Sacrificar - Marcas de Fidelidad

El enemigo quiere ver a aquellos que poseen más de lo que necesitan (para sus necesidades básicas) sintiéndose culpables.

Esto presenta un problema muy intrigante para el cristiano cuando intenta entender la relación entre sacrificarse y disfrutar de la prosperidad.
La prosperidad tiene prioridad entre los dones divinos:
“Sabiduría y ciencia te son dadas; y también te daré riquezas, bienes y gloria, como nunca tuvieron los reyes que han sido antes de ti, ni tendrán los que vengan después de ti”. 2 Crónicas 1:12.
“Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”. 3 Juan 2.
Una persona ejerce sus talentos dados por Dios; Dios lo bendice y él prospera. Sin embargo, es sometido a artículos y sermones sobre sacrificio, todos éstos implicando la entrega de cosas materiales.
Hay algunas reacciones interesantes, a veces trágicas:
1. Él dador da liberalmente, pero todavía se siente culpable por tener tanto sobrando.
2. Él dador rechaza todas las sugerencias de dar, pues él teme la pobreza.
3. El dador se resiente. Una señora que fue dirigida para dar apoyo financiero a la iglesia, dijo:
“Si tengo que elegir entre sacrificar todas las cosas que he reunido ahorrando por toda mi vida de trabajo o ser probada, entonces yo voy prefiero ser probada”.

Puede considerar la donación de dinero como un sustituto para la participación personal.

El Salmo 50:5 dice: “Juntadme mis santos, los que hicieron conmigo pacto con sacrificio”. 

El pensamiento popular es que éste texto se refiere a cosas materiales y aquellos que sacrifican dinero, o su equivalente por la causa de Dios, estarán entre la multitud que espera el regreso de su Señor. En otras palabras su donación de cosas materiales las hará elegibles. 
¿Pero la donación de cosas materiales constituye sacrificio?
Si eso fuera correcto, un sacrificio total sería la entrega de todo lo que una persona posee y él quedaría desprovisto. En esta condición él no sería capaz de sostener a sí mismo, a su familia o a su iglesia. De hecho, estaría totalmente desamparado porque no tendría ningún recurso para hacer cualquier cosa productiva.
De la misma forma su período de pruebas llegaría al fin y para cada persona que hubiera sido confiada cosas materiales a fin de demostrar su capacidad de manejar responsabilidades eternas.
Si sacrificar significa dar las cosas, entonces Abraham, Isaac, José, Daniel y muchos otros no hicieron un pacto con Dios por sacrificio, pues murieron hombres muy ricos. Y aun así, ellos fueron considerados dignos de la vida eterna.
Otro concepto de sacrificio es la “negociación”. Esto significa que un hombre podría intercambiar cosas terrenas por celestiales. Muchas religiones falsas se basan en esta negociación o en la teoría de la compra. Sin embargo, este concepto tiene grandes problemas. Considere estos textos en relación con este tema:
“De Jehová es la tierra y su plenitud”. Salmos 24:1.
“Porque mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados”. Salmos 50:10.
“Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos”. Hageo 2:8. 

Si todo en la tierra pertenece a Dios, ¿qué podría una persona posiblemente usar para negociar con cosas celestiales?

La primera cosa que una persona necesita saber al negociar, es si la persona con quien está negociando posee lo que está en juego. Si no confirma esto existe una posibilidad real de que él pierda todo en la transacción: lo que negoció, así como lo que él recibió a cambio.

Dios, con toda seguridad, no va a aceptar comercializar las cosas que Él posee y es dueño. Por eso la premisa está equivocada.

Debe observarse cuidadosamente en el texto que la palabra clave no es sacrificio, sino alianza.

¿QUÉ ES UN PACTO?
Un pacto es un acuerdo para hacer o no hacer una determinada cosa. Es un contrato entre dos individuos o grupos. Dios hizo tal acuerdo con Noé:
“Mi arco he puesto en las nubes, el cual será por señal del pacto entre mí y la tierra… no habrá más diluvio de aguas para destruir toda carne” Génesis 9:13-15.

Con Abraham: “Y haré de ti una gran nación, te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y serás de bendición” Génesis 12:2.

Ahora consideremos la situación de Abraham:
Si Dios hubiera dado a Abraham la opción de escoger entre todas sus posesiones, y mantener a su hijo; o dar a su hijo, y mantener sus posesiones; no hay dudas sobre lo que habría hecho. Aquel niño era su mayor riqueza. Pero... Dios no le dio elección; Él pidió al niño.

Después de aquel agonizante viaje al Monte Moria cuando Abraham estaba a punto de matar a su hijo, Dios dijo: “Porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único”. (Génesis 22:12).

Si el sacrificio significa dar solamente cosas físicas, Abraham tendría que haber matado al niño, pero Dios aceptó su disposición a obedecer las instrucciones de Dios, en lugar de sus deseos personales . Este pedido probó más a Abraham que a Dios.

Dios ya sabía que Abraham pasaría la prueba, pero Abraham necesitaba vivir, aprender y saberlo.
Se probó de esta manera que el pacto de Abraham con Dios era genuino. Porque aunque Dios posea el mundo y todo en él, hay una cosa sobre la cual Él elige no ejercer control: nuestro corazón y nuestras elecciones. El poder de elección dado en el Jardín del Edén y restaurado por Jesús en la Cruz del Calvario, pertenece al individuo.

Un ejemplo clásico de esto ocurrió durante el reinado del rey David.
Él manchó su carrera ilustre con adulterio y asesinato.

La enormidad de su crimen fue señalada a él por el profeta Natán.
En el Salmo 51, David está descargando su corazón a Dios en confesión buscando alivio de su culpa. Él le pide a Dios: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones… Y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones… Purifícame con hisopo, y seré limpio… Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí”.
Todas estas declaraciones muestran la intensidad de sus sentimientos y su deseo de perdón. Entonces él reconoce lo que realmente es el sacrificio.
Salmos 51:16-17: “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; No quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.”
¿Qué es un espíritu quebrantado?

Es la respuesta positiva del corazón humano a la instrucción y dirección de Dios. Él dice: “Dame, hijo mío, tu corazón”, Proverbios 23:26.
El corazón humano es egoísta. Si fuese dejado al gobierno de sí mismo, sólo crecería más determinado a hacer su propio camino.

¿QUÉ ES SACRIFICIO?
El sacrificio es tener la disposición de entregar toda la vida a Dios sin reservas. Entonces una alianza se celebra con Dios, cuando todo su tiempo, talentos, influencia y los bienes materiales están bajo dirección y control divino en todas las ocasiones y en todas las circunstancias.

¿Cómo se hace?
En los caminos comunes de la vida; en transacciones cotidianas; en los pequeños actos de la vida, muriendo diariamente para sí mismo. Pablo dijo: “Cada día muero”, 1 Corintios 15:31.

“He peleado la buena batalla” 2 Timoteo 4:7.
¿Con quién estaba luchando Pablo? ¿Enemigos? ¿Falsos hermanos? Seguro que sí, pero su mayor batalla fue consigo mismo.
“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” Romanos 7:19. Esta fue la batalla constante de Pablo; es la batalla de todo ser humano. El profeta Jeremías escribió: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” Jeremías 17:9.
Considere el sacrificio no como dar, ni cambiar, sino cómo usar. Esto armoniza el plan de Dios del principio. Como agentes del cielo estaríamos recibiendo continuamente las bendiciones de Dios y distribuyéndolas a otros. Estaríamos en constante comunicación con el verdadero dueño de todas las cosas. Seríamos instruidos por:
A. Su Palabra.
B. Conocimiento de la necesidad del prójimo.
C. Impresiones divinas: una voz detrás de ti te dirá: “Este es el camino, andad por él”. Isaías 30:21.

Este conocimiento y conciencia de nuestra relación con Dios nos impediría tener orgullo de los bienes materiales. Sería también una gran muralla contra el egoísmo. (A menudo preferimos donar cierta cantidad que donar nuestro servicio, esfuerzo y tiempo personal). Nunca nos sentiríamos culpables por nuestras posesiones, pues estaríamos ganando, ahorrando, usando y dando bajo la dirección de Dios.
Esta es la verdadera mayordomía. El error no está en poseer cosas, sino en reclamar propiedad y usar nuestros recursos de acuerdo con nuestros propios intereses egoístas.
Mientras algunos piensan que el dinero puede comprar todo, hay algo que no puede comprar ni sustituir, que es nuestro servicio personal. Dios no está interesado en nuestro dinero (él podría sólo con una palabra crear montañas de oro); Él está interesado en nosotros, en nuestro corazón y en nuestra elección de obedecerle.
Y esa disposición de poner nuestro corazón en el altar es el supremo sacrificio que Él desea. Cuando lo hacemos así, hacemos un pacto con Él por sacrificio. Así podremos oír la aprobación del Señor por aquellos que reconozcan su relación de mayordomos para con Él y pasarán a formar parte de una vasta multitud que aguarda su regreso.
Jesús podría haber dado cosas para nuestra salvación, Él podría haber dado un universo, pero nos dio su vida. Y eso es lo que Él quiere de nosotros, nuestra vida, porque es todo lo que tenemos para DAR. 

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