Dios crea lo mejor a partir de lo común

Texto Bíblico: Juan 2:1-10, NVI.

“Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús se encontraba allí. También habían sido invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo:

—Ya no tienen vino.
—Mujer, ¿eso qué tiene que ver conmigo? —le respondió Jesús—. Todavía

no ha llegado mi hora.
Su madre dijo a los sirvientes:

—Hagan lo que él les ordene.
Había allí seis tinajas de piedra, de las que usan los judíos en sus ceremonias

de purificación. En cada una cabían unos cien litros. Jesús dijo a los sirvientes:

—Llenen de agua las tinajas.
Y los sirvientes las llenaron hasta el borde.

—Ahora saquen un poco y llévenlo al encargado del banquete —les dijo Jesús.

Así lo hicieron. El encargado del banquete probó el agua convertida en vino sin saber de dónde había salido, aunque sí lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Entonces llamó aparte al novio y le dijo:

—Todos sirven primero el mejor vino, y cuando los invitados ya han bebido mucho, entonces sirven el más barato; pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora”.

Contexto

El capítulo 1 de Juan comienza con la declaración de que Jesús es el Dios Creador.

“En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir”. Juan 1:1-3, NVI. Esta verdad bíblica, de que Jesús es el Creador del Universo prepara el terreno para lo que vendría en el capítulo 2, el milagro de la transformación del agua común en vino de calidad. Si Jesús fue capaz de crear el mundo de la nada, entonces él es capaz de cambiar los elementos naturales de agua para hacer el mejor vino sin uvas. En esta historia del evangelio, vamos a tomar el punto de vista asumido por Elena de White de que este “vino” era jugo de uva. “El vino que Jesús proveyó para la fiesta, y que dio a los discípulos como símbolo de su propia sangre, fue el jugo puro de uva” (El deseado de todas las gentes, p. 123).

Pero además del milagro del vino, hay otras dos observaciones contextuales que debemos hacer en el cuadro mayor de este evento humano y en la intervención divina de Cristo. La primera tiene que ver con la bendición y la alegría que sintieron los novios, sus familias, sus amigos e invitados como resultado del vino dulce que se sirvió más tarde. Imagine una fiesta de casamiento que no tenga suficientes bebidas. Eso hubiera sido incómodo para todos los involucrados, pero Jesús salvó el día. Como Creador y Proveedor, él viene hasta nosotros en el momento oportuno. La segunda observación es en relación al propósito y tiempo de Dios de ese milagro. De acuerdo con el texto bíblico, ese milagro confirmó la identidad de Jesús como Dios. Lo más importante para los discípulos fue que ese evento les confirmó que Jesús era el Mesías, el ungido de Dios. “Ésta, la primera de sus señales, la hizo Jesús en Caná de Galilea. Así reveló su gloria, y sus discípulos creyeron en él” Juan 2:11, NVI.

1. Relaciones humanas

La descripción que Juan hace de Jesús como el Hombre-Dios es una ilustración poderosa del plan de Dios, el interés personal, y las intenciones para entrar en nuestro mundo y experiencia humanos. “Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Juan 1:14, NVI. Con esta declaración, por lo tanto, es natural apreciar y aceptar esta realidad de Jesús que busca constantemente alcanzar a hombres y mujeres en todos los tipos de situaciones, incluyendo el casamiento en una familia en Caná. “Jesús veía en toda alma un ser que debía ser llamado a su reino. Alcanzaba el corazón de la gente yendo entre ella como quien desea su bien. La buscaba en las calles, en las casas privadas, en los barcos, en la sinagoga, a orillas del lago, en la fiesta de bodas. Se encontraba con ella en sus ocupaciones diarias y manifestaba interés en sus asuntos seculares. Llevaba sus instrucciones hasta la familia, poniéndola, en el hogar, bajo la influencia de su presencia divina. Su intensa simpatía personal le ayudaba a ganar los corazones” (El deseado de todas las gentes, p. 125). Pues Jesús, el camino para ganar la confianza de las personas en cosas espirituales comienza con una tentativa honesta de ser parte de su vida todos los días, y se lo llama ministerio de encarnación.

Pero, mientras su presencia en el casamiento hizo una fuerte declaración visual sobre su actitud y corazón para las personas en general, Jesús también demostró en esta ocasión la importancia de las relaciones humanas y de los lazos familiares. Sí, él era el Hijo de Dios, pero también era el hijo de María. Ese día cuando la reputación y la posición de la familia de su madre en la comunidad corrían el riesgo de ser humillada debido a la falta de vino, Jesús respondió al pedido indirecto de su madre transformando agua en vino. La mayordomía bíblica incluye el cuidado, el respeto y el apoyo que damos a nuestras familias, especialmente en tiempos de necesidad.  

2. Casamiento y banquete nupcial

La presencia de Jesús en la fiesta de casamiento es significativa de diversas maneras. En primer lugar, un casamiento es un evento de la comunidad donde las personas celebran relaciones humanas, especialmente establecer una nueva unidad familiar. Esta historia, de modo especial, es una nueva visión del primer casamiento en el Jardín del Edén cuando Dios unió el primer hombre y la primera mujer creando la primera familia. Dios era el centro en esa relación. La mayordomía en este contexto es vivir los ideales del casamiento cristiano en amor y sumisión donde Dios es el centro de la relación (Efesios 5:21-33). En segundo lugar, el casamiento es una metáfora espiritual, que ilustra muy bien la unión especial que nosotros (la iglesia, el cuerpo de Cristo en el mundo) tenemos con Jesús, que es la cabeza del cuerpo. Esta imagen no solo habla de nuestra realidad actual con Cristo, sino también describe una experiencia futura cuando Jesús vuelva a reclamarnos como su novia y llevarnos para estar con él en la casa de su Padre.

Pero, no hay ningún casamiento sin una fiesta, partir el pan juntos entre dos familias y los invitados. Ese es el contexto específico del milagro de Caná, donde Jesús transformó agua común en el mejor vino. La mayordomía cristiana incluye nuestra voluntad como pueblo de Dios de compartir alegría, alimentos, bebidas, amor y tiempo con la familia y con extraños en nuestras comunidades locales. “Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento” Mateo 25:35, NVI. Pero no es solo lo que hacemos, es realmente vivir la voluntad de Dios en nuestras vidas y ser parte de su reino. “Todos debemos llegar a ser testigos de Jesús. El poder social, santificado por la gracia de Cristo, debe ser aprovechado para ganar almas para el Salvador. Vea el mundo que no estamos egoístamente absortos en nuestros propios intereses, sino que deseamos que otros participen de nuestras bendiciones y privilegios. Dejémosle ver que nuestra religión no nos hace faltos de simpatía ni exigentes. Sirvan como Cristo sirvió, para beneficio de los hombres, todos aquellos que profesan haberle hallado” (El deseado de todas las gentes, p. 127).

3. De agua en vino

Un principio clave de la mayordomía cristiana en este milagro es “cooperación”. Sí, Jesús creó vino del agua, pero los siervos hicieron su parte en el proceso, obedecieron la orden de Cristo de llenar los potes, y después, servir a los invitados, confiando en que, lo que antes era agua, ahora era un vino de alta calidad (Juan 2:7). Pero el proceso comenzó antes, cuando María instruyó a los siervos a hacer lo que Jesús les mandase (Juan 2:5). Y antes de ese pedido a los siervos, fue una exhortación personal de una madre a su hijo (Juan 2:3) que desencadenó toda esa secuencia de acciones de fe que resultó en la creación del mejor vino. La mayordomía es todos trabajando juntos en la misión de Dios para la humanidad. “El don de Cristo en el festín de bodas fue un símbolo. El agua representaba el bautismo en su muerte; el vino, el derramamiento de su sangre por los pecados del mundo. El agua con que  llenaron las tinajas fué traída por manos humanas, pero sólo la palabra de Cristo podía impartirle la virtud de dar vida. Así sucedería con los ritos que iban a señalar la muerte del Salvador. Únicamente por el poder de Cristo, obrando por la fe, es como tienen eficacia para alimentar el alma” (El deseado de todas las gentes, p. 123). Además, el agua es un símbolo del Espíritu de Dios que nos ayuda diariamente a vivir la vida como mayordomos de su reino, y siempre confiando en sus méritos y no en nuestros propios esfuerzos personales. “[...] Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí”. Gálatas 2:20, NVI.

Conclusión y resumen 

  1. Jesús es nuestro Creador y Proveedor, y es capaz de actuar en la hora oportuna.

  2. La mayordomía cristiana es permitir el dominio de Dios en nuestras relaciones humanas, incluyendo nuestras interacciones personales con los miembros de la familia.

  3. Los mayordomos son personas que viven la vida de Jesús en amor y sumisión unos con otros en sus matrimonios y hogares.

  4. Cuando compartimos nuestra comida y recursos con otras personas, particularmente las personas en necesidad, estamos sirviendo a Jesús en su reino. 

    5. La mayordomía cristiana coopera con Dios y con los demás en un esfuerzo de traer cambios positivos, vida nueva y alegría a las personas de la comunidad 

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