Principios de economía divina
Himno Inicial N. 4
Himno final N. 254
«Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas». Marcos 6:34.
«Pero el día comenzaba a declinar; y acercándose los doce, le dijeron: Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y campos de alrededor, y se alojen y encuentren alimentos; porque aquí estamos en un lugar desierto». Lucas 9:12.
«Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse; dadle vosotros de comer». Mateo 14:16.
DURANTE TODO el día Jesús había estado ministrando a la multitud, descargando los fardos de cada una de las espaldas cansadas. En aquel momento ya es tarde, y el Salvador siente hambre y cansancio por la incesante presión del gentío. Intenta obtener algo de descanso retirándose con sus discípulos a una sección más apartada del monte, pero la muchedumbre no le concede tregua. Está pálido por el cansancio y el hambre, ha trabajado todo el día.
Compasión por la gente. Marcos nos informa de que Jesús sintió compasión por la gente (Marcos 6:34).
«Desde la ladera de la colina, él miraba la multitud en movimiento». Su corazón se conmovía de simpatía. Veía que una necesidad mayor requería su atención mientras contemplaba a la gente que acudía y seguía acudiendo» (DTG, 338).
A Jesús le parecía que se asemejaban a ovejas que no tenían pastor, porque no tenían a nadie que los condujera a un panorama sereno de fe con sus verdes pastos y sus remansos de agua. No tenían a nadie que los guiara por los senderos rectos, y que caminara con ellos a través de los oscuros valles de la vida.
Pero las sanadoras aguas de vida fluían de Cristo mientras enseñaba a la multitud el camino de la salvación. «La gente escuchaba las palabras misericordiosas que brotaban tan libremente de los labios del Hijo de Dios. Oían las palabras de gracia, tan sencillas y claras que les parecían bálsamos de Galaad para sus almas. El poder sanador de su mano divina impartía alegría y vida a los moribundos, comodidad y salud a los que sufrían enfermedades. El día les parecía como el cielo en la tierra, y no se daban cuenta de cuánto tiempo hacía que no habían comido» (ibíd.).
Los discípulos le sugieren a Jesús que despida a la gente para que pueda ir en busca de comida. Sin embargo, Jesús es un pastor demasiado amante como para hacer eso.
Un momento es especial
Ha terminado ya el día, el sol se está hundiendo en el occidente, y la gente se acomoda, ansiosa de seguir escuchando las palabras de vida de Jesús, ansiosa de sentir un toque de su mano de sanidad, ansiosa de recibir una mirada llena de ternura, de consuelo, de comprensión y de aceptación. Los discípulos podían observar y sentir lo maravilloso del momento, casi al finalizar aquel día de actividades. Contemplaban a la multitud hambrienta y cansada, necesitada de alimento y descanso para recuperar sus fuerzas.
Pero sobre todo, podían observar la necesidad de sus almas hambrientas de consuelo, para lo cual Jesús era un manantial inagotable.
Los discípulos preocupados por la salud de su Maestro, recomiendan:
«Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor y compren pan, pues no tienen que comer.
El sentido común y la lógica indicaban que lo más razonable era que Jesús despidiera a la multitud. Es entonces cuando el Señor plantea a sus discípulos uno de los proyectos más desafiantes que jamás habrían de escuchar: «dadles vosotros de comer» (Marcos 6:38).
Una invitación única. Jesús les presenta a los discípulos una invitación para que se conviertan en socios de él, al satisfacer las necesidades de la gente.
La invitación conlleva implícita la idea de ser agentes en la administración de los asuntos de Dios en esta tierra.
Es una invitación que requiere una mayordomía que acepte el señorío de Cristo en nuestras vidas e identifica el deber así como el hacer. Administrar, juntamente con el señor todo lo que poseemos y somos, para la suplir las necesidades de los demás. El desafío es una invitación para formar parte de una sociedad con Dios en la administración de sus bienes. Contribuir a hacer felices a nuestros prójimos y de esta manera cambiar nuestro egoísmo en un permanente trabajo por la felicidad de los demás.
La petición de Jesús fue escuchada por los discípulos. Ellos no podían creer que se les estuviera formulando una solicitud de tal naturaleza y de tales dimensiones. Posiblemente otras personas aparte de los discípulos escucharon la solicitud del Maestro, las dimensiones de aquel desafío estaban fuera del alcance y de las posibilidades de ellos.
¿Cómo pues Jesús les plantea en forma tan directa y precisa una solicitud de ese tipo?
¿Qué le responderías tú al Maestro? ¿Acaso dirías?: «Señor, imposible, ¡no se puede lograr!»
Todos tenemos nuestras listas de imposibilidades.
¿Tienes una lista personal?
Dadles vosotros de comer.
¿Imposible?
No para el Verbo que estaba en el principio con Dios haciendo girar las galaxias en sus órbitas.
No para Jesús, quien era Dios y vino desde el cielo para hacerse carne y morar entre nosotros. Jesús tejió el gobierno de su iglesia con las toscas hebras de pescadores y recaudadores de impuestos; obtuvo vino a partir del agua común transformó a un hombre cubierto de manchas de lepra en alguien sano y limpio; devolvió la vida a un hombre ya con tres días de muerto; transformó el corazón de una mujer pecadora en el de una hija de Dios, gozosa y segura de su salvación.
Debemos aprender que las órdenes de Dios van paralelas a la posibilidad de su implementación: marchar a través del Mar Rojo; echar fuera demonios; derrumbar los muros de Jericó; ser alimentados durante cuarenta años en el desierto.
Las anteriores son únicamente muestras que nos llevan a entender que en la economía divina las cosas no funcionan como estamos acostumbrados a verlas. Más bien son oportunidades para que nuestros embotados sentidos sean capacitados con el fin de discernir su bondad y misericordia. Para que podamos glorificarle por la manifestación de su poder y la oportunidad de que sus milagros se hagan una realidad en nuestras vidas.
El camino a la abundancia
Jesús se dirige a Felipe, y como lo registrara Juan en su Evangelio, pone a prueba la fe de este humilde seguidor, ya que él sabía los que había de hacer: «¿Dónde compraremos pan para que coman estos? » (Juan 10: 5,6).
Jesús quiere que nos demos cuenta de nuestra capacidad de actuar, en sociedad íntima con él. Felipe nos revela la realidad cuando nuestra visión está carente del enfoque de Jesús. Jesús, el mayordomo modelo, manifestó el estilo de vida de una persona unida a Dios. Todo el poder del cielo está disponible para ayudar a los mayordomos de Dios en su vida diaria, Felipe no ha comprendido todavía que Dios depende de la humanidad. Que le ha permitido a la misma estar en una completa unión, en sociedad, con él; y que dicha sociedad provee el modelo para las relaciones con los demás seres humanos.
Desde esta perspectiva y tomando en cuenta la solicitud de Jesús a Felipe, ¿qué es en realidad la fe?
Nosotros le damos a esta palabra un sentido eminentemente religioso, pero en las lenguas bíblicas no existe un vocablo específico para la fe religiosa.
La Palabra traducida por fe designa la confianza depositada en una persona porque se la considera digna de ella.
El diccionario define la fe como creencia, convicción y certeza.
En los Evangelios se le emplea en el sentido de «anticipo de lo que se espera, prueba de realidades que no se ven».
O según otras versiones, como «la confianza de recibir lo que esperamos, el convencimiento de que algo que no vemos en verdad ».
Más confianza que creencia, más intuición que convicción, más adhesión que certeza.
Quizá «adhesión» sea la palabra apropiada. Adhesión a un modelo, a un estilo de vida donde aceptamos el señorío de Cristo, adhesión a entrar en sociedad con Dios, adhesión al hecho de ser agentes suyos en la administración de sus asuntos en la tierra.
Porque adhesión implica compromiso y entrega, sin que requiera una total comprensión.
Es posible confiar en alguien sin comprenderlo del todo.
Uno puede ponerse de parte de Dios aun sin entender su silencio.
Así se comprende que Jesús pronuncie la frase «Al que cree, todo le es posible», incluso cuando aplicamos a nosotros mismos.
Una fe que no duda
El discípulo con rapidez calcula el costo. «Felipe miró el mar de cabezas, y pensó que sería imposible proveer alimentos para satisfacer las necesidades de una muchedumbre tan grande» (ibíd.).
El gasto va más allá de su presupuesto. Deja de calcular en su mente y llega a la siguiente conclusión «Imposible. ¡No se puede lograr!»
Aquella declaración nos muestra la condición real de nuestra naturaleza cuando la misma desconoce el modelo divino, porque aún no hemos firmado el contrato de sociedad con Dios.
«Contestó que doscientos denarios de pan no alcanzarían para que cada uno tuviese un poco» (ibíd.).
Puesto que el milagro es un privilegio divino, un privilegio al que solamente podemos tener acceso cuando entendemos la mayordomía como una fuerza y modelo motivador en «el amor desinteresado y cuidadoso de Dios que nos invitan a considerar situaciones que creemos imposibles. Tenemos la tendencia a elaborar fórmulas para demostrar la imposibilidad de las instrucciones de lo alto.
No aprenderemos hasta que nuestra existencia sea una evidencia de la forma en que funciona la economía divina.
La confianza en Dios.
Jesús nos invita a confiar en Dios como él mismo lo hizo. Porque esa confianza, es decir, la sociedad íntima con Dios, hace posible lo imposible.
Es entonces cuando él pregunta: «¿Cuántos panes tienen?»(Marcos 6:38). Jesús quiere que nos demos cuenta de nuestra capacidad para actuar.
¿Qué es lo que estamos dispuestos a poner a la disposición de Dios?
La pregunta de Jesús nos enfrenta a la realidad de nuestra motivación para el ministerio y la testificación, nos insta a considerar nuestras prioridades.
Debemos comprobar si ellas han sido modeladas por una relación viviente en la sociedad con Dios.
Al crecer dentro de esa relación de sociedad, el Espíritu Santo nos guiará para que apoyemos incondicionalmente los proyectos de Dios.
«Un muchacho está aquí, dijo Andrés, que tiene cinco panes de cebad y dos pececillos» (Juan 6:8, 9). Pero ¿qué era eso para tantas personas?
Andrés se toma un poquito más de trabajo al buscar una solución.
El no considera lo que no puede hacerse, sino lo que sí puede hacerse.
La pregunta de Jesús requiere una respuesta abarcante, sincera y sin rodeos. Requiere de nosotros una entrega total, no solamente de lo poco, sino también de lo mucho que poseemos. Todo lo que somos y tenemos debemos aportarlo para la realización de sus planes.
Ya sea que poseemos un solo talento, o cinco de ellos. Todos deben ser entregados con el fin de que se conviertan en una bendición para los demás.
En la medida en que aprendamos esa lección de desprendimiento, seremos bendecidos. Con gratitud hacia Dios y con generosidad hacia el mundo debemos llevar a cabo los planes de Dios. Esta es la forma en que se materializa nuestra sociedad con Dios, y la mayor evidencia de que una persona acepta el señorío de Cristo y entra en sociedad con él.
Un análisis personal.
La pregunta de Jesús nos invita a que hagamos un cuidadoso análisis de nuestras posibilidades:
¿Cuántos panes tenemos?
Es una invitación para llevar a cabo una sincera auditoria de nuestra vida, así como de nuestras posibilidades espirituales.
¿Qué tanto nos cuesta desprendernos de nuestras posesiones?
Jesús le dijo al joven rico:«Te falta solo una cosa» (Marcos 10:21).
Sin embargo, aquel joven se fue triste porque tenía muchas posesiones.
Jesús sabe que no hay felicidad en el egoísmo. En el centro de tu vida está Dios, o estás tú.
El yo nunca se sacia.
El joven rico no llego a comprender el significado de que lanzarse a una aventura con Jesús valía más que quedarse en un palacio sin la compañía del Maestro.
No entendió que los seres más pobres que existen son los que solo tienen dinero, y que hay mayor felicidad en dar que en recibir (ver Encuentros, pp. 126, 132).
Lo que Felipe y Andrés no ven es que las situaciones imposibles no se resuelven con los recursos que tengamos en nuestras carteras o en nuestras despensas.
Tampoco por la suficiencia de nuestra cuenta bancaria, ni por la abundancia de nuestras posesiones, ni por el número de nuestros dones y talentos.
Lo imposible se soluciona a través de Jesús.
A Él debían acudir los discípulos para conseguir pan. Los milagros son la moneda corriente del cielo.
La alimentación de los cinco mil solo constituye unas pocas monedas que se escaparon por un agujero del bolsillo del cielo.
A través de estas dos preguntas ¿Adónde compraremos pan para que coman estos? Y ¿Cuántos panes tenéis?
Jesús quiere que consideremos nuestra situación actual, que nos demos cuenta de la necesidad de vivir bajo los beneficios de una sociedad con Dios.
Al analizar nuestra capacidad y deseo de obrar se pondrá de manifiesto nuestro desamparo, nuestro distanciamiento del estilo de vida cristiano.
Entonces Jesús ordenó: «Traédmelos acá» (Mateo 14:18).
El muchacho es llevado a la presencia de Jesús. No posee mucho. Y lo que tiene no es de lo mejor. Es la comida de los pobres: pan de cebada, no de trigo; sardinas conservadas en sal, no chuletas de cordero.
Una entrega total
Pero lo que tiene es suficiente, pues para este milagro lo único que hacía falta era la entrega de todo lo que poseía y la comparación de un salvador.
¿Qué significa, en términos prácticos, entregar todo lo que somos y lo que tenemos a Dios?
La mayordomía tiene que ver con nuestras responsabilidades y con el uso que hacemos de todo lo que Dios nos ha confiado: la vida, el ser físico, el tiempo, los talentos y las habilidades, las posesiones materiales, las oportunidades de servir a otros y el conocimiento de su verdad.
Es un acto que requiere intervenir en el banco del cielo, donde la rentabilidad de nuestra inversión no puede ser medida con la vara de nuestro corazón.
Todos estaban a la expectativa de lo que Jesús iba hacer. Entonces dijo a sus discípulos:
«Hacedlos sentar en grupos de cincuenta en cincuenta» (Lucas. 9:14).
El orden es la característica del cielo. Cuando Jesús trató con las personas, el cuidado y la consideración se hicieron notar.
La indicación de Jesús de «Hacedlos sentar de cincuenta en cincuenta» revela su estilo de trabajo y nos indica que así quiere que nosotros trabajemos también.
Para satisfacer las necesidades de los demás, debemos hacerlo con orden y cuidado.
Hecho esto, Jesús tomó alimentos y «Alzando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a las gentes». «Y comieron todos, y se hartaron» (Juan 6:11).
Milagros y necesidades.
Tenemos que aprender que el Dios que enseña a la gente la manera de obtener paz y felicidad, se preocupa de la misma forma por atender nuestras necesidades temporales y espirituales.
«Cristo no realizó nunca un milagro que no fuese para suplir una necesidad verdadera [...]. Al alimentar a los cinco mil, Jesús alzó el velo del mundo de la naturaleza y reveló el poder, que ejerce constantemente para nuestro bien« (ibíb., pp. 339, 340).
Los hombres estamos llamados a cooperar con Dios, siguiendo sus instrucciones, sin perder de vista la forma tan maravillosa como se manifiesta la intervención divina en nuestro favor.
«Después que la multitud hubo sido alimentada, sobraba abundante comida; pero el que dispone de todos los recursos del poder infinito dijo: «Recoged los pedazos para que no se pierda nada».
Estas palabras significan más que poner el pan en los cestos. La lección era noble. Nada se había de desperdiciar. [...]. Cuando se recogieron los cestos de fragmentos, la gente se acordó de sus amigos en casa. Querían que ellos participasen del pan que Cristo había favorecido con su bendición. El contenido de los canastos fue distribuido entre la ávida muchedumbre y llevado por toda la región circundante. Así también los que estuvieron en el festín debían dar a otros el pan del cielo [para satisfacer el hambre del alma» (ibíb., pp.340, 341).
Confiando plenamente en Dios, Jesús tomo la pequeña provisión de panes; y aunque constituía muy poco incluso para los discípulos, no los invitó a ellos a comer. Más bien comenzó a distribuirles los alimentos, ordenándoles que sirvieran a la gente. El alimento se multiplicaba en sus manos; y las de los discípulos no estaban nunca vacías al extenderse hacia Cristo. La pequeña provisión bastó para todos.
Trabajando para Cristo.
Trabajar con éxito para Cristo depende no tanto de los números o del talento como de la pureza del propósito. Los recursos que manejamos, ya sean financieros o de nuestras energías, deben ser cuidadosamente administrados. En los ambientes del cielo, seguramente la economía es parte del orden y el cuidado. La frugalidad debe ser parte de nuestra más alta consideración.
Confieso que me siento incompetente para hacerle frente a la multitud de necesidades que me rodean. Como el niño con la canasta de su almuerzo, siento que los panes que tengo son muy pequeños y los peces muy escasos. ¿Para cuántos alcanzarían entre tanta gente?
Sin embargo, sé que manifiestas tu poder a través de las cosas débiles de este mundo.
Señor, utilizaste a:
- Un matrimonio estéril para establecer una gran nación,
- Un joven pastor de oveja y su honda para dar muerte a un gigante,
- Un niño pobre de cinco panes de cebada y un par de pescaditos para dar de comer a miles de personas hambrientas.
Ayúdame a ver que lo único que necesito es poner en tus manos lo que tengo, con gratitud, y de esta manera abrir las ventanasd el cielo y mirar la forma como la economía divina transforma nuestro ser, y nos enseña a vivir como Jesús vivió.
Dame la fe necesaria para comprender que tú bendecirás lo que yo dé, sin importar el tamaño de los panes ni la cantidad de los peces.
Dame la fe necesaria, para dar todo lo que tengo, sin importar la pequeñez de los talentos o de las posesiones que yo ponga en tus manos.
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