El cuidado del Espíritu Santo

I. INTRODUCCIÓN

Hace muchos años, había un guía en el desierto de Arabia que nunca se perdía. Él cargaba en sus vestimentas una paloma mensajera con una cuerda larga y fina atada a su pierna.
Cuando estaba en duda sobre el camino a seguir, el soltaba a la paloma y esta rápidamente tensionaba la cuerda, a medida que trataba de volar en dirección a la casa. Las personas llamaban a este guía “hombre paloma” (Pr. Mark Finley, El reavivamiento prometido, p. 34).

Es muy gratificante saber que nosotros también tenemos un Guía infalible que nos ayuda en nuestras decisiones durante nuestro caminar cristiano. ¡Ese Guía maravilloso es el Espíritu Santo! Cuando permitimos que él nos guíe, somos conducidos a una vida de profunda devoción, lo que dará como resultado una vida de integridad y fidelidad a las exigencias de Dios.
Por desgracia, no todos están dispuestos a someterse a la dirección del Espíritu Santo. 
Hoy queremos analizar brevemente 3 historias que están registradas en la Biblia como advertencia con respecto al peligro de negarnos a ser guiados por el Espíritu Santo. 
En cada historia repasaremos el contexto y los resultados de la desobediencia. 
Finalmente, presentaremos los síntomas vistos en la vida de estos personajes, y que, de forma consciente o inconsciente, pueden estar presentes también en nuestras vidas. 
Rogamos que el Espíritu Santo abra nuestros oídos y mente para la comprensión de su Palabra.

II. ACÁN
a. Contexto
La “invencible” Jericó acababa de ser conquistada. Había alegría y regocijo en todo Israel. Ahora, las demás conquistas serían más fáciles, porque las naciones paganas estaban en asustadas. Pero aquí entra Acán. Antes de salir para conquistar Jericó, fueron instruidos detalladamente con respecto a lo que deberían hacer con la ciudad condenada. Josué había dicho: “Pero la ciudad será anatema al Señor; ella con todas las cosas que están en ella” (Josué 6:17).
“… Acán había escuchado todas estas indicaciones, pero codició el anatema de Jericó, destinado a la destrucción. Estuvo listo para robar el oro y la plata que debían ser consagrados a Dios para ponerlos en la tesorería de su casa... 
Escuchad las palabras que brotan de los labios de Jesucristo, quien, envuelto en la columna de nube, dijo: ‘No estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros’” (El Cristo triunfante, p. 139).
“Por un manto babilónico y un miserable tesoro de oro y plata, Acán consintió en venderse al mal, para acarrear sobre su alma la maldición de Dios, malograr su acceso a una rica posesión en Canaán y perder toda posibilidad de participar en el futuro de la herencia inmortal en la tierra nueva” (CDD, 132).

b. Resultado
El pecado de Acán resultó en su muerte, en la de su familia, así como también trajo el desastre sobre toda la nación. Por su pecado, la maldición vino sobre el ejército israelita, que fue derrotado al intentar conquistar la ciudad de Hai 
(Josué 7). Solo después del castigo del culpable es que el pueblo de Israel venció la batalla contra los habitantes de Hai (Josué 8).

III. ANANÍAS Y SAFIRA
a. Contexto
El pueblo de Dios nunca antes había experimentado un ambiente tan espiritual. Lucas así describe aquel momento áureo de la iglesia apostólica en Hechos 2:42-47 (leer).

Elena White agrega que 
“Esta generosidad de parte de los creyentes era el resultado del derramamiento del Espíritu. Los conversos al Evangelio eran “de un corazón y de un alma.” Un interés común los dominaba, a saber, el éxito de la misión a ellos confiada; y la codicia no tenía cabida en su vida. Su amor por los hermanos y por la causa que habían abrazado superaba a su amor por el dinero y sus bienes. Sus obras testificaban de que tenían a las almas de los hombres por más preciosas que las riquezas terrenales” (HAp, 58).

Y en este contexto aparecen Ananías y Safira. Con buenas intenciones al
principio, y, “bajo la directa influencia del Espíritu Santo de Dios”, ellos habían hecho voto de dar al Señor el producto de la venta de cierta propiedad, pero no cumplieron el voto completo, sino en parte. A los pies de los apóstoles depositaron solo parte de lo que habían prometido, y tomaron el resto para 
ellos (Hechos 5:1-2).

b. Resultado 
Por amor al dinero y en detrimento del crecimiento de la iglesia recién establecida, Ananías y Safira pagaron un alto precio por su desobediencia. 
Ambos cayeron muertos en presencia de todo el pueblo y grande fue el temor que sobrevino a toda la iglesia. En vista de tales acontecimientos (Hechos 5:3-11).

IV. ACÁNES Y ANANÍAS Y SAFIRAS MODERNOS
Dos contextos diferentes que involucran tres personajes con un final trágico que se repitió en la historia de todos ellos. No hay dudas de que el Espíritu Santo intentó conducirlos de maneras diferentes. Sin embargo, como todos sabemos, el Espíritu Santo no nos obliga a aceptar su voluntad en nuestra vida. 
Él invita, incentiva e insiste con nosotros para responder a sus llamados. Pero no nos obliga ni decide por nosotros.
Al analizar estas dos historias, podemos identificar algunos síntomas que pueden verse en nuestra propia vida y que deben servirnos de alerta para no tener el mismo fin que ellos. 
Oremos para que, en el caso de que estos síntomas estén presentes, ya sea de manera consciente o inconsciente, podamos someternos al toque restaurador del Espíritu Santo y podamos ser curados para nuestra salvación y para la gloria de Dios

Algunos síntomas en la vida de Acán, Ananías y Safira y que deben ser 
eliminados de nuestra vida son:
- Alimentaron gradualmente la codicia, la avaricia y el egoísmo en su corazón.
- Se volvieron ciegos, debido a su ambición por las ganancias, al punto de no percibir las consecuencias de sus acciones ilícitas sobre sí mismos y de los que los rodeaban.
- Permitieron que el amor a Mamón (las riquezas) fuera más fuerte que el amor a Dios.
- Se acostumbraron tanto al pecado que por tanto tiempo alimentaron que perdieron de vista su malignidad.
- Tenían una profesión de fe nominal (¡todos eran cristianos!), destituidas de principios.

V. CONCLUSIÓN Y LLAMADO
Algunos de estos síntomas ¿están presentes en su vida? 
¿En qué aspecto siente y sabe que necesita mejorar? 
¿Reconoce que necesita desapegarse de los bienes materiales? 
¿Comprende que necesita volver a ser fiel a Dios en la devolución de los diezmos y las ofrendas?

Hoy es el día de salvación, ¡el día del cambio! Al fin y al cabo, la Palabra de Dios no vuelve vacía. 
¡Permita que el Espíritu Santo obre hoy en usted!

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