INTRODUCCIÓN
Lucas 12:48
Este texto nos enseña a ser vigilantes, a estar listos para la venida del Señor. También establece el principio de la responsabilidad sobre las bendiciones recibidas. La Biblia enseña que Dios es el dador de todo don perfecto, y que pedirá cuenta de las bendiciones dadas a todas las personas. Por lo tanto, las bendiciones no deben tratarse como perlas colocadas frente a los cerdos, despreciadas, maltratadas, pisoteadas o abusadas. No debemos considerarlas descuidadamente.
No importa si es riqueza, educación, juventud, empleo, amigos, hijos, creatividad, un o espiritualidad. Las bendiciones se han de administrar con sabiduría, porque un día tendremos que rendir cuentas por la forma en que la hayamos empleado.
El texto no sólo recuerda el peso de la responsabilidad por las bendiciones; también enseña acerca de las expectativas de Dios con respecto a nuestra dadivosidad.
Dios es perfectamente justo. Espera que demos solo de lo que tengamos. Si es mucho, espera mucho: y si es poco, espera una medida justa de lo poco que tengamos.
Dios no espera que una persona sin trabajo o que dependa de otros, de la misma cantidad que una persona cuyos ingresos se escriben con cinco o seis dígitos. Él no espera que un niño que recibe una porción de dinero de sus padres, dé la misma cantidad que su padre o madre. Pero el niño debe aprender a dar de lo que posee.
Dios no trata a las personas como las entidades recaudadoras de recursos. Cuando se eleva la cuenta por consumo de electricidad, se paga lo que la compañía demanda. La compañía no toma en cuenta lo que la persona posee, ni dice, “Dénos conforme a las bendiciones que ha recibido. Si tiene mucho, pague mucho o si tiene poco, entonces haga una pequeña donación”. La compañía de dice: “Esto es lo que usted consumió, pague. Pague o se le quitará el servicio”.
Lo mismo ocurre en los supermercados. Usted debe pagar por lo que desee sacar. Tanto el rico como el pobre, que compra en el mismo supermercado, pagarán el mismo precio por cada artículo que quisiera tener. Dios requiere que seamos justos y demos conforme a las bendiciones recibidas. “ ... todo aquel a quien se le haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá”. (Lucas 12:48).
La mayoría comprende y acepta este principio. Sin embargo, por justo que sea, se levanta o cae según la comprensión de la palabra: MUCHO.
Casi todos testifican que Dios es bueno todo el tiempo y que Él da las bendiciones; pero cuando se llega al tema de la responsabilidad de dar, no se cuentan de las bendiciones recibidas sino que se empieza a sacar cuentas y a llorar por todas las deudas o compromisos pendientes.
Se dice: “Es cierto que he recibido bendiciones, pero tengo la casa hipotecada, o el alquiler sigue subiendo; tengo los hijos en el colegio o la universidad. He recibido mucho pero debo mantener mi familia. Tengo un ingreso fijo, pero no estoy bien de salud y la medicina es cara. El costo de la vida sigue en aumento; o, necesito comprarme ropa, reparar el carro. Es cierto que he recibido muchas bendiciones, pero cuando veo todo lo que tengo que pagar, no me queda mucho. Se que “a quien se le dio mucho, mucho se le reclamará”, pero eso no se aplica a mí, eso se aplica a los ricos. Si yo tuviera el dinero que ellos tienen, daría mucho, pero cuando veo mis obligaciones, no tengo mucho para dar”.
Se olvida que el término MUCHO es relativo. Lo que parece poco para nosotros parece mucho para otras personas. Si no cree, pregúntele a las víctimas de cualquier huracán, incendio o inundación que hayan perdido todo. Pregúnteles a quienes han perdido sus casas, tierras, cosechas, pertenencias, etc. Y algunos hasta sus seres amados. Nosotros aquí nos quejamos por el alto de la vida; pero hay lugares en el mundo donde la gente sería feliz si pudiera ir a comprar algo al mercado.
El problema para nosotros es que lo que tenemos está caro, pero hay otros que su problema es que ni siquiera tienen a que ponerles precio. Cerca de nosotros hay lugares donde nuestra escasez seria mirada como abundancia.
En Lucas 18: 18-30 se cuenta la historia del joven rico que vino a Jesús y le preguntó: “¿Qué debo hacer para tener vida eterna?” Se ha criticado a este joven por haber permitido que sus riquezas obstaculizaran su camino hacia el Reino.
Algunos han declarado farisaicamente que de haber estado en la posición de este hombre su respuesta habría sido diferente. No sabemos cuánta riqueza tenía, pero si sabemos que este hombre: No tuvo un carro, ni siquiera una bicicleta, ni prendió un bombillo o escuchó el sonido de un piano o un órgano de tubos. Nunca tuvo televisión, ni celular, ni escucho radio, ni tuvo una computadora o un fax. Tampoco viajó en avión, ni en tren. No durmió en un colchón con resortes internos, ni tuvo acceso a una biblioteca o pudo mejorar su visión con un par de lentes. Tampoco vio salir el agua limpia en distintos lugares de su casa, ni usó una lavadora o una secadora. Entonces, si él era rico, ¿qué somos nosotros?
El Señor dice: “ ... a quien se le haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá”.
I. Dadivosidad es un asunto de reconocimiento
Un niño le pidió dinero a su padre para la ofrenda. El padre le dijo que sólo dos monedas de cincuenta pesos, y le dijo que no tenía más monedas, lo otro eran billetes gruesos. (De paso padres, ese es el primer error. Se les da billetes a los hijos para la heladería o la pizzería, pero solo monedas para la ofrenda)
Entonces el niño de la historia, le respondió a su padre,
- No puedo depositar solo cien pesos en el platillo. El padre le preguntó:
- ¿Por qué no? El niño respondió:
- ¿No quieres que el Señor piense que soy un miserable, o si?
Veamos las bendiciones que Dios nos da: Comida que a veces se daña en el refrigerador; ropa y zapatos que muchas veces ni usamos. ¿Qué piensa el Señor de la ofrenda que depositamos en el platillo de la iglesia? Cuando gastamos para vernos bien y oler bien. ¿Qué pensará el Señor? Dios da la vida y la salud; Él da la fuerza todos los días. Dios muestra su amor incondicional, su cuidado incesante y su protección constante. ¿Qué piensa el Señor de la ofrenda que depositamos en el platillo de la iglesia?
Dios nos amó tanto que envió a Jesús para salvamos. Nos dio el Consolador, el Espíritu Santo, para guiamos en la verdad y capacitamos para la vida. El Consolador vino, tal como había sido prometido, el día del Pentecostés, con nueva vida y dones para los creyentes. Y aún, Jesucristo vive para interceder por nosotros desde el Santuario Celestial y regresará para recompensar a sus siervos fieles. Celebramos el hecho de que la muerte ya no tiene dominio sobre nosotros y que nada puede atarnos, en Jesucristo tenemos la purificación de nuestros pecados, paz en medio de nuestras aflicciones, gozo para nuestra jornada. Cuando pensamos en todo esto, ¿Qué piensa el Señor de la ofrenda que depositamos en el platillo de la iglesia?
Escuche otra vez la Palabra del Señor: "A quien se le dio mucho, mucho se le reclamará; y al que se le confió mucho, más se le pedirá.”
Dios ha sido tan bueno con nosotros, ¿no nos atrevemos a ser miserables con el Señor?
Sin embargo, la dadivosidad no es solo un asunto de dinero. Existen muchas otras bendiciones que no son materiales. Mateo 18:23-35 habla del siervo inclemente con su consiervo. Si hemos sido perdonados, debemos perdonar a otros. Si Dios ha sido paciente con las promesas incumplidas, hechas muy seriamente en momentos de dificultad pero que se olvidaron con crueldad después de haber sido liberados, entonces se ha de ser paciente con las faltas de otros.
II. Dadivosidad es un asunto de perdón
Dios es perfecto y eso debe producir felicidad. Él es santo, es amante y perdonador. Hemos de perdonar porque hemos sido perdonados. Dios ha dicho, “Aunque vuestros pecados sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1: 18).
Perdonamos porque al orar decimos: “Ten compasión de mi, oh Dios, conforme a tu amante bondad; conforme a tu inmensa ternura, borra mis transgresiones” (Salmo 51: 1). Perdonamos porque Jesús intercedió por nosotros cuando dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Perdonamos porque el Señor nos ha dado mucho perdón y dice: quien mucho se le dio, mucho se le reclamar; y al que se le confió mucho, más le será pedido.”
III. Dadivosidad es un asunto de servicio
Marcos 1:30-31 relata la historia de la sanidad de la suegra de Pedro. La Biblia dice que cuando la fiebre la dejó, se puso a servirles. No solo dijo gracias, sino que se puso a servirles. Si Dios ha hecho algo especial para ti; si te ha sanado o liberado de algo, o abierto algún camino donde antes no había.
Si Dios te ha hecho un milagro, si ha dado respuesta a tu petición, si ha traído de vuelta a tu casa o a la iglesia a un ser querido que estaba descarriado.
Si Dios te ha ayudado a sobreponerte a un sufrimiento; o tu corazón estaba triste por algo y Él lo sanó y te ha permitido volver a vivir y ser feliz; entonces no deberías ser mezquino. Deberías estar dispuesto a servir donde Él quiere y conforme Él te haya bendecido; con una mente llena de gozo y un espíritu dispuesto. Hemos de servir a Dios porque siempre es bueno.
Si hay algo para hacer, no se debe esperar hasta que se nos pida; debemos dar un paso al frente y ofrecernos voluntariamente, solo porque Dios es bueno.
Si no nos reconocen o mencionan nuestros nombres, no hay problema. No servimos para recibir un reconocimiento, ni para obtener recompensas; servimos porque Dios ha sido bueno y sigue siendo bueno todo el tiempo. Y si otros nos critican, no permitiremos que eso nos impida servir a Dios. En pruebas y aflicciones, en enfermedad y amarguras, a través de las dificultades y el dolor; Dios es bueno todo el tiempo. Por eso hacemos todo lo que nos pidan para el Señor en la iglesia, aun cuando nos critiquen. Nos sacrificamos como miembros, nos reunimos tarde en la noche para sacar adelante proyectos especiales, servimos en la cocina, cuidamos los enfermos, dedicamos tiempo a los jóvenes, fortalecemos la fe de los desanimados, porque Dios ha sido bueno con nosotros y la Palabra de Dios nos dice,
“A quien se le dio mucho, mucho se le reclamará; y al que se le confió mucho, más se le pedirá.”
Recordemos siempre las muchas bendiciones que Dios nos ha dado; porque Él nos ha amado mucho.
Recuerde que Dios es muy bueno. Cuando estuvimos en pecado, Dios nos salvó mucho. Dios ha provisto mucho; Dios ha protegido mucho.
Cuando estuvimos vacíos, Dios nos llenó mucho.
Cuando estuvimos caídos, Dios nos levantó mucho.
Cuando estuvimos enfermos Dios nos sanó mucho.
Cuando estuvimos presos, Dios nos liberó mucho;
Dios te dice: “A quien se le dio mucho, mucho se le reclamará; y al que se le confió mucho, más se le pedirá.” Leer Salmo 103:1-3
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