Qué es el sacrificio
Introducción
Un día, un empresario exitoso estaba en la iglesia, escuchan- do un sermón sobre el sacrificio y de pronto se dio cuenta de que, con dos autos, dos barcos, un tráiler, una bella casa para vivir y una heladera llena de comida, él no sabía absolutamente nada sobre el sacrificio.
Después del culto, mientras su esposa hacía el almuerzo, él le dijo a ella: “¿Por qué no vendemos todo lo que tenemos, lo colocamos en la causa de Dios y ayudamos a terminar el trabajo de la predicación del evangelio? Si el cielo es tan bueno como decimos, ¿qué estamos haciendo aquí?”.
Ella se dio vuelta, y le dijo: “¿Qué fue lo que causó eso en ti?”. “Bueno”, respondió él, “solo estaba escuchando al pastor hablar sobre el sacrificio hoy, y me di cuenta de que no sé nada sobre sacrificio. ¿Tú lo sabes?”.
Si alguien le preguntara qué significa sacrificio, ¿sabría responder?
¿Qué significa realmente el sacrificio?
Muchos cristianos cargan un sentimiento de culpa por tener una casa, un buen auto y un conjunto extra de ropa en el arma- rio. Muchos no entienden la relación entre la prosperidad financiera y el sacrificio. El problema es que el ser humano ejerce sus derechos dados por Dios, usa sus talentos y su tiempo, y a veces se vuelve próspero. Entonces, constantemente es bombardeado con sermones y artículos sobre el tema del sacrificio. Y algunos resultados muy extraños ocurren.
1° Algunos incluso son fieles, pero aun así se sienten culpables porque no saben si están siendo lo suficientemente fieles y entregando con sacrificio.
2° Otros rechazan la fidelidad y el sacrificio porque le temen a la pobreza.
3° Otros piensan que el sacrificio y la fidelidad se limitan solo a cosas materiales y por eso se resienten profundamente con la idea de que dar a la iglesia significa sacrificar todas las cosas por las que economizaron y trabajaron durante su vida.
El texto de Salmo 50:5 da una imagen gráfica de Jesús viniendo en las nubes del cielo, llamando a sus ángeles y diciendo: “Juntadme mis santos, los que hicieron conmigo pacto con sacrificio”. Parece que, si usted hiciera un gran compromiso o si donara una propiedad, podrá ser parte de la vasta multitud y estará listo para escuchar el gran llamado.
Si fuera correcto que el sacrificio significa solo dar cosas, entonces un sacrificio total significaría la garantía más segura de salvación. Por otro lado, si entregamos absolutamente todo, se- remos totalmente inútiles para nosotros mismos, para nuestras familias, para nuestra iglesia y para la causa. En realidad, seríamos una carga para el mundo que, de alguna manera, tendría que sustentarnos.
Si el sacrificio significa solo dar cosas, entonces Abraham, Isaac, Jacob, José y muchas otras personas no hicieron una alianza por el sacrificio, porque todos murieron como hombres muy ricos. Incluso así, todos fueron considerados dignos de la vida eterna.
Sacrificio no es trueque
Para muchos, el sacrificio es una especie de trueque con Dios. En otras palabras, cambiamos cosas con el Señor por cosas que él nos dará. Comerciamos con él cosas perecibles y él comercia cosas imperecederas con nosotros. Las falsas religiones se basan en la idea de que usted puede comprar su camino al cielo. Y eso está en completa oposición a la enseñanza bíblica. Vea, por ejemplo, Salmo 50:12 y Hageo 2:8. Esos versículos nos muestran que no tenemos nada para negociar con Dios, pues todo ya le pertenece a él.
Un niño tenía una caja que guardaba bajo su cama o en el armario. Él guardaba todos sus tesoros ahí: un multiuso con la hoja rota, un reloj que no funcionaba, canicas/bolitas, y cualquier otra cosa que le pareciera interesante, terminaba en la caja. Esa caja era valiosa para él, pero cierto día él vio a su primo con una lupa y le fascinó. Inmediatamente, corrió, tomó su caja de tesoros y se los ofreció todos a cambio de esa lupa. Su primo aceptó, y él ahora se sentía el niño más feliz del mundo.
Durante dos semanas jugó todo el día con la lupa, y un nuevo mundo se abrió ante él. Insectos, hojas y flores tenían otro significado al verlos con esa lupa maravillosa. Y entonces llegó ese día fatal en el que su madre lo mandó a la casa de la tía para buscar algo. Mientras esperaba en la sala, su tío entró y lo vio con la lupa en la mano. Su tío lo miró y le preguntó: “¿Qué tienes en las manos?”.
“Tengo una lupa”.
“¿Puedo verla?”. El muchacho se la dio. El tío la miró con atención y preguntó: “¿Dónde has conseguido esto?”.
“La cambié con mi primo Carlos”.
“Esta no es de Carlos, es mía”. Y rápidamente el niño vio a su amada lupa desaparecer en el bolsillo del tío. Desde ese día, el muchacho aprendió que siempre que negociara con alguien, primero se aseguraría de que la persona sea, de hecho, la dueña de lo que sea negociado.
Sacrificio y pacto
Veamos el Salmo 50:5 nuevamente: “Juntadme mis santos, los que hicieron conmigo pacto con sacrificio”. El texto no comienza hablando de sacrificio, sino de pacto. Necesitamos entender lo que es un pacto. Un pacto es un acuerdo entre dos personas, o un grupo de personas, para hacer o no ciertas cosas. Dios le dijo a Abraham: “Haré de ti una gran nación. Será como las arenas de la playa. Y te daré una concesión de tierra. Seré tu Dios y tú puedes ser mío”. Abraham era extremadamente rico, pero Dios no le pidió su dinero. Él pidió su dedicación. Eso fue todo.
Entonces, un día, el Señor le dijo a Abraham: “Quiero a tu hijo”. Si él hubiera dicho: “Abraham, haré un trato contigo: o me das todo tu dinero o me das al muchacho”, ¿qué habría elegido Abraham? ¡Al muchacho! Él era su mayor bien. Pero Dios no le dio una elección. Después de ese viaje agonizante al monte Mo- ria, después que el ángel detuvo su mano cuando él estaba listo a clavar esa daga en la carne temblorosa de su único hijo, Dios dijo: “Ahora conozco el corazón de Abraham, porque él no retuvo a su hijo, su único hijo, de mí”. Si el sacrificio significara dar cosas, él tendría que matar a Isaac. Pero Dios aceptó el hecho de que él estaba dispuesto a entregarle lo que era más valioso para él. Yo creo que esa prueba solo comprobó la autenticidad de la aceptación del pacto por parte de Abraham. Dios ya sabía que él podría pasarla. Ahora el propio Abraham sabía que podía pasar la prueba de un sacrificio completo.
Entrega y sacrificio
Aunque Dios posea todo, hay una cosa sobre la cual él decidió no ejercer ningún tipo de control: en las elecciones y en nuestra voluntad. Cuando Dios decidió colocar el árbol del conocimiento del bien y del mal en el Jardín del Edén, él lo hizo porque el diablo lo acusó de ser un dictador, de obligar a las personas a adorarlo y amarlo. Cuando él puso el árbol allí, delante de todo el universo, ellos sabían que el diablo era un mentiroso, porque el reino de Dios se basa en el amor. Y el amor exige libertad de elección. Es así de simple. Usted puede dar sin amar, pero no puede amar sin dar.
David entendió eso maravillosamente. Él había acabado de manchar su ilustre carrera con una mancha terrible de adulterio y asesinato, y ahora su amigo Natán, el profeta, entró. Natán dijo: “Tenemos un problema”.
David le preguntó: “¿Cuál?”.
“Hay un hombre de estatus y rico, dueño de ovejas; el sujeto posee miles y miles de ovejas. Ahora, del otro lado del camino, hay un hombre viejo. Él vive solo en una casa, y la única cosa que posee es un cordero del que cuida con todo el amor y cariño”.
David estaba interesado, “Sí, continúa”.
“Bueno, el hombre rico recibió algunos invitados y serviría cordero para la cena. Adivine qué cordero llevó. Él usó para la cena al único cordero del hombre pobre”.
David se levantó del trono y dijo que debería ser la vida del hombre rico por la vida del cordero. Y entonces vio el dedo largo del profeta y oyó decir: “Usted es ese hombre”.
De pronto, David vio la enormidad de su pecado. Él vio lo que realmente había hecho. Y así, en el Salmo 51, él derrama su corazón, diciendo: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (v. 10). Él estaba implorando perdón a Dios porque vio lo terrible que es el pecado. El versículo 16 dice: “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto”. Si Natán hubiera dicho: “El Señor decretó que usted debe dar 10.000 corderos”, David habría respondido: “Con gusto, ¿qué tal 20.000?”.
Un corazón contrito
Pero Dios no desea el sacrificio. “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (v. 17).
¿De qué está hablando, con un espíritu quebrantado, un corazón humillado? El ser humano tiene un espíritu salvaje e ingobernable. Por naturaleza, somos malos y pecadores, que- remos hacer todo a nuestra manera. Nuestros corazones son exactamente así, salvajes e ingobernables. “al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. Él no va a rechazar eso.
Jeremías dice que el corazón es malo por encima de todas las cosas, desesperadamente malo (ver Jeremías 17:9). Al final de su vida, Pablo dice: “He peleado la buena batalla” (2 Tim. 4:7). ¿Qué estaba diciendo? ¿Luchando contra los romanos? ¿Los judíos? ¿Sus falsos hermanos? ¿Contra quién estaba luchando? ¡Él estaba luchando contra sí mismo! ¿No es esa su mayor batalla? La mayor batalla que tenemos es contra nosotros mismos. No es fácil, esa batalla contra uno mismo, ese corazón salvaje e in- gobernable. Eso es todo lo que tenemos que sacrificar. Ese es el mayor sacrificio que Dios espera de nosotros.
Usando lo que tenemos para la gloria de Dios
Si consideramos el sacrificio a partir de un cuadro de referencia diferente, creo que quedará claro. En lugar de pensar en dar o negociar, ¿por qué no pensar en usar? Eso sería total- mente compatible con Dios, el propietario, y con el hombre, el gerente o el agente. Como agentes, estaríamos constantemente recibiendo y entregando, utilizando los recursos inagotables del cielo. Seríamos dirigidos en nuestros negocios por los principios que Dios dio en su Palabra, por el conocimiento de la necesidad, por la impresión que el Espíritu Santo podría traernos. Y en es- tas condiciones pertenecer a la empresa del universo. Ese cono- cimiento y consciencia de nuestra relación de mayordomía con Dios nos mantendría lejos del orgullo de ser propietario, pues el orgullo de propiedad lleva a la auto dependencia, y la auto dependencia conduce irremediablemente a la autodestrucción.
Dios no quiere que nos auto destruyamos. Él no quiere que nos sintamos culpables por nuestros bienes, porque ellos son la esencia de la mayordomía. Poseer no es el problema; reivindicar propiedad es la gran tragedia del ser humano. Vea el sacrificio en su sentido más amplio.
En Los Ángeles, la policía arrestó a un muchacho por asalto a mano armada. Sus padres fueron llamados. Ellos tuvieron las reacciones normales: vergüenza, irritación y rabia. Ellos estaban con vergüenza de estar en la comisaría en primer lugar. Estaban con vergüenza al pensar en lo que sus amigos podrían decir. También tenían vergüenza porque estaban seguros de que sus nombres estarían en el periódico. Estaban irritados porque eso había importunado los planes para esa noche. Ellos estaban con rabia de su hijo por haberlos sometido a esa humillación y estaban con rabia de sí mismos. Ellos se culparon el uno al otro por lo que ocurrió. Cuando confrontaron al hijo, él miró al suelo con el ceño fruncido.
Finalmente, su madre le preguntó: “¿por qué, hijo, por qué? Lo dimos todo. Siempre que decías que querías alguna cosa, no había una cosa que no tuviéramos para ti. Te dimos todo. ¿Qué más podríamos hacer? Si querías algo, ¿por qué no lo pediste? Todo lo que tenías que hacer era pedir. No hacía falta robar”.
Él permaneció sentado por un largo momento y finalmente levantó la mirada. “¿Realmente quieren saber?”
“Claro, ustedes me dieron todo, inclusive de más. Pero cuando quise jugar a la pelota con papá, él dijo ‘Perdón, hijo, estoy muy ocupado. Sabes cómo es. Aquí tienes algo de dinero, ¿por qué no vas a comprarte algo que te guste? ¿Sí, hijo?’ Cuando quería que te quedaras en casa, mamá, y solo te quedaras conmigo, dijiste: ‘Lo siento mucho, hijo. Tengo un compromiso con mis amigas’ o ‘Tu padre y yo tenemos una cena con amigos. Lo entiendes, ¿no? Aquí tienes, ¿por qué no aceptas este dinero? Escuché de una nueva película que es realmente increíble’. Claro, lo entendí. Yo estaba estorbando. No quería dinero. No quería cosas. Los quería a ustedes. Necesitaba de ustedes”.
Llamado
Mire, existen algunas cosas que el dinero no sustituye de ninguna manera. Yo me pregunto cómo es con Dios, si a veces le damos R$ 5, R$ 10 o R$ 20 extra y diezmos: “Sabes, Dios, estoy muy ocupado y estoy seguro de que tú sabes cómo es. Has trabajado aquí y sabes cómo son las cosas. Lo entiendes, ¿no?”
Lo que realmente necesitamos entender es la naturaleza de nuestro pacto con Dios, nuestra disposición a renunciar a todo, tiempo, talento, toda nuestra vida. De eso se trata el sacrificio.
Recuerde que, si pudiera, Jesús podría haber dado todo el universo o hecho otros dos universos por nuestra salvación. Pero eso le costó la vida. Y es eso que nos costará. Porque esa es la única cosa que realmente poseemos. Entonces, hoy decida hacer un pacto de sacrificio con el Señor y decirle: “Todo lo que tengo y todo lo que soy te lo entrego, y cuando quieras usarlo para tu causa, solo me avisas, que estaré alerta para una entrega completa”.
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