diseminar la historia de Dios y de su amor en todo el mundo, sin salir de casa. Este era el plan de Dios para ellos yeso incluía salud y prosperidad. “No comeréis el pan con escasez”, les había dicho. (Deuteronomio 8:9) y en 3 Juan 2 añade: “Dios desea nuestra prosperidad en todas la cosas”. 

Vencedores del Cielo

Dios tiene en el cielo miles de años disponibles de vacaciones y una gran cantidad de bienes raíces en la tierra nueva. Los únicos agentes que Él tiene de promoción y propaganda es a través de la vida de sus seguidores. Ellos son los “vendedores”. Para que tener éxito como embajadores del reino eterno de Cristo Jesús, y hablar con propiedad de lo deseable que es el cielo y la tierra nueva; se ha de mirar, hablar, actuar como agente del cielo. Por esta razón, Dios nos hizo criaturas suyas, hijos e hijas del Rey. Y quiere hacemos prósperos en fe y bienes materiales. Él desea que tengamos lo mejor. Pedro comprendió el elevado plan de Dios para su pueblo cuando escribió: 
“Más vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9). 

II. El peligro de la suficiencia propia

El sentimiento de suficiencia que conlleva la posesión de riquezas. Este es el mayor y más frecuente peligro a que conlleva la prosperidad. A medida que crecen las riquezas, el sentimiento de confianza en Dios decrece. La mente carnal acepta la idea de que toda necesidad, todo deseo, se puede adquirir o satisfacer con dinero. Esto es pura insensatez. 

Cuenta la historia de un hombre que hizo su decisión por el Señor en una conferencia, este hombre tenía una linda familia y ferviente deseo de servir a Cristo además de mucho dinero y negocios. Así que cuando él hizo su decisión pasó al frente y el pastor comenzó a orar por él y dijo: 
- Señor bendice a este hombre que ha hecho su decisión y su entrega a ti y él dijo: 
- Amén. 
- Señor bendíce su esposa, sus hijos la familia que ha entregado a ti y él dijo: 
- Amén. 
- Señor bendice sus posesiones y su dinero que también los ha entregado a ti, y dice la historia que hubo un silencio, no se escuchó el amen, el así sea. Entonces el pastor le preguntó: 
- ¿No vas a decir amén? Y el respondió: 
- Todo lo que tengo se lo entrego a Dios, excepto mis bienes y posesiones. 

No existe nada en este mundo que no esté sujeto a pérdida. Inundaciones, fuego y guerras, han destruido fortunas que fueron acumuladas durante toda la vida. Los sueños y la labor de muchos años han desaparecido en una noche. Es pura locura poner nuestra confianza y nuestra dependencia en las riquezas, o en cualquier cosa hecha por el hombre. Sólo un Dios creador puede controlar las fuerzas irregulares de la naturaleza, o dominar las maquinaciones de los hombres. Sólo Dios puede garantizamos la seguridad. Dios implantó el deseo de prosperidad en el hombre con propósitos nobles. 

Juan Wesley enseñaba: “El hombre debe ganar todo lo que pueda, y ahorrar todo lo que pueda, de manera que pueda dar todo lo que pueda”. 

Dios desea que su pueblo sea próspero para suplir con abundantes recursos sus necesidades y para que lleve a cabo con eficiencia la obra que nos encomendó.
B. El deseo insaciable de atesorar. 
Este es otro peligro de la prosperidad. El casi irresistible impulso de atesorar riquezas para hacerle frente a la posible necesidad futura. Si bien, se aconseja al cristiano que tenga un fondo de emergencia para tiempo de escasez, nunca este, debe vivir en un insaciable deseo de acumular riquezas. ¡La instrucción fue dada para casos de necesidad, no para una catástrofe! Los principios del cielo se basan en un intercambio continuo, recibir e impartir. La acumulación detiene la corriente del intercambio. 
 “Cuando los cristianos están controlados por los principios del cielo, dispensarán con una mano, y recibirán con la otra. Esta es la única posición racional y saludable que puede ocupar un cristiano mientras posea y gane dinero”. (2TI, 240). 

C. El peligro de la gratificación del Yo. 
Un próspero hombre de negocios, que había sido miembro de la iglesia en su juventud, se encontraba almorzando con un amigo en uno de los elegantes hoteles de una gran cuidad. El amigo trató de preguntarle directamente acerca de su vida religiosa actual, ya que había llegado al pináculo del éxito según las normas del mundo. A lo que el hombre le respondió: 
-  “Tengo un Cadillac en el estacionamiento, un Mercedes y un Jaguar en el garaje de mi casa. Vivo en una casa valorada en muchos miles de dólares, tengo acciones, bonos y un ingreso garantizado de por vida. ¿Para qué necesito a Dios?” 

El hombre más sabio, y con seguridad el más rico que jamás haya existido, escribió: “No me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario, no sea que me sacie, y te niegue y diga, ¿ Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, blasfeme el nombre de mi Dios” (Proverbios 30:8, 9). 
 “No es la copa vacía la que nos causa dificultades para llevarla; es la copa llena hasta el borde la que debe equilibrarse cuidadosamente. La aflicción y la adversidad pueden causar muchos inconvenientes y pueden provocar una gran depresión, pero es la prosperidad la que es peligrosa para la vida espiritual” (CSMC, 154). 

III. La prosperidad puede ser una bendición

A pesar de que hay peligros en la prosperidad, existen salvaguardias que la pueden convertir en una gran bendición. 

Primero, reconocer que Dios es el dueño de todo. 
Si reconocemos que somos mayordomos de los bienes de Dios; manejaremos sus posesiones como lo haría el mismo Dios. Cuando reconocemos esta relación, la gratificación del yo no probará ser una tentación abrumadora. 
“Se le ruega que disfrute de los buenos dones del Señor y que los use para su propio bienestar, para propósitos caritativos y en buenas obras para extender su causa, de manera que podáis atesorar riquezas para vosotros mismos en el cielo” (4TI, 143). 

Segundo, vigilar los apetitos y deseos. 
Un día Josué ordenó a los israelitas que hicieran una decisión. “Escogeos hoya quien sirváis, si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis” (Josué 24:15). 
Moramos en una tierra donde los dioses de los amorreos resplandecen a través de cada terreno en ventas y de cada vitrina de las tiendas. Estamos siendo bombardeados continuamente por incentivos para gratificación del yo. Vivimos en un mundo de artimañas. Pero cada uno tiene el poder de elección, y debe elegir. No puede haber compromiso. «Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él, porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo». (1 Juan 2:15, 16). 

Tercero, la benevolencia debe ir al paso de la prosperidad. 
Un hombre puede convertirse en un canal abierto para Dios, repartiendo mientras recibe. Mientras más tenga la persona, más grande será el canal. Por lo tanto, los ilimitados recursos del cielo pueden inundar la tierra. 
“La benevolencia se agranda y se fortalece constantemente por medio del ejercicio hasta convertirse en un principio que reina en el alma. Es muy peligroso para la espiritualidad permitirle al egoísmo aun en el más pequeño rincón del corazón” (3TI, 548, 549). 
La Biblia nos habla de un hombre que poseía enormes riquezas; y registra que era “el más grande” de su época. Pero Job sabia cuál era su responsabilidad para con Dios. La Biblia dice: “Yo era ojos al ciego, y pies al cojo. A los menesterosos era padre, de la causa que no entendía me informaba con diligencia” (Job 29:15, 16). 
La prosperidad puede encerrar muchos peligros, pero también muchas más bendiciones, si quienes la reciben se dejan controlar por el Espíritu Santo. La prosperidad puede emplearse equivocadamente para gratificar el yo y olvidamos de Dios. Pero con el Espíritu y el sentir de Cristo, la prosperidad puede ser usada para bendecir a los menesterosos y medio para dar a conocer el Evangelio de Cristo y conducir a muchos a los pies del Salvador. 

Invitación: ¿Desearía usted colocar las bendiciones que Dios le ha dado a su servicio? Dios nos ayude a dejar de lado los peligros de la prosperidad y que las bendiciones de la misma, ayuden a otros y contribuyan al adelanto de la causa de Dios. ¡Que Dios le bendiga!. 

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