La encomienda divina

“Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba” Hebreos 11:8

“Oídme, los que seguís la justicia, los que buscáis a Jehová. Mirad a la piedra de donde fuisteis cortados, al hueco de la cantera de donde fuisteis arrancados. Mirad a Abraham, vuestro padre, y a Sara, que os dio a luz; porque cuando no era más que uno solo, lo llamé lo bendije y lo multipliqué” Isaías 55:1, 2

“ABRAHAM FUE HONRADO por los pueblos circunvecinos como un príncipe poderoso y un caudillo sabio y capaz. No dejó de ejercer su influencia entre sus vecinos. Su vida y su carácter en contraste con la vida y el carácter de los idólatras, ejercían una influencia notable en favor de la verdadera fe. Su fidelidad hacia Dios fue inquebrantable, en tanto que su afabilidad y benevolencia inspiraban confianza y amistad, y su grandeza sin afectación imponía respeto y honra” PP, 113.

La vida del mayordomo fue diseñada para dar, para compartir. No es un deber que cumplir, sino un privilegio que desarrolla las facultades y los talentos recibidos. 

Las Sagradas Escrituras presentan las historias de hombres y mujeres que recibieron grandes tareas de parte de Dios.

Encomiendas que establecen la misión vital de consagrados hombres de Dios que son una inspiración para nosotros. Recibir una invitación de tal naturaleza, para llevar a cabo una misión especial, establecerá una diferencia notable en nuestras vidas.

Abraham como mayordomo

La experiencia de Abraham es una inspiración. Dios le dijo: “Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Haré de ti una nación grande, te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y a los que maldigan maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” Génesis 12:1-3.

Por la fe Abraham siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, habitando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa, porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” Hebreos 11:8-10. 
“La obediencia incondicional es una de las más notables evidencias de la fe de toda la sagrada escritura” (ibíd., 104). 

Lo especial de aquella encomienda requería que Abraham desarrollara un carácter peculiar, diferente de todo el mundo. La dimensión espiritual de su llamado requería un discernimiento espiritual. Dios andaba en busca de un hombre que se convirtiera en la cabeza de su pueblo escogido. Su edad, el éxito financiero que gozaba mientras vivía en la ciudad de Ur de los Caldeos y su trasfondo religioso y cultural eran evidencias humanas en contra del éxito de la misión encomendada Génesis 11:31.

“Dios había hablado, y su siervo debía obedecer; el lugar más feliz de la tierra para el era dónde Dios quería que estuviera” (ibíd., 105). 

Esta sigue siendo la premisa para los hijos de Dios de la actualidad. 

La escritura mencionada que Abraham murió a la edad de ciento setenta y cinco años (Gén. 25:7). El ejercicio de su mayordomía lo realizó durante un periodo de seis años. El Señor lo bendijo ricamente. Una vida dirigida por una encomienda divina.

La obediencia de Abraham

Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció. 

Creo que esta es la declaración más desafiante para los mayordomos de Dios de la actualidad. 

La palabra obedeció encierra la mayor de todas las evidencias para la justificación a todas las promesas que se le hicieron. 
Obedecer significa que habrá una consecuencia lógica, una lluvia de bendiciones para nuestro corazón, para nuestro hogar, y para nuestra vida. Promesas cumplidas, Grandes oportunidades.

Obediencia a la palabra.

La obediencia a la Palabra y a la voluntad de Dios, a través de cada experiencia de la vida de Abraham, a lo largo de la senda angosta y llena de dificultades por la que tuvo que caminar para vivir la encomienda divina, es algo que nos invita a reflexionar en nuestro desempeño como mayordomos de Dios. Porque también hemos recibido una invitación a participar en los planes divinos. 

Si Abraham hubiera rehusado en forma permanente y total obedecer la voz de Dios, y no hubiera emprendido su largo y solitario peregrinaje hacia una tierra desconocida, su historia habría sido del todo diferente. 
Pero, en su acto de obediencia, puso la piedra fundamental en la construcción del edificio de su vida. En el ejercicio de la mayordomía de su vida a lo largo de cien años hubo lugar para las experiencias más desafiantes y para evidencias de la dirección de Dios más increíbles. 

La clave de todo está en la actitud de obediencia a las indicaciones de Dios.

Obediencia ciega. 

Obedecer, sin saber realmente a dónde dirigirse, es algo que requiere una disposición especial que únicamente el Espíritu Santo puede impulsar y alimentar. Cuando nuestra vida se encamina en una dirección como la mencionada, cada paso que damos es como si levantáramos un altar de gratitud a Dios por el privilegio de haber sido escogidos para una misión tan especial. Cada paso es una renuncia voluntaria al egoísmo del cual estamos llenos.Cada paso es una evidencia de que renunciamos a los ídolos secretos que han gobernado y dirigido nuestra vida. En cada paso que damos, vamos sepultando lo que nuestra experiencia pasada ha construido, y en su lugar vamos edificando la visión de un futuro glorioso. 
Un porvenir delineado ahora por una sabiduría celestial, con grandes propósitos para nuestra vida. Pero sobre todo, el gozo indescriptible de ser socios con Dios en una aventura llena de riesgos e imprevistos, pero de enormes oportunidades para nuestro desarrollo.

Abraham y el desempeño de su mayordomía

El llamado de Dios implica desarraigarnos de la roca en la cual hemos sido asentados (Isa.511,2). 
Este proceso es doloroso pero gratificante. Escuchar la voz de Dios es una experiencia santificadora, aún cuando esta nos empuje, en medio de todas las circunstancias, a avanzar por zonas desconocidas y llenas de dilemas desconcertantes.

Entonces el llamado de Dios se convierte en un ejercicio espiritual donde los tendones no desarrollados, y los músculos inertes de nuestro cuerpo se desarrollan iniciándose el proceso de depender completamente de algo desconocido mediante el ejercicio de la fe. Y la fe se convertirá en el principio dominante de nuestra vida: así tiene que ser siempre. 

La mayordomía, por tanto, equivale a una experiencia de compañerismo con Dios que nos enriquece hasta el punto de que desarrollamos destrezas y habilidades que nunca habíamos dado indicios de poder. 

Aceptar un proyecto de parte de Dios implica caminar siempre hacia lo desconocido y desafiante, una experiencia en la que nuestra destrezas y potencialidades se desarrollarán al máximo.

Una senda de bendiciones. La mayordomía consiste en la apertura de sendas de bendiciones, producto de una relación de fe. A su vez, y mediante nuestra relación con los que nos rodean, las bendiciones de Dios se derramarán abundantemente a través de nosotros. La mayor evidencia de una mayordomía exitosa y abundante es que llegaremos a ser una bendición para los demás. Es un proceso de capacitación para ayudar y bendecir. Te bendeciré y tu serás una bendición” (Gén. 12:2). 

El mayordomo de Dios es bendecido para que comunique a otros la bendición. Siempre tiene que ser así.

Un desafío para el tiempo presente

Cumplir con nuestra mayordomía requiere una completa sujeción al contrato de sociedad con Dios. Ese contrato tiene dos condiciones no negociables: La obediencia a las indicaciones de Dios y creer de forma completa en sus promesas. Es decir, nuestra obediencia se fundamenta en una fe vigorosa, como un principio dominante en nuestra vida. Lo que sí se requiere del mayordomo es que las demandas que implica su llamado con llevan una sujeción no gravosa que debe cumplirse hasta lo sumo.

¿Hacia dónde nos lleva dicho contrato de sociedad con Dios? No lo sabemos. Lo que debe bastarnos es que marchemos en la compañía divina, y que durante este proceso de relacionarnos con él es cuando las bendiciones se derraman en mayor abundancia.

Eso debe bastarnos. 
La experiencia de Jesús demuestra la seguridad de la compañía de nuestro Padre, cuando afirmó: “porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29). 

Una mayordomía exitosa, como resultado de una obediencia perfecta y perpetua a las indicaciones de Dios, y una fe vigorosa como un principio guiador para nuestras vidas, requieren que el mayordomo de las providencias de Dios subordine sus deseos y apreciaciones personales a las mínimas exigencias del Señor:

Principios guiadores

1. Un fundamento básico. 
En Primer lugar es necesario subordinar la satisfacción de los apetitos y deseos personales, con el objeto de vivir la vida en el contexto de grandes logros en el plano espiritual. 

En segundo lugar, mi mayordomía es un ejercicio de entrenamiento donde los músculos de la fe se fortalecen y la capacidad de mi visión se ensancha. El entrenamiento no tiene fin. 
Los logros del plano espiritual, por más sencillos y austeros que parezcan no pueden compararse con los verdes pastos y la exótica flora de los deseos de nuestra naturaleza. 
El contrato de sociedad con Dios exige vivir una vida de devoción intensa, de íntimo compañerismo y de gozosa comunión.

2. Una experiencia beneficiosa. 
De la experiencia de Abraham nos beneficiamos:

«Su propio ejemplo, la silenciosa influencia de su vida cotidiana, era una constante lección. La integridad inalterable, la benevolencia y la desinteresada cortesía, que le habían granjeado la admiración de los reyes, se manifestaban en el hogar. Había en esa vida una fragancia, una nobleza una dulzura de carácter que revelaban a todos que Abraham estaba en relación con el cielo.
No descuidaba siquiera al más humilde de sus siervos. En su casa no había una ley para el amo, y otra para el siervo. Todos eran tratados con justicia y simpatía, como coherederos de la gracia de la vida» (ibíd.,p.121).

3. La incredulidad. 
Una vez iniciado el proyecto de mi sociedad con Dios, y mi responsabilidad como mayordomo de sus planes es puesta en marcha, no existe forma de volver hacia atrás. 
La incredulidad no tendrá cabida en el éxito de los proyectos de Dios. Y al mirar hacia delante, como tratando de dibujar lo que nos depara el futuro, habremos de contemplar los grandes trazos de la voluntad de Dios, como muestras claras de sus indicaciones.

4. Una reserva de fortaleza. 
En el ejercicio del proyecto en el que somos invitados a participar como mayordomos de Dios, constantemente tendremos que hacer uso de los recursos infinitos de su providencia. Como socio mayoritario en esta aventura, Dios ha colocado a nuestra disposición la riqueza de sus bendiciones para que podamos hacer una reserva de fortaleza. Así podremos echar mano de ella en los momentos de gran necesidad y desaliento, cuando las evidencias de las amenazas parecen derrotarnos y el temor paralice nuestras vidas. 
El éxito demanda de nosotros una dependencia completa y total. 
Esa reserva de fortaleza es una necesidad y únicamente se adquiere a través de una permanente relación de amistad con el Socio mayoritario. 

Él es el dueño de todos los recursos.

5. Una herramienta vital. 
La vida del mayordomo es una vida de permanente contribución al bienestar y a la felicidad de su prójimo, y a la edificación del reino de Dios. Es parte del contrato de sociedad con Dios. Cada acción, interacción e intercambio en el ejercicio de la mayordomía es una oportunidad para compartir las bendiciones de Dios. 

La mayordomía es puesta a disposición del ser humano como una herramienta vital, para que se convierta en bendición para otros. Es el punto donde nuestra vida se afianza y llegamos a ser bendición para muchos. Es vivir fundamentado en el principio de que Dios es nuestra prioridad, ya que a través de sus manos recibimos las bendiciones que compartimos con los demás. 

La mayordomía es un invento divino para que seamos canales de bendición para los demás. Tiene que ser así ya que nuestro desarrollo está en juego.

6. Sujeción. 
Es necesario sujetar mi temperamento y carácter en las emergencias que sobrevengan al relacionarnos con los demás. 
La tarea que realizamos requiere el control y la sujeción de nuestras debilidades bajo el poder del Espíritu Santo. 
La senda por recorrer siguiendo el trazo de Dios para el ejercicio de nuestra mayordomía, nunca puede ser fácil. No requiere mucho esfuerzo mirar hacia atrás y lamentarse en tono quejumbroso, comentar con los demás y poner en entredicho el trato de Dios. 
Si el Señor se hizo amigo de Abraham, un hombre de naturaleza no santificada, también puede ser nuestro amigo y trazador de nuestro destino.

7. Dependencia.
Una mayordomía exitosa es producto del grado de mi dependencia a las providencias de Dios. Dios no necesita caracteres nobles, como base de sus obras maestras en la edificación de vidas nobles y entregadas al servicio de la humanidad. Podemos ser cortados de una piedra deforme y sin valor, pero la gracia y el poder de Dios nos transforma en piedras preciosas. 
El milagro de su gracia y amor, y el poder de su Santo Espíritu actuando en la transformación de nuestras vidas es la mayor evidencia de que por nosotros mismos no somos capaces de nada. 

La victoria de nuestra vida es únicamente una victoria de Él. Dependemos del grado de nuestra relación e intimidad con el Señor en el ejercicio de nuestra mayordomía. Siempre tiene que ser así.

8. Transformación.
Transformaré mis derrotas temporales en victorias espirituales. Obtendré la victoria sobre mis debilidades y me sobrepondré a mis fracasos. 
Únicamente en Dios podré tener la victoria, y saldré adelante porque la victoria es suya. 
Si queremos vivir una vida abundante, tendremos que transformar en victorias nuestras derrotas. 

La mayordomía es un proceso mediante el cual, a través de una relación exitosa con nuestro Dios, surge una nueva criatura, con una nueva vida. 
La mayordomía significa aceptar de parte de Dios una responsabilidad personal para manejar nuestra vida, y todos sus asuntos. Ser guiados mediantes sus indicaciones, donde la obediencia y creer en sus promesas se convierten en la directriz de nuestra vida. Siempre tiene que ser así.

Beneficios de la mayordomía

1. Bendiciones. 
El mayor y más grande beneficio consiste en ser bendecido de manera abundante. La bendición más grande está en dar, no en recibir. 
A través del acto de dar, los poderes mentales físicos y espirituales se desarrollan. 
Recibir no requiere un esfuerzo de nuestra parte, especialmente si el regalo o el don, nos beneficia. 
El hombre debe dar para vivir. 
Este es un principio que está entretejido en la estructura misma de la vida, tal como fue concebida por el Creador desde el principio. Dar es el principio que rige el gobierno de Dios en el universo, así está expresado en la siguiente declaración: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda sino que tenga vida eternal» (Juan 3: 16). 

La iglesia ha de enseñar y predicar el privilegio de compartir como una de las fortalezas del deber cristiano. 
Dar y compartir es parte de la receta divina para el enriquecimiento de la vida espiritual.

2. Purificación.
La mayordomía santifica y enriquece la vida. Una mayordomía exitosa, producto de una estrecha relación de compañerismo con el Señor, purifica todos nuestros motivos e intenciones y enriquece la vida. Si le añadimos riquezas a nuestra vida, llegaremos a ser una bendición para los que nos rodean. La riqueza no es el cúmulo de bienes que atesoramos, sino la multitud de bendiciones que fluyen de nuestras manos hacia nuestros semejantes. Esa es la verdadera riqueza. « ¿Cuántos panes tienen? Vayan y vean». 

Lo que Jesús realmente deseaba era que pensáramos en lo que poseemos como un medio para bendecir a los demás. Y cuando eso ocurre, y entregamos en sus manos lo poco que tenemos, nuestra vida se enriquece porque llegamos a ser bendición para muchos. Esa es la medida de la verdadera riqueza. Únicamente gracias a la participación de Jesús, es que llegamos a ser verdaderamente ricos.

3. Salud.
La mayordomía genera y promueve la salud física. «El corazón alegre es una buena medicina, pero el espíritu triste seca los huesos» Proverbios 17:22.

El ejercicio de una mayordomía exitosa nos obliga a entregarnos por completo a una vida de servicio y de abnegación. Es una forma de olvidarnos de nosotros mismos. 

Elena G de White aconseja: «Únicamente cuando nos entregamos a Dios para que nos emplee en el servicio de la humanidad, nos hacemos partícipes de su gloria y carácter. Nadie puede dejar que por su vida y su corazón fluya hacia los demás el río de bendiciones celestiales sin recibir hacia sí mismo una rica recompensa...La obra de beneficencia en dos veces bendita... Aunque los actos de bondad sean realizados en secreto, no se puede esconder su resultado sobre el carácter de quien los realiza» DMJ, 71,72.

4. Ganancias. 
La mayordomía nos pone a prueba y luego multiplica nuestras bendiciones: «Toma a tu hijo Isaac, tu hijo único, a quien amas; ofrécele en holocausto» Génesis 22:2. 
Todos tenemos nuestros tesoros a quienes amamos mucho. 
Nos estremecemos con el más leve pensamiento de perderlos. Cuando hemos dado lo que es para nosotros lo mejor y los más costosos, pasando nuestras dádivas por el fuego, entregándolas a su voluntad, volverá a dárnosla como oro purificado, multiplicadas. 

El caso de Abraham es la mayor y la más grande de todas las experiencias por la que el ser humano alguno haya tenido que pasar: el pedido que sacrificará a su propio hijo, su tesoro más preciado. 

Desde la perspectiva de la experiencia de Abraham, mayordomía significa entrega al Señor lo que nuestro corazón más aprecia. Es la mejor evidencia de que hemos aprendido a dar. 

La experiencia de Abraham nos capacita para entender mejor el sacrificio que hizo Dios con el fin de salvarnos: entregó a su único Hijo.

La lección más grande que hemos aprendido al reflexionar en la vida de Abraham es que Dios puede levantar una cosecha abundante cuando se le entrega totalmente el terreno del corazón y de la vida. 

De esta perspectiva, mayordomía consiste en permitir que el Señor labre el terreno del corazón con el fin de que la cosecha pueda ser una bendición para los demás. ¡Que el Señor bendiga nuestra mayordomía! 

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