Los pobres del mundo

Himno final N. 368

“¿Quién como tú, Señor? Tú libras de los poderosos a los pobres; a los pobres y necesitados libras de aquellos que los explotan” (Salmos 35:10).

La BIBLIA no es un manual de beneficencia, pero de sus páginas podemos extraer los principios para elaborarlo. En toda la Biblia hay reglamentos y mandamientos sobre el cuidado de las viudas, los huérfanos, los pobres y los necesitados en general.

Recordemos que cuando al Señor Jesús se le pidió que determinara cuál era el gran mandamiento, compendió toda la ley en dos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-39). Esto significa, entonces, que las buenas obras de beneficencia no solo son una prueba del amor al prójimo, sino también un mandamiento que se debe cumplir, para con el prójimo para demostrar que se lo ama. Pero también son una prueba del amor de Dios por parte de quien dice amarlo, porque él mismo dijo: “Por cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40)

Toda la ley se resume en esos dos grandes mandamientos; y en términos de obediencia, no es posible guardar solo uno en menoscabo del otro. Son los dos o nada; o los diez o nada. La siguiente cita nos hace ver el fracaso del religioso que se empeña en guardar solamente una parte de la Ley: “Los fariseos exaltaban los primeros cuatro preceptos del Decálogo como de mayor importancia que los últimos seis; por ende, fracasaban en los asuntos de la religión práctica” (5CBA, 472).

Dado que no es posible citar aquí todas las leyes y los reglamentos dispersos por “la ley y los profetas” con respecto al amor práctico hacia el prójimo, vamos a limitarnos a presentar tres
ejemplos que reflejan el pensamiento de Dios hacia los pobres y los necesitados del mundo.

1. Una “buena obra”

Cuando Jesús fue ungido por María de Betania con un perfume “de gran precio”, los discípulos cuestionaron la acción de la mujer, por considerar que era un “desperdicio”.
Sin embargo, Jesús no lo consideró así, sino que para mostrarles lo acertado de la acción de María, les dijo que ella había hecho con Él “una buena obra” (Mateo 26:10).

Lo que los discípulos tenían en mente, contrario a la buena obra que María realizó con Jesús, era que el perfume debía haberse vendido, y el dinero obtenido de la venta debía haberse entregado a los pobres. Enojados, dijeron: “¿Para qué este desperdicio? Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres” (Mateo 26: 8,9).

De manera que aquí tenemos dos posiciones aparentemente contrarias: la de los discípulos, que abogan por la venta del perfume para que el dinero sea dado a los pobres, y la de Jesús, que aprueba la acción de María.

La naturaleza de la propuesta de los discípulos revela que entre ellos existía un antecedente, una costumbre, una práctica a la que estaban habituados: la de usar el dinero de la tesorería del grupo para atender necesidades de los pobres. Es evidente que entre ellos había instrucciones precisas en cuanto a estar pendientes por los necesitados, y ayudarlos en la medida de las posibilidades.

Ahora bien, ¿de quién había surgido la instrucción para que los recursos se usaran con esos fines? De ninguno de ellos. Las enseñanzas de Jesús habían despertado esta práctica en el grupo de los discípulos. Vivían pendientes de que así se usaran las ofrendas, porque estaban cumpliendo órdenes de Jesús, que siempre supervisaba que se hiciera con los necesitados como él había ordenado. Sin embargo, ahora resulta que Jesús aparece contradiciendo esa práctica que él mismo había instituido.

Pero pronto el asunto les quedó claro: “Porque siempre tendréis pobres entre vosotros, pero a mí no siempre me tendréis” (Mateo 26:11). No es que Jesús estuviese en contra de que los recursos del grupo se siguieran usando a favor de los pobres, sino que, en esta ocasión específica, estaba haciendo una excepción por una razón válida: él no estaría siempre con ellos, y la acción de María sucedería solo esa vez. Nunca más volvería a repetirse esta acción, mientras que la ayuda a los pobres debía seguir realizándose de manera permanente, porque en el mundo siempre habría pobres necesitados de esa ayuda.

Ya han transcurrido unos dos mil años desde que Jesús hiciera esta declaración, y con todos los avances de un mundo desarrollado, el progreso de la ciencia y un sistema capitalista supuestamente generador de riquezas, el mundo sigue lleno de pobres, peor que en el tiempo de Jesús. En el mundo existen miles de organizaciones de beneficencia dedicada a promover el desarrollo y luchar contra la pobreza y sus efectos, pero a los pobres los seguimos teniendo con nosotros.

Por ejemplo, el Llamado Mundial a la Acción contra la Pobreza es una alianza mundial que lucha por lograr avances significativos en la eliminación de la pobreza. Aglutina a coaliciones ya existentes, ONG nacionales e internacionales, grupos comunitarios, sindicatos, personas individuales, familias, grupos religiosos y activistas, uniendo esfuerzos para luchar contra la pobreza.

En el año 2000, la Declaración del Milenio fue aprobada y firmada por líderes de 189 países para combatir la pobreza mundial antes de 2015. Estos países se han comprometido a luchar por alcanzar los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio de la Organización de las Naciones Unidad (ONU). El primero de esos objetivos es:

“Erradicar la pobreza extrema y el hambre”.

Pero a pesar de estos esfuerzos globales, tanto en recursos económicos como humanos, la misma ONU reconoce que al menos cincuenta mil personas al día mueren en el mundo a causa de la pobreza extrema, y que la brecha entre ricos y pobres sigue en aumento.

Ahora bien, con todos los esfuerzos realizados por estas miles de organizaciones sin fines de lucro y gobiernos seculares para luchar contra la pobreza, ¿creemos que Dios se va a quedar de brazos cruzados? ¡Jamás! Es más, puesto que de Él procede todo lo bueno, Él es quien suscita de todo sentimiento de solidaridad hacia los pobres y los necesitados del mundo. No olvidemos que “toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto” (Santiago 1:17).

¿Y nosotros, que tanto nos gusta ser llamados sus hijos? ¿Nos quedaremos de brazos cruzados ante las necesidades del mundo? ¡Jamás! ¡Imposible! Sería una conducta inaceptable ante Dios, ante la ONU, ante otras instituciones o personas seculares que luchan contra la pobreza, y ante los necesitados del mundo que tanto esperan de los seguidores de Jesús. En su Palabra, Dios les ordena a sus hijos velar por las necesidades del mundo. Además, Elena G. White nos recuerda que “Dios colocó entre nosotros a los pobres, los infortunados, los enfermos y los dolientes. Son el legado de Cristo a su iglesia, y han de ser cuidados como él los cuidaría” 2JT, 499.

Si cada cristiano ejecutara su plan de beneficencia, la pobreza sería reducida drásticamente. Esto sería demoledor contra Satanás. A este respecto, Elena G: de White comenta: “Si los hombres cumplieran con su deber como mayordomos fieles de los bienes del Señor, no habría el clamor por pan, ni el sufrimiento por la miseria, ni la desnudez ni la necesidad. La infidelidad de los hombres trae el estado de sufrimiento en que la humanidad está hundida. Si aquellos a quienes Dios ha hecho sus mayordomos tan solo emplearan los bienes del Señor para el objeto con el que se los dio, este estado de sufrimiento no existiría” MB, 18,19.

"Para que así no haya en medio de ti mendigo; porque Jehová te bendecirá con abundancia en la tierra que Jehová tu Dios te da por heredad para que la tomes en posesión" Deuteronomio 15:4.
"La fidelidad a las órdenes de Dios traería consigo las bendiciones divinas que eliminarían la miseria, aunque no necesariamente hicieran uniforme la distribución de la riqueza" 1CBA, 1018.
"Ya que Jehová, tu Dios, te habrá bendecido, como te ha dicho, prestarás entonces a muchas naciones, pero tú no tomarás prestado; tendrás dominio sobre muchas naciones, pero sobre ti no tendrán dominio." Deuteronomio 15:6.
"La bendición prometida es tan segura que Moisés se refiere a ella como si ya hubiese acontecido... EN este pasaje se usa la forma causativa del verbo. Significa: "harás que otros presten o den a manera de promesa" Esta es una promesa de prosperidad material y financiera. Deberían haber sido cabeza y no cola. Si, mediante el cumplimiento de los sabios requisitos de Dios, Israel hubiese llegado a ser un digno representante suyo, se hubiera transformado en el principal poder político y económico de la antigüedad" 1CBA, 1019.

Frente a estas extremas necesidades de los pobres, sobre las que el Señor Jesús nos advirtió que siempre estarían con nosotros, Él instruyó a sus discípulos para que fueran cuidadosos en el uso de los recursos, a fin de que sirvieran para aliviar muchas de esas carencias. El cuadro es el mismo: Jesús sigue dando la misma instrucción, y a nosotros nos toca cumplirla. ¿Por qué?

Bueno, si miramos a nuestro derredor, hay pobres por doquier, y “en la providencia de Dios los hechos han sido así ordenados para que los pobres estén siempre con nosotros, con el propósito de que pueda haber un constante ejercicio en el corazón humano de los atributos de la misericordia y el amor. El hombre ha de cultivar la ternura y la compasión de Cristo; no ha de separarse de los dolientes, los afligidos, los necesitados y los angustiados” Signs of the Times, 13 de junio de 1892.

2. Apatía hacia el pobre

Ezequiel 16:49 es otro buen ejemplo de las instrucciones de Dios dispersas por toda la Biblia con respecto al cuidado de los pobres. En este capítulo, la moral de Jerusalén es comparada con la de Sodoma y la de Samaria. Lo increíble es que de la comparación resulta que los pecados de Jerusalén son peores que los de su “hermana mayor” , Samaria, y peores que los de su “hermana menor”, Sodoma. Con respecto a esta degradación, a Jerusalén se le dice:“No solo has seguido su conducta, sino que has actuado según sus prácticas repugnantes. En poco tiempo llegaste a ser peor que ellas” (ver.47).

Para que la comparación sea afectiva, leamos con atención el versículo 49, donde se mencionan los pecados de Sodoma “Tu hermana Sodoma y sus aldeas pecaron de soberbia, gula, apatía, e i diferencia hacia el pobre y el indigente” (la cursiva es nuestra). De entrada, notemos que la “apatía e indiferencia hacia el pobre y el indigente” formaba parte de las “prácticas repugnantes” de los sodomitas, llamadas así en el versículo 47. El nivel de la apatía e indiferencia hacia los pobres e indigentes en Jerusalén llegó a alturas insospechadas. Tanto, que Dios les dijo que en poco tiempo habían llegado a ser peor que Sodoma.

Que esta actitud y comportamiento de “apatía hacia el pobre y el indigente” se dé entre el pueblo de Dios, y en niveles que superan a los del mundo, peor que Sodoma, es en realidad algo que asusta y debe llamarnos a la más solemne reflexión. La siguiente cita tiene que hacernos meditar: “Dios pesa las acciones, y todo aquel que sea infiel en su mayordomía, y que no haya remediado los males que estuvo en su poder remediar, no será tenido en cuenta en las cortes del cielo. Aquellos que sean indiferentes a la necesidad de los pobres serán considerados como administradores infieles y clasificados como enemigos de Dios y del hombre” R&H, 10/12/1895.

En el mundo hay personas con un nivel de conciencia tan sensible a las necesidades humanas, que impulsados por motivos filantrópicos donan miles de millones de dólares para diversas causas humanitarias. Un buen ejemplo de ello es el de Warren Buffet, el hombre más influyente en el mercado financiero de los Estados Unidos, quien recientemente donó a una fundación filantrópica la increíble suma de 31 mil millones de dólares. La fortuna del señor Buffet está calculada en unos 52 mil millones, y valga decir que, aparte de esta primera donación, el señor Buffet ya determinó que el resto de su fortuna sea también donada a organizaciones que se dedican a aliviar la carga de miseria de la humanidad. Y de estos ejemplos podríamos citar cientos.

¿Cómo es posible que gente sin conexión religiosa esté realizando estas buenas obras, y que gente que ha aceptado el cristianismo viva en un estado de apatía e indiferencia hacia los pobres e indigentes? ¡Es inconcebible!

Es a los cristianos, no a los inconversos, a los que se refiere la siguiente cita: “Por lo que me ha sido mostrado, los observadores del sábado se están volviendo más egoístas a medida que aumentan la riquezas. Disminuye su amor por Cristo y su pueblo. No ven las necesidades de los desvalidos ni sienten sus sufrimientos ni dolores. No se dan cuenta de que al descuidar al pobre y al doliente, descuidan a Cristo y que, al aliviar las necesidades y sufrimientos de los pobres hasta donde les sea posible, ministran a Jesús” MB, 44.

3. Amor y compasión hacia el pobre

Zacarías 7:9,10 es un buen ejemplo de lo que bien podemos llamar la mayordomía del amor y la compasión de “unos por otros”; una práctica que si observamos en nuestro derredor, debiera ser más abundante. El pasaje dice: “Muestren amor y compasión los unos por los otros. No opriman a las viudas ni a los huérfanos, ni a los extranjeros ni a los pobres”.

El texto señala que el objeto de nuestro amor y compasión debe ir dirigido en cuatro direcciones: hacia las viudas, hacia los huérfanos, hacia los extranjeros y hacia los pobres. Como siempre, y a lo largo de toda la Biblia, Dios no cesa de cuidar de estos cuatro tipos de condición humana. Por lo tanto, en la administración de nuestro amor y compasión hacia los demás, estos cuatro grupos deben estar presentes en nuestra consideración especial.

De este llamado se entiende que, lamentablemente, estas no eran prácticas comunes entre el pueblo. No solo no había consideración hacia el pobre; había opresión contra el pobre. Y el resultado de un pobre bajo opresión es que termina siendo más pobre. Cuando Dios habla mediante un profeta para corregir una situación, se espera que el pueblo escuche con reverencia, y constreñido resuelva poner en práctica la instrucción divina. Sin embargo, la respuesta del pueblo es asombrosa. Leámosla: 
“Pero ellos se negaron a hacer caso. Desafiantes volvieron la espalda, y se taparon los oídos” Zacarías 7:11. En el versículo 12, agrega que “endurecieron su corazón como el diamante”.

¿Puede usted creerlo? Horroriza ¿verdad?

Sin embargo, no nos apresuremos a condenar al pueblo de Dios citado en Zacarías, Antes de lanzarles la primera piedra, permítame preguntarle:

¿Tiene usted un plan de atención a los pobres?
¿Se ocupa de ellos?
¿Está pendiente de apartar cada mes una ofrenda para pobres?

Por instrucción de Jesús, sus discípulos vivían pendientes de los más necesitados. Y la instrucción para sus discípulos de este tiempo No ha cambiado, sigue siendo la misma:

Amor y compasión hacia los pobres del mundo.

No cierre los ojos para evitar verlos en su miseria, ni se tape los oídos para evitar escuchar su clamor de ayuda. Y peor aún: no se tape los oídos para evitar escuchar lo que Dios quiere que usted haga por ellos. Recuerde que si usted lo hace, lo esta haciendo por uno de los pequeños del Señor. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

El símbolo de honor

¿Melquisedec era Cristo?

El Plan de Dios para su salud