Mayordomía de la historia
Al celebrar el 150 aniversario de la Asociación General, el presidente de la iglesia mundial formuló un llamado destacando la importancia de rememorar la historia de la redención y proseguir hacia la meta final.
El día del gran chasco dejó perplejos y confundidos a muchos, pero un pequeño grupo de creyentes continuó teniendo certeza de la segunda venida de Cristo y confiando en la palabra profética. No sucumbieron en depresión sino que se abocaron a un estudio más profundo de la Palabra –con sesiones más fervientes y continuas de oración, tanto individuales como grupales– y a la misión de descubrir la voluntad de Dios. Esa unión buscando los caminos de Dios los condujo a algunas de las grandes verdades que los distinguieron como un pueblo especial, con un mensaje especial para los últimos días: el sábado como séptimo día de reposo, el Santuario celestial, el don del Espíritu de Profecía, el mensaje de los tres ángeles, la inmortalidad condicional, y un concepto de la iglesia remanente con una misión que se fue haciendo cada vez más mundial, para mencionar solo unas pocas. El descubrimiento de esas verdades peculiares y la necesidad de compartirlas con otros, condujo a este pequeño grupo de adventistas sabatarios a organizarse como Iglesia Adventista del Séptimo Día. La primera sesión organizadora tuvo lugar en los días 20 y 21 de mayo de 1863, en Battle Creek (Míchigan, EE. UU.) diecinueve años después de la decepción de 1844.
Al pasar el hito de los 150 años de la organización de la Asociación General de los adventistas del séptimo día, podemos afirmar que lo que empezó en Estados Unidos, con 125 iglesias locales y 3500 miembros, ha crecido hasta llegar a ser una familia mundial de fe y misión que, de acuerdo a estadísticas de 2011, comprende 72.144 iglesias locales y 67.078 grupos menores en 208 países, con una feligresía adulta de 17,5 millones que sigue esperando la mañana gloriosa.
Jamás deberíamos olvidar lo que Dios hizo por su pueblo, de modo que prosigamos en la senda, rebosantes de esperanza. Dios espera nuestra fidelidad; nuestra misión presupone eso; nuestra historia nos conduce en ese sentido. Por lo tanto, nuestra ruta debe ser siempre hacia arriba.
Más adelante, Josué encomendó a Israel: “Permanezcan fieles a Dios, como lo han hecho hasta ahora” (Josué 23:8). Porque Dios había sido fiel a su promesa de llevar a Israel a la tierra prometida, Israel respondió a esta conmovedora exhortación declarando: “¡Nosotros no abandonaremos al Señor por servir a otros dioses! El Señor nuestro Dios es quien nos sacó a nosotros y a nuestros antepasados del país de Egipto, de aquella tierra de servidumbre. Él fue quien hizo aquellas grandes señales ante nuestros ojos. Nos protegió durante todo nuestro peregrinaje por el desierto y cuando pasamos entre tantas naciones” (Josué 24:16, 17).
Tiempo más tarde, Samuel les encomendó que recordasen lo que el Señor había hecho por ellos, y lo que esperaba de ellos en consecuencia. “Los exhorto a temer al Señor y a servirle fielmente y de todo corazón, recordando los grandes beneficios que él ha hecho en favor de ustedes” (1 Samuel 12:24). Y por cierto, ¡qué grandes cosas hizo el Señor en favor de su pueblo! Pero la palabra de Dios registra cuán terrible fue la caída de Israel cuando las generaciones posteriores fallaron al recordar la dirección divina: “También murió toda aquella generación y surgió otra que no conocía al Señor ni sabía lo que había hecho por Israel. Esos israelitas hicieron lo que ofende al Señor y adoraron a los ídolos de Baal. Abandonaron al Señor, Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto y siguieron a otros dioses” (Jueces 2:10-12).
Años más tarde, el vocero de Dios, Jeremías, resumió la persistente negligencia de Israel en rememorar la dirección divina y su consecuente apostasías: “Lo que sí les ordené fue lo siguiente: ‘¡Obedézcanme! Así yo seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo. Condúzcanse conforme a todo lo que yo les ordene, a fin de que les vaya bien’. Pero ellos no me obedecieron ni me prestaron atención, sino que siguieron los consejos de su terco y malvado corazón. Fue así como, en vez de avanzar, retrocedieron” (Jeremías 7:23, 24).
La trágica historia de Israel al no recordar la dirección divina ni cumplir las instrucciones recibidas no es una historia para leer y olvidar. El apóstol Pablo declara explícitamente que la rebelión del antiguo Israel ha sido registrada como advertencia para nosotros, el Israel espiritual, que vivimos poco antes del regreso de Jesucristo: “Todo esto les sucedió para servir de ejemplo, y quedó escrito para advertencia nuestra, pues a nosotros nos ha llegado el fin de los tiempos” (1 Corintios 10:11).
Del mismo modo, los que vivimos “al fin de los tiempos” hemos recibido este mensaje: “Como he participado en todo paso de avance hasta nuestra condición presente, al repasar la historia pasada puedo decir: ‘¡Alabado sea Dios!’ Al ver lo que el Señor ha hecho, me lleno de admiración y de confianza en Cristo como director. No tenemos nada que temer del futuro, a menos que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido, y lo que nos ha enseñado en nuestra historia pasada”.2
Hace unos pocos meses, la junta ejecutiva de la Asociación General, se reunió en Battle Creek, Michigan, para rememorar las bendiciones a lo largo de 150 años de oración y estudio, sacrificio y mayordomía, crecimiento y desarrollo, misión local y mundial, todo dentro de la esperanza eterna: la pronta venida del Señor. Fueron días maravillosos de celebración, con excelentes reuniones que repasaron nuestra historia fascinante y la increíble bendición de Dios sobre su pueblo. Relatos inspiradores, seminarios que estimulaban la reflexión, inolvidables visitas a lugares históricos, y maravillosos pensamientos devocionales; todo nos trajo al altar del sagrado recuerdo, para rememorar y no olvidar jamás quiénes somos y por qué estamos aquí.
Y por cierto, estamos agradecidos, aunque se trata en realidad es un aniversario triste. ¡Ya debiéramos haber llegado a casa! El el mismo Señor hubiera querido regresar ya hace mucho tiempo. ¿Por qué celebrar más aniversarios cuando podríamos ya estar en el cielo? ¿Por qué no estamos allá todavía? ¿Será que seguimos olvidando? ¿Nos olvidamos de nuestra más sagrada responsabilidad, la de mantener frescas en nuestra mente la conducción y enseñanza divinas en nuestra historia pasada, y de avanzar en obediencia a su llamado?
Desafortunadamente se están levantando voces, aun dentro de la iglesia, que quisieran romper con una interpretación bíblica e histórica muy sólida de la preciosa Palabra de Dios. Están los que quieren reinterpretar lo que Dios dijo en forma muy clara, para que se adapte a su manera personal de entender las cosas y así quebrar el pacto de Dios con su pueblo. Dirigentes y miembros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, manténganse firmes en favor de un claro “así ha dicho Jehová”. No se vuelvan material para exhibir en un museo de relaciones rotas. Yo quiero mantener mi relación personal con el Señor, y quiero que su preciosa iglesia mantenga el compromiso de ser la iglesia de los últimos días, un pueblo remanente que guarde los mandamientos de Dios y tenga el testimonio de Jesucristo (Apocalipsis 12:17).
Dios nos está llamando hoy a recordar su conducción y enseñanza a lo largo de la historia. Recordemos:
En esas circunstancias, el equipaje que estaba en los caballos iba tocando la pared, obligando a los viajeros a acercarse más al precipicio. Finalmente, con desesperación, cortaron los amarras del equipaje, que cayó al precipicio. Siguieron a caballo sin equipaje, con temor de perder el equilibrio y caer en el vacío. En esos momentos –dijo Elena White, “una mano parecía tomar las riendas y guiarnos por la peligrosa senda”. Como el camino se estrechó más, los viajeros decidieron que ya no podían utilizar los caballos y siguieron a pie, uno detrás del otro. En esos momentos ocurrió algo inesperado: bajaron cuerdas delgadas desde lo alto de la pared, y los viajeros se aferraron a ellas para no perder el equilibrio. Las cuerdas se movían al paso de su viaje. La senda siguió angostándose, y para estar más seguros se quitaron los zapatos y prosiguieron. Pronto se quitaron también las medias y siguieron el viaje completamente descalzos. Se acordaron de aquellos que no estaban acostumbrados a dificultades semejantes y miraron a su alrededor para buscarlos, pero no estaban ya en la pequeña compañía de creyentes. En cada punto en que aumentaba la dificultad algunos quedaban atrás, y solo aquellos que se habían acostumbrado a las dificultades persistían. Las dificultades habían hecho que esos viajeros se sintieran aun más deseosos de proseguir hasta el fin.
El peligro de despeñarse aumentaba. Se apoyaban cada vez más en la pared, pero no podían asentar plenamente el pie en la senda por ser cada vez más angosta. Entonces se sostenían completamente de las cuerdas exclamando “¡Nos sostienen desde arriba!” Todos decían lo mismo. Al seguir caminando, oían sonidos que llegaban del fondo del profundo cañón, sonidos de juerga, bromas vulgares, carcajadas, malas palabras, gritos de angustia y amargos lamentos. Los viajeros en la senda angosta, sin embargo, estaban más deseosos que nunca de mantenerse en el camino estrecho. Gran parte del tiempo tenían que apoyar todo su peso de las cuerdas suspendidas, que se engrosaban a medida que avanzaban.
Elena White observó que la hermosa pared blanca estaba manchada con sangre. Pensó que esto era una señal de aliento para aquellos que habían de seguirlos, porque se darían cuenta de que quienes los precedieron habían pasado por dificultades pero habían persistido, y eso los alentaría a seguir adelante.
Finalmente llegaron a un gran abismo donde terminaba la senda. No había nada para guiar sus pies o donde descansar. Debían depender totalmente de las cuerdas, que se habían engrosado hasta tener el espesor de un cuerpo. Estaban preocupados, porque no sabían cómo se sostenían las cuerdas. En el sueño, Jaime White estaba delante de Elena, y ella veía grandes gotas de sudor que caían por su rostro… las venas de su cuello y sienes tenían el doble del tamaño normal. Se escapaban de sus labios gemidos agónicos. El sudor se escurría por la cara de Elena White, y sintió una angustia cual nunca antes, porque les esperaba una lucha muy peligrosa. Si fracasaban, el viaje habría sido en vano.
Al otro lado del abismo había un hermoso prado de hierba verde, con suaves rayos de dorada luz que parecía oro fino derramado sobre el prado. No se podía comparar con nada que ella hubiera visto. Se preguntaba si podrían llegar al hermoso prado, o si la cuerda se rompería. Este es el relato: “De nuevo, con susurros angustiados, exhalamos las palabras: ¿qué sostiene la cuerda? Por un momento dudamos en aventurarnos, pero entonces exclamamos: ‘¡Nuestra única esperanza está en confiar plenamente en la cuerda! De ella hemos dependido a lo largo de todo el difícil camino. No va a fallarnos ahora’. A pesar de ello, todavía dudábamos y nos angustiábamos. Entonces se pronunciaron las palabras: ‘Dios sostiene la cuerda. No hay que temer’. Los que nos seguían repitieron las mismas palabras, agregando, ‘No nos va a fallar ahora. Nos ha traído hasta aquí sanos y salvos’. Mi marido entonces se balanceó sobre el espantoso abismo y saltó al hermoso prado que había del otro lado. Inmediatamente yo lo seguí. Y entonces, ah, ¡qué sensación de alivio y gratitud a Dios que sentimos! Escuché voces que se alzaban en alabanza triunfante a Dios. Yo estaba feliz, perfectamente feliz. Me desperté, y encontré que por la angustia que había pasado al recorrer ese camino difícil, cada nervio de mi cuerpo parecía temblar. El sueño no necesita comentario. Dejó una impresión tan fuerte sobre mi mente que probablemente cada elemento permanecerá vívido ante mí mientras tenga memoria”.
Este mensaje del advenimiento no se trasladará a ningún otro grupo o iglesia. No habrá otra iglesia remanente. Usted y yo somos parte de la iglesia final que preparó Dios. Ciento cincuenta años de Asociación General son simplemente un llamado a avanzar en el gran viaje en la senda angosta, permitiendo que Dios haga realidad el reavivamiento y la reforma en nuestras vidas y en la iglesia; que reforme nuestras costumbres egoístas; que afirme nuestros sueños y esperanzas en la santa Palabra de Dios y en la Palabra o Verbo viviente, Jesucristo.
Dios nos llama hoy a no olvidar ni tener temor; Dios nos llevará al otro lado si confiamos plenamente en él y permitimos al Espíritu Santo tome control completo de cada pensamiento y acción. Quiere tomar posesión de nosotros. Quiere llevarnos de vuelta a casa muy pronto. No más aniversarios. “¡Tened fe en Dios!”
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